2019/06/13

Un sueño por cumplir
Koldo LANDALUZE
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Lo único que provoca el visionado de “Mejor que nunca” es la ralentización del tiempo, la sutil venganza que ejecuta el reloj hacia sus propietarios –o nosotros somos su posesión, según el genial Cortázar– y que consiste en hacer que sus manecillas giren lentamente cada vez que asoman en la gran pantalla productos tan sobrecogedores como esta verbena desatada.

Ya sabemos que cuando Diane Keaton se desmelena, se desmelena de verdad, y en esta oportunidad desde detrás de la cámara parece que la consigna quedó suficientemente clara a tenor del agotador registro de tics, morritos y los sucesivos trompazos que la actriz perpetra en esta supuesta comedia. En su chirriante engranaje argumental topamos con los habituales clichés que otorgan sentido a este tipo de proyectos. En esta oportunidad, la excusa la ponen un grupo de mujeres de una residencia de ancianos que no dudarán en regalarse un momento fugaz de alegría y descontrol organizando un equipo de animadoras. Par tal fin contarán con la ayuda de una joven cheerleader para que no hagan excesivo ridículo en un concurso de animadoras. Con estos mimbres tan endebles queda claro que lo de menos era el guion, porque todo transita en torno a las piruetas accidentadas que perpetran las intrépidas protagonistas y los desarreglos familiares que conlleva esta iniciativa.

Esta primera película firmada por la documentalista Zara Hayes arranca con un inicio dramático en el que la protagonista, en plena cuenta atrás de su vida tras serle diagnosticado un cáncer, deja atrás su hogar para vivir sus últimos días en una residencia.

En este lugar asomará un sueño incumplido que siempre mantuvo durante su época universitaria, ser una animadora. Con esta coartada, la historia transita sin pena ni gloria a lo largo de un metraje salpicado de gags y chistes que carecen de gracia y que se basan en los consabidos achaques de la edad.