2014/01/04

José María Pérez Bustero
Idazlea
Reconocer, arrepentirse, disolverse

Contrapone el autor el minucioso recuento y relato de las víctimas a consecuencia de la violencia ejercida por diferentes organizaciones con la actitud de minimizar las muertes producidas por la violencia del Estado en sus diferentes expresiones. Una actitud que va más allá cuando los partidos que han gobernado y gobiernan el Estado «han asumido sin sonrojo el pasado con toda su injusticia, inmoralidad, sadismo».

En estas fechas bulle en la prensa, radio y televisión el tema de reconocer el sufrimiento causado, a raíz del comunicado de EPPK «Gatazkaren ondorioz eragindako alde anitzeko sufrimendua eta mina zinez aitortzen dugu». Actitud transcendente a la que han añadido desde diversos ángulos otras exigencias. La de arrepentirse y la de disolverse. Reconocer, arrepentirse, disolverse son las tres grandes cuestiones que lanzan a todo agente de sufrimiento. ¿Abrimos por un momento ese tema mirando a todo tipo de agentes de sufrimiento? La tarea previa será hacer el arqueo, según categorías, de quiénes deben empezar con esa triple labor. En el Estado español, ¿qué gerentes de sufrimiento deben ser colocados en primer lugar? ¿Bandoleros, salteadores de caminos, anarquistas, miembros del GRAPO, ETA Político Militar, Comandos Autónomos, ETA Militar?

Miremos mejor. Estamos en el País Vasco. ¿Con quiénes nos topamos como agentes de sufrimiento a lo largo, no digo de años y décadas, sino de siglos? Apenas levantemos la vista, los veremos delante. Son familias de reyes, aristocracias, clases sociales, grupos políticos y conjuntos de personas que se han sucedido en esa actividad de causar dolor. Se heredan unos a otros, continúan la metodología de sus predecesores, y se apropian de sus premisas y doctrinas. A lo largo de los siglos.

Cualquiera de ellos nos espetará «¡A lo largo de los siglos. Ya estáis con el mismo ajetreo de repasar el pasado, que tanto os gusta a los vascos? El proceso histórico es un cajón lleno de trastos hoy día inútiles, perdido en el desván y en las bibliotecas». Nosotros, sin embargo, no lo vemos como simple pasado, ya que sigue palpitando y moldea la situación actual. Así que empezamos el recuento. En 1219 la monarquía de Castilla cercó la ciudad de Vitoria para rendirla por hambre y seguidamente pasó a dominar Gipuzkoa y a tomar bajo su cetro la tierra de Bizkaia. Y no se arrepintió nadie de aquel atropello causado.

Apenas citemos ese hecho esa misma gente a la que señalamos con el dedo pondrá cara de displicencia. «¿Pero dónde vais con esas épocas?». Vale, -habrá que responder- echamos adelante unos siglos. En 1460 los reyes castellanos y su Ejército tomaron por la fuerza la Rioja Alavesa. Y nunca pidieron perdón. De nuevo nos indicarán: «¡Por favor, no os quedéis ahí, que sonáis a simple nostalgia!». Bueno, vamos a fechas posteriores. En 1512 el Ejército de Castilla conquistó Pamplona y Navarra, y de nuevo volvieron a tomarla por las armas en 1521. Y nadie pidió perdón de todo el desfalco, muertes y miseria cometidos. El mismo comentario, lleno de hastío. «Dejad esas fechas, por favor. Veníos a nuestros tiempos». Tira, os hacemos caso. En el año 1833 el Gobierno de Madrid arremetió durante 6 años con su Ejército contra el País Vasco, y lo volvió a hacer durante otros cuatro en 1872, llenando todo de muertes, robos, exiliados y miseria, y destrucción de instituciones. Y no se arrepintieron.

