2020/09/13

Erreportajea
EL DRAMA DE LA MIGRACION EN EL MEDITERRÁNEO
RESCATE EN TIEMPOS DE PANDEMIA: AHOGARSE EN UN MAR DE CLORO

El Covid-19 es el último enemigo en sumarse a los muchos con los que ya contaban las operaciones de rescate humanitario en el Mediterráneo central. El buque de rescate Open Arms capea el temporal para poder gestionar la emergencia.

Karlos ZURUTUZA
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Era un bote de madera hermoso, de unos 12 metros de eslora. Pero viajaban en él 83. Fue el pasado martes cuando los dos RIBs (acrónimo anglo de «Bote Rígido Hinchable») del Open Arms daban con ellos en algún punto de la zona de rescate bajo jurisdicción maltesa. Arrancaba la rutina de rescate con indicaciones en árabe, inglés y francés para evitar que el bote vuelque (ya navegaba escorado); luego una breve explicación del proceso antes de proceder a repartir los chalecos salvavidas. Esta vez, no obstante, había una novedad en la secuencia: también se repartían mascarillas.

El buque de la ONG catalana zarpaba el pasado 27 de agosto desde el puerto de Borriana (Castellón) hacia el Mediterráneo central en la que ya es su misión de rescate número 76, pero la primera en tiempos de pandemia. Quedaba ya claro en el PCR y el posterior aislamiento de 48 horas al que se sometió a su tripulación. 19 negativos en Covid-19 era, además de una buena noticia, una luz verde imprescindible para poder emprender la travesía. Ya hemos dicho que no se trata de una cualquiera.

El buque está partido en dos: la llamada «zona limpia» va desde su centro hasta la proa (camarotes, cocina y puente); la «sucia» es el segmento hasta la popa, donde viajan en cubierta los 83 migrantes. No se trata de un injusto trato de favor sino del estricto protocolo anti-covid que obliga a establecer un cortafuegos que evite que los rescatadores acaben siendo rescatados. Eso sería malo para todos.

«Mi objetivo es rescatar, desembarcar en un puerto seguro y que tanto el pasaje como la tripulación de negativo en covid una vez en tierra» explica desde el puente Albert Mayordomo, el barcelonés de 38 años que lidera la misión. De toda la flota humanitaria, el Open Arms es el primero que cuenta con un dispositivo de diagnóstico que únicamente ha sido utilizado en centros hospitalarios hasta la fecha. Mayordomo, que lleva en esto desde 2016, dice que nunca ha sido tan difícil.

«Zona sucia»

Es en la cubierta de popa donde se vigila que los 83 migrantes no se quiten la mascarilla más que para comer. Nada más subir a bordo se dejaban guiar por media docena de voluntarios enfundados en EPIs a través de una gincana: deja el chaleco aquí; mete los pies durante diez segundos en esta bandeja de clorina; gel hidroalcohólico en las manos, medición de temperatura, todo mientras se les toman los datos (edad, nacionalidad…).

Paola Tagliabue, una doctora milanesa avalada con seis meses de lucha encarnecida contra el virus en su ciudad, respiraba aliviada al comprobar que ninguno presentaba síntomas. En cualquier caso, no parece dispuesta a bajar la guardia. Hay cuatro mujeres somalíes entre el pasaje, dos de ellas embarazadas. Muheen tiene 19 años y viaja acompañada de su marido; Anaf, de 18, no pudo contener las lágrimas cuando Tagliabue le enseñó la ecografía el miércoles. Fue violada a punta pistola en Libia.

«En Libia te encañonan con cualquier pretexto, no he visto nada igual», suelta Nasan, uno de los dos bangladeshíes entre el pasaje. Este chaval de 16 años viaja con Sharifal, de 34. A diferencia del resto, no llegaron atravesando el desierto sino que volaron desde Dacca (capital de Bangladesh) hasta Bengasi (en el este de Libia), vía Dubai y Cairo. Fueron 4.000 dólares que se sumaron a los 3.000 que les pidió una mafia tras secuestrarlos en Sirte (centro de Libia). Atravesar un país en guerra es, además de peligroso, muy caro para las familias que corren con los gastos de los que se juegan la vida para sacarlos de la miseria. Por el momento, ambos hacen cola para el servicio, un proceso tedioso en el que hay que rociar las manos con clorina antes y después de entrar, lo mismo que las chancletas comunes o la taza. Nadie protesta por la exasperante demora, ni tampoco por las constantes indicaciones a ajustarse la mascarilla.

