2019/07/19

Jordi MUÑOZ
Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona (UB)
Ahora que el polvo se asienta

El autor analiza en el texto el escenario catalán, fijándose en las contradicciones que puede generar el equilibrio que ensaya el PSOE en Catalunya, que se basa en dos pilares: no tocar el ‘statu quo’ y limitar el alcance del independentismo, consciente –a diferencia de PP, Cs y Vox– de que no desaparecerá.

Para soportar el equilibrio que ensaya, el PSOE necesita articular un eje que va desde Ciudadanos a Podemos. Y esto, que es el terreno en que el PSOE se siente más cómodo, provoca tensiones fuertes en los otros dos espacios

Una manera de ver la historia es como una sucesión de momentos de crisis en que todo se remueve, y de periodos de equilibrio, cuando el polvo levantado por la crisis se asienta. Las crisis pueden originarse por choques externos (una mala cosecha, un cambio tecnológico disruptivo, un asesinato en Sarajevo o la caída de un banco en la otra orilla del Atlántico), o por procesos endógenos de desgaste progresivo del statu quo –o de agudización de las contradicciones, como se solía decir– que llegan a un punto de no-retorno en el que todo se ve sacudido. O, más habitualmente, por una combinación de los dos tipos de factores.

Podemos interpretar así los últimos años de la política catalana. 2017 fue un momento de crisis constitucional, originado fundamentalmente por un desgaste progresivo del statu quo del 78 y ayudado, seguramente, por algunos choques externos. Y ahora, después de la sacudida, parece que nos encontramos en el momento en el que el polvo se asienta para definir el nuevo equilibrio. Un nuevo equilibrio que puede ser más o menos estable, más o menos duradero, pero que, en cualquier caso, definirá el terreno de juego de los próximos años. Es importante tratar de leerlo bien para entender qué brechas tiene, y qué potenciales de cambio se pueden anticipar y acelerar.

Una vez descartada la independencia exprés, parece que básicamente había tres equilibrios de dependencia posibles después de la crisis de 2017. El primero era una reacción dura del nacionalismo español que pasase por encima de la autonomía catalana y generalizase un proceso de represión política. El 155 eterno y la represión a gran escala. Era la apuesta explícita de PP, Vox y Ciudadanos, pero ha perdido en las urnas. Habría sido un equilibrio duro pero profundamente inestable y quizá por ello ha dado miedo y ha perdido.

El otro equilibrio posible era el que se esbozó con la moción de censura: un espacio de diálogo entre el PSOE, la izquierda española y los espacios políticos soberanistas catalanes y vascos, que explorase las vías de una solución democrática y, posiblemente, de una redefinición de la arquitectura institucional del 78. Este equilibrio tampoco ha tenido éxito. Primero, porque requería una posición de fortaleza de Podemos que el partido de Pablo Iglesias ya no tiene. Segundo, porque provocaba unas contradicciones insoportables al PSOE. Y tercero, porque generaba mucha tensión y división también dentro del independentismo catalán, por razones relativamente sencillas de entender.

¿Qué queda entonces? Queda una tercera vía, un equilibrio que ensaya estos días (con cierto éxito, parece) el PSOE. Se basa en dos pilares, diría. El primero es congelar el statu quo y no plantear ninguna reforma de la arquitectura constitucional y de poder española. El segundo es tratar de contener al independentismo, confinarlo en un espacio en el que sea gestionable y se pueda convivir.

El PSOE parece que es más realista que la derecha española, en el sentido que entiende que el soberanismo catalán es demasiado fuerte y sólido como para borrarlo del mapa, como hubiese querido intentar la derecha. Pero si no se le puede eliminar, ni tampoco se le puede (ni se le quiere) integrar mediante el diálogo y una oferta aceptable, queda el camino del medio: utilizar una combinación de represión judicial y marginación política para contenerlo en un espacio en el que estorbe lo menos posible. De aquí las posiciones duras de la abogacía del Estado. De aquí las suspensiones abusivas de la mesa del Congreso y del Senado, o las maniobras extrañas en el Parlamento Europeo. Y de aquí, también, viene la operación Valls-Colau en Barcelona y el ensayo de cordón sanitario allí donde es posible.

