2014/03/02

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
¡¿Y quiénes son ustedes para opinar?!

A mí me irritan los Estados Unidos, Bruselas y organismos como la OTAN por su cinismo, por su hipocresía despreciativa y tantas veces criminal. Que la OTAN, por ejemplo, sea el brazo armado de la democracia, cuando ese brazo está tinto de sangre inocente, equivale a desafiar a cualquier prudencia política. La OTAN es el espejo en que se refleja el Obama actual, el hombre que ha vendido tantas esperanzas en el comercio del poder, el que ha escarbado la memoria de Martin Luther King para apropiarse del sueño de igualdad y libertad que tuvo el apóstol a los pies de Lincoln.

¿Quién es la OTAN para emitir juicios políticos acerca de los problemas internos de una nación como Ukrania? La OTAN es una estructura militar que, desde el silencio, debe obediencia a las instituciones políticas que la sostienen. Va siendo hora de que las llamadas democracias occidentales sitúen a las organizaciones militares en el lugar que les corresponde, que es el lugar del respeto a las esferas civiles que encarnan la voluntad popular. Al menos que dicen surgir de esa raíz. Porque el problema está ahí. La militarización del mundo occidental está llegando a tales extremos que la cotidianeidad de muchos pueblos es un vivir en estado de guerra. Una guerra que se produce unilateralmente, con decisiones y comportamientos que desprecian todas las reglas que las convenciones de Ginebra habían acordado para salvaguardar del conflicto bélico los derechos humanos más elementales. Quienes alzan la voz como pueden, y con riesgos muchas veces solapados, frente al cínico imperialismo de los falsos demócratas no pueden resignarse a que la libertad de pensamiento siga vistiendo uniforme militar.