GAURKOA

De Paracuellos a Hernani

Recuerdo de tiempos de juventud la criminalización mediática a Santiago Carrillo, secretario general del ilegal PCE, que fue detenido en Madrid a la salida de una reunión de su partido. Era diciembre de 1976. Unos meses más tarde, el Partido Comunista era legalizado. A Carrillo le imputaron su responsabilidad en una matanza de centenares de fascistas en el contexto de la guerra civil de 1936. Presos por su condición política, simpatizantes de la causa franquista, fueron extraídos de las cárceles madrileñas y ejecutados en los campos de Paracuellos y Torrejón, a las orillas del Jarama.

La imputación a Carrillo provenía de la llamada Causa General, un juicio general a la República, en el que los detenidos habían sido torturados para obtener los resultados perseguidos por el régimen franquista. El principal, forjar un relato propio e invertir lo sucedido. Los verdugos convertidos en víctimas y las víctimas en verdugos. Y el contexto desnaturalizado.

Los muertos de Paracuellos fueron identificados y sus restos yacen en los lugares donde fueron ejecutados, luego convertidos en cementerios y zonas de culto. Sin embargo, y en aquella época, 114.000 republicanos continuaban en fosas todavía sin identificar. Al día de hoy, noviembre de 2020, ochocientas de ellas han sido holladas y rescatados más de 9.000 cadáveres. Quedan más de 100.000. Pero la matanza de Paracuellos continúa en la cima de la historia española, convertida en mito.

Con la persistencia que el tema de Paracuellos estuvo vigente durante décadas, desde hace diez años venimos asistiendo al recurrente de ETA. Persistente también a pesar de que la organización armada se disolviera hace ya un par de años, se desarmara hace tres y concluyese su actividad militar una década atrás. La negociación de los presupuestos en Madrid y en Iruñea ha servido para que las siglas que una vez trazó Txillardegi se hayan convertido en trending topic. Tenemos temazo para años.

El reto de este relato recurrente se sustenta sobre falsedades obvias, que no resistirían siquiera el paso por la hemeroteca. En televisión hemos asistido perplejos a afirmaciones como que ETA no se desarmó (las ocho toneladas recogidas por el Gobierno francés al parecer han desaparecido misteriosamente), que sigue existiendo una dirección clandestina y que, incluso, coaliciones y grupos políticos independentistas (EH Bildu y ERC) dirigen el destino de los 47 millones de españoles por decreto desde tenebrosos despachos en La Moncloa.

Pero ese movimiento, por su ramplonería, no debe de ser tratado con desdén. Llevó a Trump al poder en EEUU, justificó el golpe de estado de Franco y la ejecución de decenas de miles de abertzales y republicanos y sigue siendo parte de la narración de servicios secretos, Guardia Civil y jueces para criminalizar a la disidencia. Casos como las inexistentes «armas de destrucción masiva» sirvieron para que una coalición internacional liderada por Washington invadiera Iraq o que una pelea habitual en un bar nocturno criminalizara a unos jóvenes de Altsasu por ser, precisamente, de Altsasu, una de las localidades donde se organizaba una jornada lúdica bajo el histórico lema de “Alde Hemendik”.

Toda esta literatura, antigua y reciente, incide en una constante que se repite hasta la saciedad. La eliminación del contexto. Por ello fue dilapidado Mikel Azpeitia, párroco de Lemoa. Como tantos otros. La eliminación del contexto es estratégica para estos relatores de la uniformidad. El forense Paco Etxeberria fue vilipendiado por el secretario general del sindicato mayoritario de la Ertzaintza, precisamente por señalar que el cuerpo autonómico también había torturado.

Dentro de esta desnaturalización han existido lugares donde el martilleo mediático ha sido constante. La población guipuzcoana de Hernani uno de ellos. Los medios del régimen la tuvieron en el punto de mira permanentemente. Hasta el punto que a través de un texto literario llamado “Patria”, libro de cabecera de Vox, entre otros, y llevado asimismo a la televisión, su población se ha hecho universal. Gracias a un relato manipulado.

Tomemos el contexto, ese que nos hurtan. ETA mató en Hernani a cinco personas (Lesmes, Pérez, Quintanilla, Pulido y al ertzaina Totorika). A un hernaniarra en Antzuola (Artola) y a otro en Andoain (Pagazaurtundua). Los grupos paramilitares, subvencionados con fondos del Ministerio del Interior, mataron a siete vecinos de Hernani: Sagarna, Arbelaitz, Elizondo, Altimasbere, Murillo, Goikoetxea y Asteasuinzarra. Policía y Guardia Civil mataron a cuatro militantes de ETA naturales de Hernani: Ariztimuño en Gasteiz, Arregi en Hernani (junto a su compañero Lekuona), Oiarbide en Irun, Ormazabal en Bilbo. Otros tres activistas, dos de ellos de ETA, murieron al manipular artefactos o una catenaria: Ruiz, Astiazaran y Ros.

Pero el contexto no sólo se refiere a los enfrentamientos directos. Decenas de familiares han tenido que recorrer medio mundo para visitar a los suyos. Juanita Goñi murió en 1973 cuando iba a visitar a su hijo preso, José Mari Zubillaga. Alberdi murió deportado en Togo. Miner, Marizkurrena, Etxeberria, Makazaga, Larretxea, Goikoetxea y Aldasoro, todos ellos vecinos de Hernani, murieron en prisión atenuada o en el exilio. Kontxi Sanchiz falleció en una carga de la Ertzaintza en Hernani, en 2004. Kontxi protestaba por la muerte de Ángel Berrueta a manos de un policía en Iruñea. La Ertzaintza se negó a llevarla al hospital.

Al menos 135 vecinos de Hernani han sido torturados en las últimas décadas. Con secuelas de por vida. Cien mil ejecutados por el franquismo siguen desaparecidos en el Estado español. En Hernani fueron ejecutados 210 vascos en 1936, más de un centenar prisión, decenas de niños al exilio. En épocas más recientes cerraron un periódico por orden gubernamental, “Egin”. Pero Paracuellos y “Patria” han sido elevados a la cima. Los párrafos anteriores un detalle del desequilibrio. Hernani, también tierra de puerros.