2018/11/07

LUIS ORTEGA
CINEASTA

Nacido en Buenos Aires en 1980, debutó como realizador en 2002 con “Caja negra, largometraje al que seguirían otros como “Monobloc” o “Lulú” cuya dirección simultaneó con trabajos para televisión, como la exitosa miniserie “Historia de un clan”. Acaba de estrenar “El ángel”, un relato criminal, inspirado en hechos reales, que, tras su paso por Cannes, ha sido elegido para representar a Argentina en los Óscar.

«El morbo ante conductas criminales está presente en todos nosotros»
Jaime IGLESIAS|DONOSTIA
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En “El ángel”, Luis Ortega toma como punto de inspiración las andanzas de Carlos Robledo Puch, el llamado ‘Ángel de la Muerte’, un asesino en serie cuya detención, con apenas 20 años, conmocionó a la Argentina de los años 70 y que hoy ostenta el récord de ser el preso que más tiempo lleva recluido en las cárceles del país. No obstante, para el cineasta porteño, evocar la figura de Robledo Puch en esta película producida por los hermanos Almodóvar es una excusa para hablar de su propia adolescencia.

Tras el éxito que tuvo con la teleserie «Historia de un clan», con «El ángel» reincide en un relato protagonizado por uno de los grandes personajes de la crónica negra argentina. ¿Le interesa este tipo de perfiles?

No, para nada. Ni me interesa la Historia lo más mínimo ni le tengo ningún aprecio al biopic como género cinematográfico. Lo que ocurre es que la realidad siempre te nutre de buenas ideas y no solo eso, sino que te respalda a la hora de vender un proyecto. Siempre es más sencillo agarrar un artículo del diario y presentarte ante los productores para que entiendan lo que quieres contar que hacerlo con un tratamiento de guion o intentar explicárselo con tus propias palabras. En este sentido tanto “El ángel” como “Historia de un clan” son relatos inspirados en personajes de la historia criminal argentina pero los paralelismos acaban ahí. “Historia de un clan” me llegó como un encargo, aunque después me dieron toda la libertad del mundo para realizarlo, pero no es un proyecto que yo elegí ni hubiera elegido para hacer, mientras que “El ángel” es una película mucho más personal con un personaje que se mueve más allá del bien y del mal, más allá de la corrección política y cuya construcción está inspirada no solo por la figura de Carlos Robledo Puch sino por mi propia vida.

 

¿Qué quiere decir cuando afirma que esta historia está inspirada en su adolescencia?

Cuando uno llega a una edad asume que ha pasado el suficiente tiempo como para confrontarse con sus actos de juventud y un personaje como el de esta película me permitía ahondar en mi adolescencia de un modo mucho más interesante que si hubiera acudido a un perfil más convencional. Obviamente yo nunca asesiné a nadie, pero todas las demás características del personaje que afloran en el relato evocan experiencias bastantes personales. Yo, al igual que Carlitos, tuve un amigo íntimo en la adolescencia cuya familia manejaba unos códigos totalmente alejados de la moralidad que imperaba en los ambientes en los que me crié. En contacto con ese amigo y con su mamá me introduje en la aventura, nos metíamos en casas ajenas donde hacíamos todo lo que se nos ocurría, desde bailar a llevarnos todo lo que pudiéramos cargar con nosotros. Pero eran acciones que no estaban guiadas por el deseo de hacer daño a terceros sino por un afán de libertad exagerado.

 

Entonces evocar la carrera criminal de Carlos Robledo Puch al final es una excusa para hablar de si mismo, ¿no?

Supongo que eso es algo común en todos los directores. Dos de mis películas favoritas, “Malas tierras”, de Terrence Malick, y “Bonnie & Clyde”, de Arthur Penn, están inspiradas en las andanzas de sendas parejas de criminales, pero el desarrollo del relato cinematográfico probablemente tenga muy poco que ver con los acontecimientos reales que lo inspiraron. En el caso de “El ángel”, siempre tuve claro que tomar como referencia aquel caso suponía una invitación directa al espectador de cara a estimular sus deseos por ver la película. El morbo ante lo incomprensible, ante las conductas criminales siempre está presente en todos nosotros. En el siglo XIX hubo un criminólogo llamado Lombroso que determinó que el asesino estándar obedecía a unos rasgos fisiológicos concretos: solía ser un tipo feo, morocho, orejudo… Con ser una estupidez esta teoría lo más llamativo es que, cien años después continúe vigente: para el ciudadano común resulta inconcebible que alguien bello pueda matarte. Basta con comprobar ante qué rostros decidimos cruzar de acera.

