2018/11/08

Sobredosis de azúcar entre fogones orientales
Koldo LANDALUZE
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Al cineasta Eric Khoo se le ha ido la mano en este refrito sensiblero que jamás alcanza las cotas de encanto y sensibilidad que logró Ang Lee con su referencial “Comer, beber, amar”, tal vez el filme que más se aproxima a sus intenciones más evidentes.

Lo que plantea “Una receta familiar” no es más que el enésimo intento de captar las emociones íntimas de los personajes a través de la gastronomía, una opción muy saludable pero que puede convertir una cocina en un infierno total si los ingredientes no acompañan al menú.

Esto es precisamente lo que le ocurre a Khoo con este plato oriental servido para paladares occidentales en el que prima la obsesiva intención del realizador por exprimir al máximo los condimentos de la sensiblería a la hora de plasmar en la pantalla las peripecias de un chef japonés que quiere regresar a las esencias ancestrales legadas por su familia. Khoo, todo un experto en subrayar al máximo el tono vitalista que deriva vertiginósamente hacia lo supérfluo, se ha sacado de la chistera un nuevo producto de consumo rápido escenificado en un Singapur de postal y en el que todo transcurre dentro de los parámetros establecidos por lo que supuestamente debe incluir un filme en el que cohabitan la gastronomía y los sentimientos.

Chirriante en cada uno de sus intentos por poner de manifiesto su intención folletinesca, el filme naufraga cuando pretende mostrar las relaciones afectivas mediante un trataminento sonoro y visual de alto voltage luminoso y donde se disfraza el término “vital” con el de  “estridente” dentro de una narración plana y gobernada por diálogos mecánicos que jamás nos conducen a ninguna parte.

Jamás encontraremos magia y seducción porque todo en “Una receta familiar” funciona de manera similar a la de un plato precocinado destinado a paladares muy poco exigentes.