2018/08/27

Antonio Álvarez-Solís
Periodista
Un apunte antropológico
El problema más interesante en todas estas dinámicas consiste en saber qué personalidad, colectiva o individual, ha surgido de las distintas absorciones sucedidas en lo que hoy entendemos por Europa. ¿Hay verdaderamente «un francés», «un italiano» o «un alemán» sólidamente integrados en una personalidad compacta o, al menos, relativamente sólida?

Durante los últimos quince días en que he permanecido hospitalizado y por lo tanto escasamente activo en mi comunicación con los lectores de GARA he tenido tiempo para penetrar con mayor rigor en una de las cuestiones que más me apasionan como ciudadano español: la personalidad de los españoles. En definitiva la historia es el proceso de construcción de la personalidad frente al medio, asunto vital en un mundo gravemente despersonalizado. ¿Ha tenido España esa personalidad o la conserva?

Ustedes saben que una posible definición de la personalidad –concepto de por sí muy evanescente– se apoya en la conjunción de lo que se desea ser con la posibilidad de conseguirlo. Hay, pues, una personalidad no solo individual sino una personalidad colectiva, una personalidad de pueblos. Esta última personalidad madura mediante conflictos vecinales que sueldan las piezas que llegan a constituir la futura nación con base en el contendiente más agresivo, que tiende a la expansión sobre marcos donde se impone a su vez una creciente familiaridad y modos de comportamiento y de objetivos primordiales. Los conflictos pueden separar, pero también pueden fundir. Es el caso, por ejemplo, de Castilla y León. Castilla absorbió la personalidad de León pese a la superioridad cultural y antigüedad social de este último hasta borrar su singularidad, cosa que Castilla no pudo hacer a lo largo de su historia con Navarra, Euskadi o Catalunya, que siguen sosteniendo una sólida personalidad. Otro ejemplo próximo y notable de absorción de la personalidad es el que condujo a la creación del «francés» actual, esta vez con un éxito notable. Francia, la nación constituida en torno al núcleo duro de París. absorbió la culta Provenza, que tenía incluso su propio y hermoso lenguaje, y otras regiones, hoy integradas en la personalidad francesa con una fuerza notable, hasta reducir aquellas históricas regiones a unos perfiles claramente folklóricos y poco más.

El problema más interesante en todas estas dinámicas consiste en saber qué personalidad, colectiva o individual, ha surgido de las distintas absorciones sucedidas en lo que hoy entendemos por Europa. ¿Hay verdaderamente «un francés», «un italiano» o «un alemán» sólidamente integrados en una personalidad compacta o, al menos, relativamente sólida? Yo creo que sí, aunque con salvedades agravadas en Italia. En España, que es lo que más se me alcanza, creo que no se ha conseguido «un español». Eso que llamamos el «español» no es un producto consolidado sino un fluido viscoso de cocina estatal en el que meten su cuchara poderes caracterizados por su autoritarismo político, por un centralismo cerrado y orwelliano, por un «progresismo» inconsistente basado en la acumulación de beneficios provenientes mayoritariamente de fuentes exactivas que niegan todo sentido de futuro de cara a la aparición de una convincente forma de «ser» ciudadano productivo en igualdad de posibilidades. La españolidad, basada en un patriotismo hueco y de pura explotación, como son hoy la inmensa mayoría de los patriotismos, se protege introduciendo sus huevos, como el cuco, en el nido ajeno de la globalización y otros internacionalismos que funcionan como puros vientres de alquiler.

En el caso español hay que añadir que esta creación de la personalidad «colectiva», española que desde Madrid se trata de mantener como hecho indiscutible, fue realizada al amparo del invento del Estado-nación, con raíz castellanista, como el primero, además, en el ámbito europeo, antigüedad que explica además que sea uno de los primeros que está en riesgo de disolución dado su largo desgaste, regla que suele predominar en la dinámica histórica.

Si esto que afirmo responde a la realidad estamos obligados a profundizar en mi modesta tesis de que hay que investigar con urgencia qué es lo que debe suceder al Estado-nación ahora existente al amparo de la globalización –la última trampa del capitalismo– y otros «universalismos» que tratan de pudrir la democracia que queda y la paupérrima soberanía popular residual ¿Hay que regresar al Estado-nación pleno que desean resucitar varios nacionalistas uncidos al capitalismo o hay que fomentar un etnicismo, con su aparato representativo correspondiente, que dé verdadera vida de carácter social y político a las naciones ahora oprimidas?

Creo, con mucho convencimiento, que restaurar la etnicidad como base de la soberanía política, no implica retrogradar la historia sino devolverla a un punto inicial de recreación del valor humano que opere como un Big bang cargado de energía. Es curioso que muchos científicos políticos mantengan la política como una acción de crecimiento y perfeccionamiento lineal frente a la realidad de sus colegas en las restantes ciencias materiales que dan por inconclusa la circularidad del universo. Según estos últimos la creación es continuada, como una recreación. Mueren las galaxias en un proceso de aparición de galaxias nuevas.

Volviendo a la cuestión de imaginar, sobre bases sólidas, otro modo de hacer política parece evidente que la galaxia existente, ya sea la del viejo capitalismo o del superado materialismo dialéctico, han perdido fuerza genética al quedar vacías del espíritu que debería mover desde un fondo moral trascendente la concepción del ser humano como algo muy superior a un puro instrumento de producción ya sea al servicio del poder capitalista ya sea al servicio de un Estado absolutista tenido por socialista. El capitalismo y el socialismo son un supuesta piel distinta colocada sobre una misma osatura carcomida por toda suerte de inmoralidades. Valores muertos; galaxias en extinción. Necesitamos recuperar la capacidad natal que se conserva en el desván en que se engendraron las naciones; los baúles en que se conserva la lengua original con que cada pueblo bautizó su nacimiento; las ambiciones singulares, iguales para todos los ciudadanos y distintas fraternamente en su modo de producirse. El poder únicamente es legítimo cuando se nutre de estas dos energías que nos fueron entregadas desde el enigma inicial de la vida: la libertad de «ser» cada día que amanece en la tierra que nos pertenece. Solamente hay una Constitución que respeto: la que manifiesta en su artículo único que podemos constituirnos.