2019/11/09

Con ostras de Arcachon las penas son menos
Mikel INSAUSTI
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Hay una diferencia bastante grande entre los personajes de las comedias televisivas cuyas vidas sigues a diario, y esos otros del cine con los que te reencuentras pasado un largo periodo de tiempo. De ahí la habilidad de Guillaume Canet para que nos resulten familiares, como si no nos hubiéramos olvidado de ellos desde que vimos hace nueve años “Pequeñas mentiras sin importancia” (2010). Es más, alguien que no conozca el título precedente puede seguir sin problemas esta continuación, ya que dispone de más de dos horas muy bien empleadas para conocer de cerca a los hombres y mujeres que componen la vieja cuadrilla. Sus cuitas son comunes y es fácil identificarse con ellas, dado que gravitan en torno a las crisis de la edad, a las de pareja, a las familiares, a las profesionales y a las de la amistad.

Todas las tramas individuales confluyen en el sentimiento grupal, o lo que quede de él, pero no serían lo mismo sin la figura clave del anfitrión. Rol que otra vez desempeña de forma magistral François Cluzet, pero ahora a la fuerza. El actor de 64 años pasa en la ficción por una depresión generacional que le lleva a querer estar solo, aislado en su residencia costera de Cap Ferret, e incluso se plantea vender la casa en la que con sus amigas y amigos vivió veranos felices. Las unas y los otros, como si se intuyeran algo, se presentan sin avisar con la excusa de celebrar el cumpleaños-sorpresa del atribulado Max.

Por mucho que Max se sienta invadido en su intimidad, obligado a convivir con su exmujer Véronique (Valérie Bonneton) y su nueva pareja Sabine (Clémentine Baert), y por mucho que intente hacer ver a sus colegas que sobran, ya se ocupa el afamado cineasta Éric (Gilles Lellouche) de alquilar otra vivienda para recolocar a todo el mundo como si fuera Max el que invita a ostras de Arcachon y vino blanco. Cualquier cosa con tal de que el compadreo no acabe.