2014/02/11

Erreportajea
 
Berlín recalibra su política exterior para modelar el mundo

Durante la 50 Conferencia de Seguridad de Munich, el Estado alemán hizo pública su decisión de recalibrar su política exterior. Va a dejar su moderación a un lado para adoptar un papel más activo en favor de los intereses alemanes.

Ingo NIEBEL Colonia
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El Estado alemán le ha encargado a su máximo representante, el presidente de la República, Joachim Gauck, la tarea de dar carpetazo a las décadas de moderación que han caracterizado la política exterior de Berlín respecto a la de París, Londres y Washington. Aun así, el paso hacia un papel más activo no tendrá lugar de hoy para mañana porque del dicho al hecho hay, en este caso, un trecho bastante grande con una serie de obstáculos en medio.

Gauck eligió la Conferencia de Seguridad celebrada a finales de enero en Munich, para comunicar a la opinión pública internacional una decisión que ya estaba tomada antes de que la canciller, Angela Merkel (CDU), sellara la Gran Coalición con el Partido Socialdemócrata (SPD) de Sigmar Gabriel en noviembre. Dado que el presidente sintoniza sus actos con el Ejecutivo se puede dar por seguro que lo que él dijo es compartido por la jefa de Gobierno y su vicecanciller.

El mandatario constató que «Alemania está globalizada por encima de la media y que por eso se beneficia de forma superior al promedio de un orden mundial abierto». Así se refería indirectamente al libre comercio y al neoliberalismo, dos valores que defendió en un discurso hace dos semanas. Ante este fondo subrayó que «el más importante interés relativo a la política exterior de Alemania es conservar este sistema y adaptarlo al futuro». En este contexto mencionó a la protección de los Derechos Humanos y la del Estado de Derecho «para mantener y moldear el marco dado por la Unión Europea, la OTAN y Naciones Unidas». Gauck no se olvidó a subrayar la adhesión de Alemania a la colaboración con «nuestros amigos europeos y del Atlántico Norte».

Sus palabras enganchan con el acuerdo de Gobierno en el que la CDU y el SPD han prometido «fortalecer la cooperación transatlántica». Por tanto, quedan claras dos cosas: primero, Berlín no va a retomar la idea de Jacques Chirac y Gerhard Schröder de convertir la UE un actor global en un mundo multipolar al nivel de EEUU y, segundo, Alemania no buscará el entendimiento con la Rusia de Vladimir Putin, siempre que éste siga defendiendo sus intereses nacionales tal y como lo ha hecho hasta ahora. Ucrania es solo un lugar donde Berlín, en sintonía con la UE y EEUU, echa el pulso a Moscú porque el bipartito alemán ha acordado que someterá la gestión de sus «relaciones con Rusia a los intereses fundados de nuestros vecinos comunes». Pero Alemania no tiene frontera común con este país de la Europea Oriental, por lo tanto, se convierte en portavoz de Polonia y de las Repúblicas Bálticas, estados miembro de la OTAN y de la UE, que además de fronterizos también mantienen posiciones antirrusas.

Más explícito que Gauck y la Gran Coalición respecto a la nueva política exterior, ha sido la fábrica pensadora del Gobierno alemán, la Fundación Ciencia y Política (SWP), que junto con el think tank estadounidense German Marshall Fund y destacados medios alemanes elaboró el correspondiente estudio. Los autores consideran a Alemania como un «poder moldeador en standby», que tiene que diseñar la política y el orden internacional junto con otros o que dejará de gestionarla.

Rusia, Cuba y Venezuela

En este documento se ha catalogado a Rusia como un «retador prioritario». En este contexto, se menciona expresamente a Cuba y Venezuela otorgándoles el estatus de «pertubadores secundarios» aunque ambas repúblicas no juegan ningún papel relevante en la política exterior alemana. «En este proceso algunos estados retadores podrían convertirse en auténticos socios de Alemania; también es posible que más de uno se decida por la confrontación», añade la SWP. «Entonces Alemania, en colaboración con otros estados afines, tendrá que combinar la integración con el cercado», aconseja la fundación, matizando que «en caso necesario y para proteger el orden internacional Alemania tendrá que estar dispuesta de amenazar con emplear la violencia militar o recurrir a ella».

Antes de que Gauck hablara en Munich, la ministra de Defensa, Ursula von der Leyen (CDU), ya anunció el envío de más tropas a Mali para apoyar al socio francés. A su colega de de Asuntos Exteriores, Frank Walter Steinmeier (SPD), no le gustó que su compañera de gabinete se precipitase de esta forma, además metiéndose en su coto. Dejando esta falta protocolaria de lado, ambos cuentan con dos serios problemas: primero, las Fuerzas Armadas no están en condiciones fácticas de ser utilizadas como instrumento de la política exterior y, segundo, la gran mayoría de los alemanes rechazan nuevas operaciones militares.

La SWP recomienda la creación de un «paisaje pensador» que permita la elaboración rápida de opciones viables. Eso requiere que las universidades alemanas introduzcan de nuevo la geoestrategia y geopolítica como asignaturas y que los medios de comunicación ayuden al Gobierno a popularizar esta forma de pensar y actuar, tal y como se hizo antes de la Segunda Guerra Mundial. El fundado miedo a que Berlín podría volver a las viejas usanzas, Gauck lo quiso disipar diciendo que la Alemania actual es buena, «la mejor que conocemos».