De nuevo moverán la cabeza. «Por favor, no os quedéis en ese siglo». Bueno. Vamos al siglo XX. En la guerra franquista de 1936 fusilaron a miles de personas en los cuatro territorios de Hegoalde, llenaron los pueblos de odio, de espanto, de miseria, y no reconocieron el sufrimiento causado, ni se arrepintieron. Por el contrario, les dieron a comer esa amargura como si fuera una oleada de bienestar moral, y de travesía a una santa madre patria. El País Vasco quedó reducido a una esquina de Francia y a un trozo de la Una Grande Libre. «Eso fue muy duro, pero hoy estamos en el siglo XXI. Venid a nuestros días», nos replicarán. Desde luego, pero es que esos mismos que se habían identificado con el franquismo, que habían mamado sus dogmas patrios e interpretación del proceso, se convirtieron en partido político en la transición y gobernaron el Estado. Y nunca reconocieron, ni mostraron arrepentimiento del daño causado, ni rectificaron su dinámica.

Nunca. Los diferentes gobiernos, incluido el Gobierno socialista, nunca han reconocido el sufrimiento causado, el robo de tierras y de libertad a base de sangre, frustración, exilio... Más aún. Han tomado la misma prepotencia de reyes y militares, y han hecho del temor y del desaliento el eje de su política y de sus estructuras.

Es que son insensibles al dolor?, cabría preguntarse. ¡Ni mucho menos! Simplemente tienen una asombrosa habilidad. O una bipolaridad moral. Por un parte, hacen el recuento de centenares de muertos causados por las diversas ETA, Comandos autónomos y GRAPO, al detalle, con listas que van año por año. En el 1972, un asesinado. En el 73, seis. En el 74 dieciocho. En el 75 dieciséis hasta morir Franco y otro más después. Y de ahí en adelante, en pleno parto y éxtasis de democracia, -a veces sumando muertes no esclarecidas- llegan a contar hasta otros 829 . De ellos, 486 de Guardias Civiles, Policía nacional, fuerzas armadas, Policía municipal, Ertzaintza, Mossos d'Esquadra. Y 343 civiles. Incluso han fomentado las diferentes asociaciones de Víctimas del Terrorismo como las auténticas voces del dolor y de la necesidad de castigos interminables.

Al mismo tiempo, minimizan las muertes atribuidas a grupos paramilitares y a miembros de las estructuras policiales como simples reacciones pasadas, o incluso establecen comparaciones que merman esos muertos comparándolos con el número de «crímenes etarras». Más aún. La cúpula de los partidos que se turnan en Madrid, con el personal que se mantiene atento a sus consignas, y con los miles de votantes más seducidos, han asumido sin sonrojo el pasado con toda su injusticia, inmoralidad, sadismo. Heredan la estructura estatal sin ningún sentimiento de crítica y dan por supuesto que las diferente invasiones, imposiciones culturales, administrativas y militares son simples escalones que han llevado a construir la indivisible España de hoy.

No se quedan en eso. Igualmente asumen y les parece imprescindible la situación represiva actual, a la que llamarán seguridad y orden público. Desde el protagonismo de las estructuras armadas, sin mencionar su pasado ni reciclar en profundidad su naturaleza, hasta el terrible sistema penal vigente con la dispersión de presos, la existencia de celdas de aislamiento, y las muertes y enfermedades que se generan. Con la misma flema niegan o relativizan las 10.000 denuncias de tortura realizadas por parte de personas vascas, junto a las 30.000 detenciones de mujeres y hombres vascas. Y asumen con rostro impasible la represión ejercida en las calles contra toda apetencia de expresión y exigencia, tan propia de esta tierra vasca.

Hecho este doloroso repaso, nos queda en las manos realizar una demanda sencilla. Esencial para nosotros. Llena de ingenuidad y de pasión a la vez. Que esos gerentes del Estado y continuadores de la gestión pasada reconozcan por fin el daño causado antes y actualmente, que se arrepientan de todo ello, y que disuelvan este Estado español emergido de tanto sufrimiento. Como una premisa que abra las puertas a nuevas estructuras estatales y a una nueva cultura, mucho más honrada y clarividente.