2019/02/11

A la caza del joven talento por las calles de París
Mikel INSAUSTI
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En el cine actual la dependencia televisiva también se da en la elección de temas, y no cabe duda de que los concursos denominados “talent show” ejercen desde la pequeña pantalla una gran influencia y hacen que proliferen películas sobre la búsqueda de jóvenes talentos en ambientes urbanos. Lejos quedan los tiempos en que la correlación de fuerzas se daba al revés, como en el caso de Alan Parker y su musical cinematográfico “Fama” (1980), inspirador de todo tipo se series y programas de televisión.

Pero estamos donde estamos, y la coyuntura actual es propicia para el mercadeo de los cuentos de hadas hechos realidad con jóvenes genios sin recursos que esperan la oportunidad de ser mediáticamente descubiertos. El protagonista de “Au bout des doigts” (2018) es como muchos otros surgidos de la campaña a la que alude el título original, y que consistía en colocar un piano en las estaciones del metro parisino al alcance de las manos de los y las aspirantes a músicos perdidos en la gran ciudad de la luz.

En la versión ficcional ocurre que el director del Conservatorio de Música de París oye tocar a un chico con posibilidades, trazando un plan para convencerle de que curse estudios de piano. Dado que se trata de un pequeño delincuente que procede del “banlieue”, no tendrá más que lograr que le conmuten una pena por trabajos sociales en su centro, donde no tardará en comenzar las clases.

El tema de la redención musical está muy explotado en el cine, según una serie de códigos establecidos a los que no es ajeno el tercer largometraje de Ludovic Bernard, como lo es el duro aprendizaje mediante el cual purgar los vicios adquiridos y la falta de formación. Menos mal que el papel de la profesora inflexible lo interpreta Kristin Scott Thomas.

Aunque Bernard dispone ya de un lujoso reparto que responde a una evolución formal, tampoco en el fondo se ha alejado tanto de sus cercanos comienzos en la comedia localista con “Misión País Vasco” (2017). Su discurso narrativo sigue siendo convencional, tanto en cuanto transita el lugar común en pos del final más previsible.