2018/09/13

La siempre eficaz fórmula del «no mires atrás»
Koldo LANDALUZE
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Los esfuerzos del cinasta y productor James Wan por intentar insuflar un poco de estímulo al cine de terror estadounidense y, sobre todo por crear un universo propio en el cual escenificar su imaginario, se han traducido en una productora –Atomic Monster– y en una serie de títulos que beben del gran éxito comercial que cosechó con las dos primeras entregas protagonizadas por la muñeca “Annabelle” y de “Expediente Warren: The Conjuring”. A esta última línea creativa pertenece este spin-off que en momento alguno engaña al respetable y se descubre como un juguete efectivo y estimulante en su formato de serie B que espoleará los sobresaltos del público adolescente. Delegando las labores de realización en Corin Hardy, a Wan le basta con dejar bien claras una serie de pistas que Hardy sigue con esmero, trazando una ruta de sustos que si bien pueden resultar previsibles, en su conjunto oferta varias ideas muy interesantes. La eterna batalla entre el “Bien” y el “Mal” se escenifica en un espacio repleto de posibilidades, un convento rumano olvidado que tras sus muros oculta una entrada directa al mismísimo infierno. En este rincón olvidado topamos con los guías que nos adentran en este edificio habitado por un siniestro personaje. A Taissa Farmiga le corresponde el rol de novicia y escudera de un sacerdote atormentado –Demian Bichir– que a raíz de un exorcismo que se cobró la vida de un niño, busca la redención de su alma en una misión encomendada por el Vaticano  y que tiene como objetivo revelar lo que se oculta en el convento maldito.

De entre las penumbras de este espacio asoman sombras, crujidos, fogonazos repentinos y todo el acostumbrado recital de efectos que demanda cierto público que pasará un buen rato con este compendio de tópicos bien elaborados pero que hubieran merecido un poco más de mala leche y menos solemnidad.