2019/11/01

Maitena Monroy
Profesora de autodefensa feminista
De víctima a sobreviviente, de sobreviviente a sujeto

Hemos asociado la palabra víctima, especialmente en el caso de las mujeres, a debilidad. En estos tiempos de resignificación creo necesario, coma en los conflictos políticos y la violencia contra las mujeres lo es, dotar a la palabra no solo del valor jurídico sino del de su valor político. Porque si no hay víctima, no hay nada que denunciar porque no hay agresión, ni hay agresor. Otra cosa es cómo reconocer el daño ocasionado a las mujeres y, a la vez, su capacidad de resistencia y resiliencia frente a la violencia sufrida. Porque ser víctima de un sistema, no solo de un agresor, a lo que te da derecho, primero, es a la rebeldía y después a la vindicación. Como señala Celia Amorós, en el feminismo hemos hecho el memorial de agravios y a la par el de la vindicación, construyendo la agenda política del feminismo. Poner en valor las estrategias de resiliencia, los relatos de supervivencia, las vidas de las víctimas es una labor política para el feminismo.

En los últimos años, el trabajo con las mujeres víctimas está siendo un eje dentro de colectivos y organizaciones feministas. No se pueden entender las vidas de estas mujeres y reconocer todo su valor sin conocer los obstáculos y las violencias que superaron, aunque parece ser que nos gustan más los relatos de heroicidades que de realidades. Uno de los comentarios que más se resaltan dentro de congresos y organizaciones es la no victimización de las mujeres, seguramente en un esfuerzo por evitar que se queden en ese rol de víctimas. Una víctima de la violencia sexista es una persona que ha sido víctima de una vulneración de sus derechos fruto no solo de un ejercicio de violencia material, sino de un sistema que justifica, en parte, la misma. Dónde tuvieron los obstáculos, qué les pasó para que queramos escuchar sus historias. Cómo podemos decir que se empoderaron si no fueron víctimas de un proceso de desempoderamiento colectivo. Otra cosa es qué papel deben de tener las víctimas y que la categoría víctima debe de tener un tiempo y espacio concreto, es decir, debe extinguirse con el valor de la reparación para poder pasar a ser sobreviviente/agente social. Lo que tiene que determinar nuestra existencia no es el daño infligido sino la reparación del mismo unido al relato de resiliencia que debe acompañar a la reapropiación del cuerpo y la vida de las sobrevivientes. Por diferentes razones, no todas las víctimas harán ese proceso, pero si no hay reparación será muy difícil poder recorrer ese camino.

En los últimos años hemos hecho campañas importantes para la reparación social de las víctimas. Para comenzar la resiliencia, no hay que pasar página sino reconocer el daño sufrido y buscar la solidaridad social para restaurar lo que ha sido dañado de una manera, en muchos casos, profunda. Profunda porque muchas veces se ha producido en el espacio afectivo donde confías, en que hablas el mismo idioma que tu compañero de juegos, de cama, etc. Que tu amigo, novio, conocido no era de esos que se ven en los medios o ese salvaje que se recrea en nuestros imaginarios, es más puede que sea de los que diga «Yo respeto a las mujeres porque las amo»... ¿Será casualidad que la conjugación verbal «amo» sea igual que el sustantivo «amo»?

En los casos de violencia habitual, reconocer la violencia es un paso; romper con la relación de maltrato, otro, pero dejar de sufrir violencia, entendida como una imposición ajena, no depende solo de lo que las víctimas hagan sino de que los agresores dejen de agredir o, en su defecto, de que se actué socialmente con todas las medidas necesarias para proteger los derechos de las víctimas.

En un mundo tan desproporcionado como el actual, donde muchas personas piensan que lo que sienten les valida como víctimas o para exigir al resto que atiendan de sus necesidades, externalizando la responsabilidad sobre la propia vida, se hace preciso exigir responsabilidades sobre lo hecho y también sobre lo que no se atendió.

El papel de las víctimas en los conflictos políticos es uno de los ejes de trabajo político si queremos dar pasos para que el negacionismo no sea quién construya el relato de la historia.

A estas alturas siguen dándose muchos relatos de complicidad con la violencia, muchos enunciados sin contenido y una pasividad que, como indicaba Angela Davis, es complicidad directa con el sistema porque no se puede ser neutral cuando se vive en un sistema que oprime y discrimina a gran parte de la población.

Creo que tenemos que poner en valor las emociones como una estrategia para la supervivencia, pero no para darnos permiso a exigir derechos extras. El sufrimiento personal no nos convierte en sujetos políticos. Muchas mujeres dicen no sentirse discriminadas y también hay hombres que se sienten discriminados. Pero lo que nos sitúa como sujetos de vindicación no es el sufrimiento percibido sino una posición social asignada que determina que tu lugar en el mundo sea el de la alteridad. Yo no dudo que haya hombres que sufran por el lugar en el que les ubica el patriarcado, como hay mujeres que se sienten cómodas respondiendo a la normativa de género. Salirse de los lugares asignados genera incomodidad y quizás por eso nos cueste tanto, pero si no hemos avanzado más no es por el sufrimiento percibido por los hombres sino por la posición de jerarquía que les da los privilegios, que implica a la par, saberse en el lugar de referencia, en el lugar de la vara de medir el mundo. Responder a eso puede ser duro, pero acabar con los privilegios, la dominación y la violencia sexista es un deber ético inaplazable.

Acompañar a las mujeres víctimas en la hoja de ruta para ser sobrevivientes, desmontar imaginarios sociales sobre la debilidad/indefensión de las víctimas, aportar sus relatos de supervivencia, situarse como agentes sociales de denuncia y vindicación es parte del papel de las organizaciones de mujeres sobrevivientes en nuestro paso para ser sujetos de pleno derecho, sin olvidar de dónde venimos.