2019/02/16

Erreportajea
A POCO MÁS DE UN MES DEL BREXIT (I)
De marginados a decisivos: hablan los más desfavorecidos

Poco se habla de la realidad que se vive en la Gran Bretaña más desfavorecida, si no es para culpar a las clases más bajas de la victoria del «Leave» en la consulta del Brexit. De Glasgow a Wigan, emprendemos el camino para conocer la realidad de la cara oculta del país.

Aimar ETXEBERRIA
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El periodista y escritor británico George Orwell dejó varias obras literarias para la posteridad. Entre ellas destaca “1984”, novela en la que introduce la figura del omnipresente “Gran Hermano” y que a ojos de muchos recrea una realidad que poco dista de la sociedad actual. Pero es un ensayo suyo el que da pie y sentido a este reportaje: “The road to Wigan Pier” (“El camino a Wigan Pier”). Un camino a la emblemática localidad del norte industrial inglés, feudo del laborismo, y que en el referéndum del Brexit votó a favor de abandonar la Unión Europea (UE), un paradigma que no resulta desconocido en la Gran Bretaña más azotada por la desindustrialización.

Mucho se habla hoy sobre qué sector de la sociedad británica votó Leave (salir) y quién Remain (quedarse). La tesis más extendida y aceptada entre los analistas es la que apunta a que la clase trabajadora votó Leave, mientras que las clases medias-altas optaron por el Remain. ¿Pero es esta observación del todo correcta? Y, en el caso de que lo fuera, ¿a qué se debe? «Hubo una mayoría a quien se le dijo que tenía que votar Remain porque de lo contrario su calidad de vida empeoraría. Pero no puedes decir a la gente que sus circunstancias empeorarán cuando actualmente ya son malas». Esta consideración de la coordinadora nacional de Momentum, Laura Parker –la entrevista completa con ella se publica mañana–, viene como anillo al dedo para iniciar nuestro propio viaje por la Gran Bretaña más desfavorecida, que nos llevará desde los suburbios de Glasgow hasta Wigan, desde donde Orwell relató el día a día de la clase obrera en una de las zonas más industrializadas de la época.

«La violencia no estalla; es diaria»

No hay manera más impactante de entender la indignación de los marginados de Gran Bretaña que adentrándose uno en el ensayo del rapero y comentarista social escocés Darren McGarvey “Safari por la pobreza”, trabajo en el que se detallan en primera persona las penurias de un ciudadano británico nacido y crecido en una de las comunidades menos afortunadas de la isla, como bien puede ser el extrarradio de Glasgow. Zonas de las que no se habla cuando se hacen análisis sobre el voto del Brexit o, en el caso de que se haga, quien lo hace es la «élite metropolitana» desde la perspectiva de una «intelectualidad elitista». Con esa afirmación, McGarvey pretende describir cómo la oferta cultural, informativa, política o del entretenimiento dirigida a las clases más bajas «es desmentida y socavada por la realidad de sus vidas», por ejemplo, con afirmaciones como que la salida de la UE empeoraría sus vidas, ya de por sí bastante descosidas.

«La Gran Bretaña del Brexit demuestra qué pasa cuando la gente que rara vez levanta la voz decide coger el micrófono y empieza a decir a los demás de qué va la cosa», escribe el rapero escocés, para quien la clase trabajadora británica votó en contra de sus propios intereses «porque no creyó que importase». Peor que ello es, para McGarvey, la reacción de los liberales ante el voto de las clases más desfavorecidas, a quienes se dirigen como «imbéciles» y «escoria» por haberse sorprendido de que con sus papeletas hayan realmente provocado un cambio «por primera vez en sus vidas». «La mañana del Brexit, progresistas y liberales de clase media anunciaron múltiples crisis simultáneas al enfrentarse de repente al país vulgar y dividido en el que los demás llevábamos viviendo décadas», constata, fiel ejemplo de que parte de la ciudadanía británica se siente tan excluida de los debates dominantes que «ha empezado a crear sus propias culturas paralelas y hechos alternativos».

