2019/09/11

Cuando el olvido se transforma en «eso» tan inquietante
Koldo LANDALUZE
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A tenor de muchos de los comentarios leídos en torno a la segunda parte del díptico “It”, uno extrae como conclusión lo mal acostumbrados que estamos por culpa –y lo digo entrecomillado– de la nueva hornada de cineastas que, como en el caso de Ari Aster o Jordan Peele, han revolucionado por completo el terror actual sirviéndose de un discurso y estilo que choca frontalmente con esa otra modalidad de terror que no requiere de tanta intensidad sicológica. Es decir, que para muchos, el estilo propuesto por Muschietti nos remite directamente a esas auténticas sinfonías del horror en los que prima el impacto visual sobre cualquier vericueto trascendental o sicológico. Nada más lejos de la realidad, porque si bien es cierto que el impacto visual del susto o el subrayado del gore –elementos más que respetables dentro del género– son utilizados por el cineasta argentino para remarcar el aspecto guiñolesco de la función, lo que prima en realidad es un fascinante descenso a los infiernos de la infancia en el que el grupo de chavales que plasmó sus propios terrores es ese vampiro de anhelos y afectos no correspondidos llamado Pennywise, descubrirá para su sorpresa que, en edad adulta olvidaron los episodios de miedo que compartieron y que les ha devuelto a su punto de partida, a los días en que sumaron sus esfuerzos en el Club de los Perdedores. Stephen King realizó en su ejemplar novela un estudio perfecto de los miedos infantiles descritos a través de los códigos del terror y mediante arquetípos de chavales “señalados” por sus entornos. En este segundo capítulo lo que se advierte es que aquellos niños en edad adulta, siguen apegados a unas pesadillas infantiles que siempre permanecieron arraigadas en Derry, esa extraña localidad que funciona como ejemplo de nuestra propia realidad y los monstruos que siempre acechan desde las alcantarillas.