«Yo lo entiendo pero es que me siento mareado y necesito aire», se disculpa Aziz, un marroquí de 28 años de los cuales ha pasado los dos últimos en Libia. Era sastre, un trabajador especializado de los que escasean en el país-patera por excelencia. Pero ahí no había futuro, ni tampoco de vuelta en casa. Dice que ha sido duro pero que no le han puesto la mano encima «como les pasa a los negros». A su lado, Younoussa, un beninés de 16 años, es el primero en confirmarlo. En los tres años que ha pasado en Libia lo han arrestado cuatro veces; de los palos y palizas hace tiempo que perdió la cuenta, lo mismo que de la cantidad total que su familia tuvo que enviar para pagar cada rescate.

«¿Cuándo llegamos a Italia?», pregunta el chaval. Nadie lo sabe. Dado que el encuentro se produjo en la Zona de Búsqueda y Rescate maltesa, toca pedir puerto a la isla-estado. Mayordomo ya nos dijo en el puente que no espera respuesta de Malta, que lo siguiente será tocar las puertas de Roma. Pide paciencia a todo el pasaje. Sin ir más lejos, el buque mercante Maersk Etienne rescató a 27 migrantes en aguas maltesas a principios de agosto y aún sigue esperando. Robert Maersk, director ejecutivo del gigante del transporte marítimo, denunciaba en su cuenta de Linkedin «el terrible precedente para la flota mercante global» que supone el caso del Etienne. «No hay registro hasta la fecha de un caso de abandono por parte de las autoridades como este», apostillaba Maersk. Para Mayordomo, es un capítulo más de una acción global que busca hacer desaparecer la flota de rescate del Mediterráneo central.

«El primer golpe fue el reconocimiento oficial de una Zona de Búsqueda y Rescate bajo jurisdicción libia (agosto de 2017), un país que incumple la mayoría de los requisitos legales, entre ellos el de ofrecer un puerto seguro. A eso se le suma la falta de cooperación de los Estados vecinos (Malta e Italia), la campaña de criminalización dirigida contra las ONGs, el acoso administrativo a través de controles cada vez más estrictos a nuestros buques…». El resultado de todo ello, resume el catalán, es que el Open Arms es el único barco de rescate en la zona en estos momentos. Las cifras corroboran su discurso: datos de la Organización Internacional para las Migraciones (IOM) apuntan a que unos 20.000 migrantes han conseguido llegar a Italia en lo que va de año, una tercera parte del total del anterior. Los muertos superan ya los 400, esos los confirmados.

Es el cepo administrativo el que retiene con éxito a los buques en puerto. De entre los últimos en operar en la zona, el Seawatch 4 (una ONG alemana) está varado en cuarentena en Palermo tras su último rescate; el Louis Michelle (patrocinado por el artista Banksy), retenido en Marsella tras desembarcar ahí su pasaje y el Alan Kurdi espera en Borriana, donde atracó el pasado mes de junio tras ser intervenido un mes antes en Palermo.

«Zona limpia»

Tras la primera noche a bordo, los 83 del Open Arms guardan cola para recibir un plato de arroz y legumbre de manos de esos seres blancos. Más de uno acabará de comer sin reparar siquiera en que no son los que los recibieron a bordo, ni tampoco los que pasaron la noche en cubierta. La guardia cambia sigilosa cada tres horas: entran cuatro y salen otros cuatro. Carlos Hidalgo, profesor de primaria y socorrista barcelonés de 30 años intenta romper las distancias sonriendo con sus ojos azules bajo un visor o lanzándose con unas palabras de cortesía en árabe que consiguen atravesar la mascarilla. «En situaciones tan extremas como esta, hacerles sentir cómodos y a salvo es casi tan importante como darles comida y agua pero no es fácil bajo esta escafandra», lamenta Hidalgo, suscribiendo un sentimiento compartido por toda la tripulación. Toma el relevo de David Hoces, un canario de 46 años ahora concentrado en no saltarse ningún paso en pleno tránsito hacia proa: gel hidroalcohólico en las manos antes quitarse máscara y gafas y luego fuera el primer par de guantes para deshacerse del buzo con el segundo ¿O era al revés? Hoces lo confirma en el documento que detalla los pasos pegado a la entrada del «cortafuegos». Diez segundos de pie sobre la bandeja de clorina, luego rociar las botas con spray desinfectante. Todo acaba con una ducha, ya en la zona segura, antes de volver. Será pronto porque, apenas 48 horas más tarde, los rescatados a bordo suman casi 300. Queda agua para tres días y hay niños y gente enferma por lo que, tras el silencio ensordecedor de Malta, se ha pedido puerto también en Italia. El barco aguanta en stand by entre Lampedusa y Malta esperando respuesta. Se ve Europa por los costados de babor y estribor.