2018/09/08

Yanis Varoufakis
Profesor de economía de la Universidad de Atenas y cofundador del Movimiento por la Democracia en Europa (DIEM25)
Grecia nunca fue rescatada: sigue siendo una cárcel de deudores y la UE tiene todavía las llaves
El sobreendeudado Estado griego encontraba imposible sobreponerse a su deuda. Si se hubiera declarado en bancarrota, le hubieran seguido Italia, Irlanda, España y Portugal

A lo largo de la pasada semana, los medios informativos de todo el mundo han estado proclamando la exitosa conclusión del programa de rescate financiero de Grecia, organizado en 2010 por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional. Los titulares se regocijaban por el final del rescate de Grecia, incluso por la terminación de la austeridad.

Las informaciones desde la zona cero de la crisis de la zona euro describían la intervención griega que ha durado ocho años como paradigma de una juiciosa solidaridad europea con su oveja negra: un caso de «quien bien te quiere…» que, presuntamente, ha funcionado.

Una lectura más cuidadosa de los hechos apunta una realidad diferente. En la misma semana que una Grecia asolada entraba en otros 42 años de severa austeridad y de más intensa esclavitud por deudas (2018-2060), ¿cómo se puede presentar como un hecho el final de la austeridad y la recobrada independencia financiera de Grecia?

Por el contrario, la semana pasada debería citarse en las facultades de Comunicación de nuestras universidades como ejemplo de cómo se puede erigir un consenso en torno a una falsedad ridícula.

Pero empecemos definiendo nuestros términos. ¿Qué es un rescate y por qué es excepcional e inacabable en la versión de Grecia? Tras la debacle bancaria de 2008, casi todos los gobiernos rescataron a los bancos. En el Reino Unido y los EEUU, el gobierno dio, como todo el mundo sabe, luz verde al Banco de Inglaterra y a la Reserva Federal, respectivamente, para imprimir montañas de dinero público a fin de reflotar los bancos.  Por añadidura, los gobiernos del Reino Unido y los Estados Unidos pidieron prestadas grandes sumas para otorgar mayores ayudas a los desfallecientes bancos, mientras sus bancos centrales financiaban buena parte de sus deudas.

En el continente europeo se estaba desarrollando un drama bastante peor, debido a la extraña decisión de la UE, allá por 1998, de crear una unión monetaria presentando un Banco Central Europeo sin un Estado que lo apoyara políticamente y 19 gobiernos responsables de rescatar sus bancos en tiempos de turbulencia financiera, pero sin un banco central que les ayudara. ¿Por qué este arreglo tan anómalo? Porque la condición alemana para trocar su deutschmark por el euro fue la total prohibición de cualquier financiación de bancos y gobiernos –italianos o griegos, por ejemplo– por parte de cualquier banco central. 

Así, cuando en 2009 los bancos alemanes y franceses se demostraron todavía más insolventes que los de Wall Street o la City, no hubo un banco central con la autoridad legal, o respaldado por la voluntad política, como para salvarlos. Por tanto, en 2009, hasta a la canciller Merkel de Alemania le entró el pánico cuando se le dijo que su gobierno tenía que inyectar, de la noche a la mañana, 406.000 millones de euros de fondos de los contribuyentes a los bancos alemanes.   

Por desgracia, no fue suficiente. Pocos meses más tarde, los ayudantes de la señora Merkel le informaron de que, igual que los bancos alemanes, el sobreendeudado Estado griego encontraba imposible sobreponerse a su deuda. Si se hubiera declarado en bancarrota, le hubieran seguido Italia, Irlanda, España y Portugal, con el resultado de que Berlín y París se habrían enfrentado a un nuevo rescate de más de un billón de euros. En ese momento, se decidió que al Gobierno griego no se le podía permitir decir la verdad, es decir, confesar su bancarrota.

Para mantener esa falsedad, a la insolvente Atenas se le otorgó, con la pantalla de humo de «solidaridad con los griegos» el mayor préstamo de la historia, que pasó inmediatamente a los bancos alemanes y franceses. Para tranquilizar a los enojados parlamentarios alemanes, este colosal préstamo se concedió a condición de una brutal austeridad para el pueblo griego, colocándolo en una permanente gran depresión.

Para captar la sensación de los destrozos que siguieron, imaginemos lo que habría pasado en el Reino Unido si el RBS, Lloyds y los otros bancos de la City se hubieran rescatado sin ayuda del Banco de Inglaterra y por medio de préstamos extranjeros a Hacienda. Todo otorgado a condición de que los salarios del Reino Unido se redujeran un 40%, las pensiones un 45%, el salario mínimo en un 30%, el gasto de la sanidad pública en un 32%. El Reino Unido sería hoy el erial de Europa, como lo es hoy Grecia.

Pero, ¿no acabó esta pesadilla la semana pasada? Ni lo más mínimo. Técnicamente hablando, los rescates griegos tenían dos componentes. El primero entrañaba que la UE y el FMI concedieran al gobierno griego alguna facultad por la que fingiera que estaba devolviendo sus deudas. Y luego estaba la severa austeridad que adoptaba la forma de tipos impositivos ridículamente altos y recortes salvajes en pensiones, salarios, en salud pública y en educación.  

La semana pasada acabó el tercer paquete de rescate, igual que el segundo había acabado en 2015 y el primero en 2012. Tenemos un cuarto paquete semejante que difiere de los tres anteriores de dos maneras poco importantes. En lugar de nuevos préstamos, se diferirán hasta después de 2032 los pagos de 96.6000 millones de euros que debían iniciarse en 2023, cuando las cantidades deben devolverse con intereses añadidos a otros grandes pagos de devolución anteriormente programados. Y, segundo, en lugar de llamarlo cuarto rescate, la UE lo ha denominado, de modo triunfante, el «fin del rescate».

Por supuesto, seguirán siendo ridículamente altos el IVA y los tipos impositivos a las pequeñas empresas, igual que habrá nuevos recortes a las pensiones y nuevos tipos punitivos para el impuesto sobre la renta de los más pobres, que están previstos para 2019. El gobierno griego se ha comprometido también a mantener un objetivo de superávit presupuestario a largo plazo, en el que no se cuenta el pago de la deuda (3,5% de la renta nacional hasta 2021, y el 2,2% entre 2022 y 2060) que exige una austeridad permanente, una meta a la que el FMI mismo concede menos de un 6% de probabilidades de que se logre en cualquier país de la eurozona.

En resumen, tras haber rescatado a los bancos franceses y alemanes a expensas de los ciudadanos más pobres de Europa, y tras haber convertido a Grecia en una cárcel de deudores, la semana pasada los acreedores de Grecia decidieron proclamar su victoria. Después de haber dejado a Grecia en coma, lo han convertido en permanente, declarándolo «estabilidad»: empujaron a nuestra gente por el precipicio y festejaron que rebotaran contra la dura roca de una gran depresión como prueba de «recuperación». Por citar a Tácito, crearon un desierto y lo llamaron paz.

© Sin Permiso

Traducción: Lucas Antón