 

Pero el enfrentarse a un caso real tan conocido ¿no le generó dudas a la hora de elegir una estrategia de representación?

En realidad, el público lo que espera es que muestres al delincuente, lo juzgues y termines por mandarlo a la silla eléctrica. Pero el cine no es un espacio para determinar lo que está bien y lo que está mal. Yo siempre me he rebelado contra esa idea y más en estos días donde vivimos atenazados por una corrección política vomitiva donde la gente solo se preocupa por adornar su discurso buscando salir bien parado. A nosotros nos hubiera ido mejor, desde luego, si en la película hubiésemos juzgado y condenado al personaje en lugar de mostrarlo. Pero ni me interesaba ser fiel a los hechos ni mucho menos erigirme en juez de los mismos. 

 

Supongo que a la hora de trabajar esa ambigüedad que pretendía para el relato y también para los personajes, el trabajo con los actores resultaría fundamental. ¿Cómo lo encaró?

De entrada, me interesaba que a Carlitos lo interpretase alguien que no fuera actor. Con Lorenzo Ferro empecé a trabajar un modo de ser más allá de lo que implica la creación de un personaje. No me interesaba darle el papel a un actor que tuviera una idea predeterminada de cómo es un asesino y cómo debía interpretarlo y fue un acierto porque Lorenzo se dejó poseer por el personaje. Si bien de entrada, los productores argentinos se mostraron bastante desconfiados ante la posibilidad de poner el peso de la película sobre los hombros de alguien sin experiencia, cuando Esther García, la mano derecha de Almodóvar, entró en la producción lo vio clarísimo, dijo: “el reto va a estar en que el resto de actores no parezcan artificiales al lado de Lorenzo”. Eso me dio la pauta para reescribir el resto de papeles a la medida de los actores en los que había pensado para interpretarlos. El personaje de Ramón lo adecué a la singularidad de Chino Darín que es un actor que se comunica de manera muy transparente con el público. El de su mamá se lo asigné a Mercedes Morán quien tiene una sensualidad muy intensa. Para la madre de Carlitos pensé enseguida en Cecilia Roth, con quien ya había trabajado en “Historia de un clan” y que, al ser madre de un adolescente, me pareció que entendía perfectamente lo que es ser rehén de tu propio hijo. En definitiva, me rodeé de un elenco de gente cómplice, aunque en el caso de Lorenzo nuestra relación fue casi de hermanos siameses.

 

Por lo que comenta parece como si la elección de actores fuera la parte más importante del trabajo de un director.

Para mí es algo fundamental, cada vez lo tengo más claro. Lo único que no me puedo permitir descuidar como cineasta es la dirección de actores porque lo único que puede llegar a arruinarte una película es una mala interpretación. Mucho más que una mala elección del encuadre o una fotografía dudosa.

 

Antes ha mencionado la participación de Pedro Almodóvar en la producción de «El ángel». ¿Cómo fue trabajar con él?

Fue algo que ni pensé, vino de la mano de los productores argentinos que ya que habían trabajado con él en “Relatos Salvajes”. Por lo tanto fue una bendición que vino sola, sobre todo por la posibilidad de haber trabajado mano a mano con Esther García, que se partió el alma por la película. Obviamente para mí Pedro siempre fue un referente, no solo como cineasta, también en lo personal. Su decisión de no haber marchado nunca a EEUU a hacer cine me parece ejemplar. En cuanto un director tiene éxito, desde Hollywood te llegan cantos de sirenas convencidos, como están, de que andas deseoso de filmar con ellos. Yo soy consciente de que la libertad que tengo en Argentina para hacer cine nunca la tendría en EEUU. Allí únicamente sería un hispano condenado a perpetuar estereotipos latinos en producciones a la medida de los prejuicios de los estadounidenses por mucho que estuvieran rodadas en castellano, como les ocurre a algunos cineastas mexicanos.

Para el ciudadano común resulta inconcebible que alguien bello pueda matarte. Basta con comprobar ante qué rostros decidimos cruzamos de acera.

El público espera que muestres al delincuente, lo juzgues y lo mandes a la silla eléctrica. Pero el cine no es un espacio para determinar lo que está bien y lo que está mal.

Lo único que no me puedo permitir descuidar como cineasta es la dirección de actores porque lo único que puede llegar a arruinarte una película es una mala interpretación.

Yo nunca asesiné a nadie, pero todas las demás características del personaje que afloran en el relato evocan experiencias bastantes personales.