2019/04/16

Mikel INSAUSTI
Crítico de cine
El sueño del tangerino Diego Galán se hizo realidad en Donostia

Al saber que Diego Galán no había acudido a la última edición del ahora renovado SSIFF, que él había dirigido bajo su denominación tradicional de Zinemaldia, pensé que realmente su salud le había jugado una mala pasada. Me enteré de que había estado hospitalizado por una entrevista con motivo de la Medalla de Honor que le concedió la Academia de Cine, pero sus palabras transmitían optimismo y ganas de seguir trabajando en alguno de sus documentales.

Era el tipo de persona jovial que nunca pierde el humor, o al menos esa es la impresión que transmitía a nada que le tratabas un poco. Fueron muchos años viéndonos las caras, aunque de forma intermitente, como no, cada mes de setiembre. Tuve el gusto de conocerle en la época en que se incorporó en “El País” como crítico de cine, allá por el año 1980. Yo no pasaba de principiante, y le admiraba en la distancia como fiel seguidor de sus artículos en la revista “Triunfo”, incluso antes de pensar en dedicarme a este oficio de tinieblas.

Las cosas cambiaron una vez que fue nombrado director del certamen donostiarra en 1986, seguramente porque se había pasado al otro lado y su cargo de responsabilidad le dejaba expuesto al juicio de sus excolegas de la prensa. Cada vez que tenía oportunidad de tener una charla fuera de su despacho utilizaba la confianza para ejercer de crítico y poner en cuestión sus proyectos, una verdadera estupidez por mi parte dado lo bien que conocía a sus antiguos colegas, a los que sabía despachar con la sana ironía de la que siempre hizo gala. La mayoría de sus ideas funcionaron, por lo que hizo bien en tomarse a risa las objeciones que en mi caso le pudiera plantear. Supo ganarse al gran público, llevando las proyecciones a la playa o al velódromo. En aquel momento aprovechó muy bien el tirón de Oliver Stone, por más que nunca haya sido santo de mi devoción.

Discusiones estériles aparte, pienso que el terreno en el que Diego Galán se transformaba en el Diego Valor de los seriales radiofónicos de su infancia era en su relación con las grandes estrellas de la pantalla. Los episodios que relató en su maravilloso libro “Jack Lemmon nunca cenó aquí” (2011), especialmente el de Bette Davies, le colocan como un gran conocedor de divas. Su serie televisiva “Queridos cómicos” (1992) destaca precisamente por el retrato fiel que consigue de las folclóricas que triunfaron en el cine.