GAURKOA

No condeno

Encended todas las cámaras de televisión, aproximad todos los micrófonos, tomad nota en vuestras libretas de atareados periodistas porque quiero callar una vez más como hice siempre. Rellenad, por favor, esta incómoda ausencia de palabras con otras palabras rutinarias dispuestas al azar en los titulares. Escribid, por ejemplo, ETA. Escribid de nuevo ETA. Repetid hasta la extenuación los mismos mantras tartamudos que hemos repetido siempre para que nadie sospeche de nuestro silencio. No es agradable tratar a los ciudadanos como si fueran imbéciles pero los resultados nos avalan.

Simpático becario de la última fila, anota el silencio que guardé en 2012 cuando Amaia Egaña se arrojó desde el cuarto piso de su vivienda en Barakaldo. No dije que La Caixa había puesto en marcha su desahucio. Tal vez esbocé unas tímidas palabras de pésame pero no moví un solo dedo para que las entidades bancarias dejaran de poner familias en la calle. Hubo otras personas que se arrancaron la vida cuando vieron una comisión judicial en la puerta de sus casas pero no recuerdes sus nombres ni menciones a sus acreedores. No escribas BBVA, Banco Santander, Bankia o Kutxabank.

Estimada reportera del canal Blablablá, escucha el silencio que guardé en 2014 cuando la Guardia Civil empujó a quince personas a la muerte en la playa de El Tarajal. No dije sus nombres porque no tenían nombre. Aprobé, eso sí, una nueva ley que permite nuevos tarajales. Lo llamaron «devoluciones en caliente». Aprobé, eso sí, que se prohibieran las fotografías fronterizas, valientes policías contra bárbaros africanos que asaltan nuestras fronteras y disfrutan de nuestras concertinas. Lo llamaron Ley Mordaza y ahí sigue.

Me callé, no dije nada en 2017 cuando un informe forense del Gobierno vasco certificó 4.113 casos de tortura. Me callé, no dije ni mu cuando 73 policías torturaron hasta la muerte a Joxe Arregi en la Dirección General de Seguridad en Madrid. Todo el mundo sabe que los manuales de ETA recomiendan denunciar falsas torturas e incluso morir falsamente si fuera necesario. Me callé, guardé silencio, cuando el doctor Esteban Muruetagoiena murió después de diez días de palizas en los calabozos de la Guardia Civil. Me callé, cerré la boca, cuando la Guardia Civil torturó hasta la muerte a Mikel Zabalza y arrojó su cuerpo al Bidasoa. Aquí no hay nada que ver. Circulen.

Guardé silencio en 2018 cuando un informe del Foro Social Permanente reveló que el 61’4% de los crímenes de la guerra sucia permanecen impunes. Repito como un corista el estribillo de los crímenes de ETA sin resolver para no afrontar que los GAL y el Batallón Vasco Español son los dos grupos armados con mayor porcentaje de asesinatos sin castigo. Hice mutis por el foro en 1978, cuando la Guardia Civil mató a tiros a Emilia Larrea en Arrasate y todavía hoy sumo su nombre a la nómina de víctimas de ETA. Durante muchos años y contra todas las evidencias, he atribuido a ETA el asesinato de la niña Begoña Urroz en Donostia porque tan importante como saber callar es saber mentir.

Olvidad el silencio que guardé en 2019, cuando Jaled Abdelkarim Saleh murió decapitado y crucificado en una plaza de Arabia Saudí. Escuchad las palabras que no dije cuando el periodista Jamal Khashoggi fue descuartizado en el consulado saudita de Estambul. Dicen que los Saud lapidan a mujeres y degüellan a opositores. Dicen que las empresas españolas de armamento se embolsaron 2.483 millones de petroeuros saudíes entre 2015 y 2018. Y dicen que las armas descansan en el puerto de Bilbao antes de salir a mutilar niños en Yemen. Pero yo no digo nada. Business is business.

Estimado presentador de los informativos, observe mi silencio cada vez que la OTAN dirige sus misiles contra algún país lejano de nombre exótico. Mirad sin decir palabra las armas turcas que arrasan poblados kurdos. Mirad las bombas que caen sobre Trípoli delante de mi boca cerrada. Mirad los 208.419 civiles muertos en la invasión de Iraq. Mirad el fuego israelí que devasta Gaza. Mirad las minas de fabricación europea que adornan el muro marroquí sobre el Sahara mientras los presos políticos se amontonan como ganado moribundo en la cárcel negra de El Aaiún.

Estimados oyentes, escuchad el silencio de las palabras que no pronuncié la semana pasada cuando se confirmó la responsabilidad de Nixon y Kissinger en el golpe de Estado contra Chile. Prestad atención porque se parece mucho al silencio que guardé en 2019 cuando sacaron por la fuerza a Evo Morales de su silla presidencial en Bolivia. Es el silencio que guardé en 2002 cuando la oposición venezolana arrancó a Hugo Chávez del Palacio de Miraflores para reemplazarlo por el presidente de la patronal. Es el silencio que mantuve en 2009 cuando las fuerzas armadas hondureñas extirparon al presidente Manuel Zelaya de su cargo. La democracia solo es hermosa cuando votan lo que yo quiero.

Qué más me dan los gritos de los detenidos en Guantánamo o de los torturados en Abu Ghraib. Qué me importan los niños esclavizados en la manufactura textil de Indonesia, los feminicidios en Ciudad Juárez, el genocidio de sindicalistas en Colombia, el asesinato programado de campesinos del MST en Brasil. Me dan igual las miles de personas ahogadas en el Mediterráneo, me dan lo mismo los muertos en Centros de Internamiento de Extranjeros en España.

Crees que me conoces por mis palabras pero lo que más hablan de mí son mis silencios. Tengo un escaño de diputado. Tengo una butaca millonaria en el consejo de administración de una eléctrica. Tengo una toga. Tengo un uniforme policial revestido de medallas. Tengo un asiento caliente en una tertulia de La Sexta y me permito dar lecciones sobre derechos humanos y hablo de ETA y de ETA y a veces también de ETA. Mírame a los ojos y escucha lo mucho que hablo para que no escuches lo mucho que callo. Lo poco que me importan los derechos humanos. Lo comprado que me tienen. Lo vendido que soy.