2019/08/13

Josu MONTERO
Escritor y crítico literario
Venganza

Quedarse a oscuras en el retrete de un bar es una experiencia contemporánea que todos compartimos; nos movemos o removemos bufonescamente para que vuelva a hacerse la luz. Pero también podemos no hacerlo y dejar que la oscuridad nos envuelva. Así lo hace el narrador y protagonista de “La uruguaya”, la novela del argentino Pedro Mairal; él está además un poco puesto de alcohol y de marihuana, y su retrete es casi una catacumba. Gracias a la oscuridad mingitoria, y a su mente desbocada, experimenta un revelador momento epifánico, y literariamente vibrante. Vivo en un quinto sin ascensor y cuando regreso a casa por la noche nunca doy la luz de la escalera; subo a oscuras, y a medida que asciendo, la altura y las ventanas van filtrando una leve luz que crea de nuevo las cosas, o no, son otras, esas sombras cobran una vida insólita. Como sucede en casa cuando el atardecer me pilla hogareño y en lugar de encender la luz dejo que sea el menguante sol el que vaya diluyendo y velando y revelando los objetos y los muebles, dotándolos de una vida inesperada, de una presencia singular, de solidez y de ligereza al mismo tiempo, de gravedad y de gracia, como escribió Simone Weil.

Tenía tres o cuatro años aquella noche, y toda la familia nos encontrábamos en la iluminada cocina; yo estaba sentado en el suelo, en el umbral, y en un momento dado giré la cabeza y contemplé el pasillo en penumbra y las oscurísimas habitaciones del fondo de la casa. Desde entonces tuve un miedo terrible a la oscuridad.