2019/10/10

Raimundo Fitero
Un saco

No hay día sin que tengamos nuevas noticias de las andanzas del comisario Villarejo. Es el hombre del saco. O es un saco sin fondo. O es una simple metáfora, un chivo expiatorio, un símbolo de la corrupción más tremenda y absoluta. Políticos, bancos y ahora Iberdrola. Y lo que te rondaré morena. Sin entrar en detalles, las obviedades nos hacen comprender que existía (¿existe todavía?) una organización paralela en las cloacas comunicadas con los despachos con moqueta de los ministerios de la porra y la contaminación informativa, que operaban con mandato contractual. En muchos casos por ordenanza jerárquica y en otras, al parecer, como comandos autónomos. 

Hay un planificado goteo para ir dando a conocer los millares de grabaciones de Villarejo van retratando una época, una manera de actuar que, en lo último sabido, se detecta claramente cómo se compraban voluntades. Con dinero y con chantajes. Informes sobre el juez que puede paralizar una obra de la eléctrica. Sobre los concejales de partidos que no estaban de acuerdo con esa obra. Y verbaliza que hay que dar dinero, se supone que en forma de publicidad a los medios de comunicación locales. Se referían a una operación menor, no a una de esas obras que mueven millones de toneladas de tierra, cemento y euros. 

El lenguaje, las estrategias, los planes son de guión de serie B. Actitudes mafiosas serían darles un vuelo que no parecen tener. Al servicio de partidos, bancos y empresas de las que contratan a expresidentes para obtener un seguro de silencio y una inversión en expectativas para influir en los dudosos. Hoy existen medios mucho más sofisticados para este espionaje industrial, esta presión judicial y horroriza la impunidad en la que se mueven en esas alturas de las cloacas más apestosas. Un saco de mierda.