2018/09/03

Anjel Ordoñez
Periodista
Algo de periodismo
El ingente caudal de contenidos que se mueven por la red acabaría en un proceso de autofagocitosis si no fuera por el que podría considerarse el principal organizador del mundo moderno: Google. El nuevo dueño

No soy un experto, pero no hace falta serlo para decir que el periodismo está en crisis. El modelo tradicional de la comunicación de noticias y opiniones, el que ha dominado en los últimos 150 años en la sociedad occidental, lleva ya tiempo tratando de encontrar la forma de adaptarse a un futuro que es presente. La influencia de las nuevas tecnologías en la forma en que nos comunicamos ha hecho estallar en mil pedazos ese modelo, y desde el momento en que cualquier persona con un teléfono móvil es capaz de comunicarse, al menos en teoría, con millones de personas y de manera inmediata, las grandes estructuras de los medios de comunicación –prensa, radio y televisión– han perdido el monopolio de los canales para la distribución de idea y, para la generación de opinión. Algunos han vinculado esto al concepto de democratización. Nada más lejos de la realidad.

De hecho, no cabe duda de que las grandes corporaciones mediáticas siguen manteniendo una gran parte del control del mensaje. Sin embargo, nadie puede obviar la relevancia de las redes sociales, de la influencia de figuras como los youtubers o de la potencia de los procesos virales a la hora de modelar fuertes corrientes de opinión a través de esa inmensa plataforma de distribución de conocimiento, bienes y servicios que se llama internet. El problema es que el ingente caudal de contenidos que se mueven por la red acabaría en un proceso de autofagocitosis si no fuera por el que podría considerarse el principal organizador del mundo moderno: Google. El nuevo dueño.

Donald Trump denunciaba la semana pasada que Google esconde de forma deliberada las noticias que hablan bien de él, modificando para ello los algoritmos que determinan los resultados de las búsquedas. Estoy seguro que sabe de lo que habla, por una simple razón: él mismo las fabrica, tratando de saltarse sin conseguirlo el cerco del establishment comunicativo que forman los medios a los que denomina «enemigos del pueblo». Choque de trenes entre dos bloques enfrentados, pero en ningún caso inocentes.