Ni reforma ni empatía

Diría que este es el equilibrio que se va dibujando. No habrá ningún incremento del autogobierno, ninguna negociación para un referéndum, ninguna concesión de ningún tipo. Quizá, solo quizá, se aliviará un poco la represión, como una válvula que evite que la presión sea excesiva. A la Generalitat, si es que alguna vez recupera una cierta iniciativa política (ai), se la seguirá conteniendo como se ha estado haciendo ya estos años. Con recursos preventivos al TC, intervenciones selectivas, invasiones impunes de competencias, ahogo financiero y filibusterismo parlamentario. Los votantes antiindependentistas catalanes parece que lo han entendido y han basculado mayoritariamente hacia el PSC, que les ofrece una vía más transitable y factible que no un Ciudadanos excesivamente histriónico y radicalizado.

Si se confirma este escenario, no será un plato fácil de tragar para el independentismo. La dureza personal y humana de la represión, la constatación de la falta de empatía, y la impotencia democrática son difíciles de digerir. Pero más que refugiarse en el lamento y la impotencia, da la impresión de que sería más productivo leer bien las contradicciones que tiene este equilibrio y que lo pueden hacer tambalearse, para tratar de agudizarlas y acelerar su desgaste.

La primera y más evidente es que, dada la correlación de fuerzas, para soportar este equilibrio el PSOE necesita articular un eje que va desde Ciudadanos a Podemos, desde Valls a Colau. Y esto, que es el terreno en que el PSOE se siente más cómodo, provoca tensiones fuertes en los otros dos espacios. Solo hace falta ver las contorsiones y gesticulaciones, un poco estériles, de Barcelona en Comú para hacer ver que la cosa no va con ellos. ¿Estas tensiones serán suficientemente fuertes para evitar la conformación de un bloque más o menos implícito Comuns-PSC-Ciutadans que pase el rodillo por las principales instituciones del país? ¿Lo serán a escala estatal, por las dudas de Rivera y de Pablo Iglesias? No lo sabemos. Dependerá de los incentivos electorales y de poder que tengan los diversos actores. Pero a escala catalana también dependerá, en parte, de lo que haga el independentismo.

La segunda debilidad estructural del equilibrio que ahora ensaya el PSC-PSOE es que, en términos de propuesta política, lo que puede ofrecer este bloque no responde a las preferencias de la mayoría de la sociedad catalana. Queda muy lejos de lo que quiere el votante medio, que en Catalunya es claramente de izquierdas, partidario de un referéndum y, como mínimo, de un federalismo fuerte, con un nivel de autogobierno muy superior al actual. La congelación del statu quo (territorial y socioeconómico) difícilmente los satisfará. Y, finalmente, está la presión de la derecha nacionalista española. Que siempre quiere más, y que nunca tiene suficiente. Y tiene una gran potencia de fuego mediático, y provoca un gran acomplejamiento en el PSOE.

Diría que para el independentismo sería productivo asumir que no vamos a un escenario de diálogo en el corto plazo, ni tampoco de involución bestia como prometían Casado, Abascal y Rivera, por mucho que previsiblemente el poder judicial querrá arrastrar al Estado a eso. Y tampoco, obviamente, vamos hacia la independencia exprés como prometen todavía hoy algunos (cada vez menos) irresponsables. Una vez asumido esto, sería necesario dejar de buscar traidores dentro y fuera, no acumular resentimiento y tratar, estratégicamente, de boicotear la conformación de este equilibrio de cierre. Tender puentes allá donde sea posible. Puentes que rompan este equilibrio y que hagan más difícil a los comuns tragarse esta operación. Agudizar las contradicciones. La sentencia debería contribuir. Y, en cualquier caso, en vez de cerrarse sobre uno mismo esperando una victoria del 47% que no llegará, esforzarse a realizar planteamientos que interpelen al votante medio, y exprimir al máximo el poder institucional para promover políticas avanzadas que transformen la realidad y mejoren tanto como sea posible las condiciones de vida de la gente. Más allá de lo que hagan los otros, hacer inventario de errores y aciertos, y plantear un proyecto con voluntad de trascender los bloques que definió el 2017.

Todo esto, soy consciente, es mucho más fácil de decir que no de hacer. Porque al fin y al cabo, la política la hacen personas y las emociones juegan un papel relevante. Y porque las fuerzas son las que son, la tensión interna en el seno del independentismo es notable, y la prisión, el exilio, los procesos judiciales eternos y la represión económica son duras y desgastan. Pero esto es, debe ser, una carrera de fondo. Y de relevos.

*Publicado originalmente en Nació Digital.