Pero tras el Brexit la vida continuó como siempre en los suburbios de Glasgow. «Los pobres estaban muy tranquilos», y la violencia no estalló en contra de los augurios de muchos, «que se tomaron la licencia de anunciar el fin del mundo en nuestro nombre». En ese tipo de comunidades la violencia no estalla, precisa McGarvey, «porque está presente todos los días».

De las minas a las ayudas

Sin llegar la degradación a los niveles de las afueras de Glasgow, la vida en Wigan tampoco se ve en rosa. La icónica ciudad minera fue especialmente golpeada por el giro neoliberal de Margaret Thatcher. Miles de mineros perdieron sus puestos de trabajo tras el cierre de las minas, y Wigan dejó de ser Wigan. La ciudad perdió su carácter e identidad hasta convertirse en lo que es hoy en día: una ciudad sin industria, sostenida por un sector terciario que no ofrece más que precariedad a sus ciudadanos, que se ven obligados a tirar de benefits (ayudas sociales) para afrontar el día a día.

Si hay alguien que ha sido testigo de la reconversión de Wigan, esa es la familia Shaw –Mick y Gill–. Atienden a GARA en el Wigan Life Centre (Centro de Vida de Wigan), donde hablan sobre la vida diaria de la ciudad. Él, exminero de carbón, vio cómo en los noventa sus ingresos caían de las 800 libras semanales a «benefits de casi 0». Último de una generación de mineros, participó en las huelgas de los ochenta contra el cierre de las minas, «pero perdimos. Perdimos y el cierre afectó a la zona, fue un duro golpe para la economía». Saben muy bien lo que es vivir en la pobreza, pero reconocen no haberse dado cuenta de la situación en la que se encontraban: «Fue gente de fuera quien nos advirtió de que vivíamos en la pobreza, porque cuando estás en esa situación tienes suficiente con llegar a fin de mes; te acostumbras a vivir al límite». Ellos tuvieron suerte y salieron de la miseria, aunque aseguran que hay mucha gente en Wigan que vive en la pobreza, «pero no lo saben».

Consideran que la calidad de vida en esta localidad posindustrial «no es buena», y creen que la derecha mediática ha utilizado en su favor esa circunstancia. «Han conseguido volver a los ciudadanos contra los inmigrantes. La gente corriente de Wigan piensa que si paras la inmigración el problema está resuelto, cuando aquí apenas hay inmigrantes». Hablan del «lavado de cerebro» que la derecha mediática llevó a cabo con los más desfavorecidos, «hasta el punto de que estos olvidaron que los doctores y las enfermeras de nuestros hospitales son inmigrantes, pero nos los ven como tal. Para ellos los inmigrantes son los polacos, rumanos...».

Pero lo peor para los Shaw es el declive social que ha padecido la zona, los cambios en las aptitudes de las personas que se han producido a causa del empeoramiento de las condiciones de vida. «En los últimos 30 años hemos perdido la ética trabajadora. La gente joven no quiere hacer ciertos trabajos; hay algunos que no han trabajado nunca y que viven de las ayudas que proporciona el Estado. Las políticas de desindustrialización de Thatcher tienen mucho que ver con ello; pensó que le salía más barato dejar en la calle a miles de mineros y darles ayudas sociales antes de pagarles un buen sueldo».

Ese empobrecimiento generalizado –tanto en lo económico como en lo social– ha propiciado que las personas se hayan hecho más egoístas, según los Shaw. «A la gente le da igual si el vecino de al lado está pasando penurias; la comunidad ya no está unida. Mis padres también vivieron situaciones difíciles, pero en esos momentos los vecinos nos arroparon y nos dieron comida», recuerda Mick, que tiene claro que para que la prosperidad vuelva a ciudades como Wigan tiene que volver la manufacturación, por ejemplo, con la producción de trenes, que según el exminero se ha desplazado a Alemania. Pero, recién cumplidos los 60, los Shaw no se muestran optimistas de cara al futuro. Votaron Remain, aunque se manifiestan especialmente críticos con la UE. «Me asusta lo que este país se ha convertido; nuestra clase se está escorando más y más a la derecha», sentencia Mick.

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