2014/07/30

Erreportajea
Udate
Una arquitectura para la música, el kiosco

Coincidiendo con la conferencia a celebrar mañana en Lekeitio para conmemorar los 100 años de su kiosco de música se publica este artículo de nuestro habitual colaborador el arquitecto Iñaki Uriarte, estudioso del tema y ponente de la misma.

Iñaki URIARTE Arquitecto
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Con motivo del Centenario del actual kiosco de Lekeitio parece oportuno memorar tan popular, exquisita y significativa arquitectura al servicio de la música tan frecuente en numerosos pueblos de Euskal Herria. Su historia está vinculada a la transformación del más céntrico espacio urbano de la villa, el lugar comprendido entre la Casa Consistorial, la antigua Alhóndiga, la iglesia parroquial, Uribarren kalea, Gamarra kalea y el puerto, lo que hemos dado en denominar genéricamente Plaza del Agua. Este bello paraje tuvo antaño un frontón abierto de plaza cuyo frontis y pared izquierda eran, como otros muchos casos, muros de contención para resolver las diferencias topográficas de las calles concurrentes con la explanada de la plaza.

El juego de pelota creaba problemas y ciertos riesgos a la vez que colapsaba las visuales mutuas de un frente de notable arquitectura vernácula y su entorno, por lo que en 1896 el arquitecto José Mª de Basterra proponía su derribo y unificar todos los ámbitos espaciales existentes vinculados con edificaciones representativas de los estamentos civiles y religiosos, Ayuntamiento, Basílica de Andra Mari, de gran calidad en un concepto de plaza y que podía estar centrado y amenizado por un kiosco para la música.

Pasados los años sin tenerse noticias, probablemente por problemas económicos, es en la sesión del Ayuntamiento del 16 de enero de 1914 cuando el alcalde Manuel de Garavilla solicita al arquitecto municipal Juan Francisco de Arancibia Lebario (1876-¿?) que redacte un plano y presupuesto para cubrir el basamento octogonal de piedra rodeado por una barandilla y una sencilla escalera ya existente como precaria peana y darle la forma habitual de estas construcciones.

Sobre dicho zócalo se instalaron ocho esbeltas columnas de fundición enlazadas por una sencilla herrería de curvilínea filigrana y con la lira como referencia ornamental, elementos suministrados por el taller local de Ricardo Elordi, adjudicatario de la obra, permitiendo una diafanidad apreciable considerando su emplazamiento. Muy elegante de proporciones, destacado por su color blanco con la cubierta revestida por planchas de zinc e interiormente de madera. Además de su habitual uso por la Banda Municipal de Música, es una referencia que singulariza este espacio y un recurso constante en los juegos infantiles de la plaza donde como en tantos casos ejerce un gran atractivo para las criaturas.

La intrínseca belleza del kiosco se complementa con su entorno inmediato y el puerto en una amplia plaza con proporcionado arbolado y singulares bancos, un espacio urbanizado por el arquitecto José Mª Basterra en 1896. Los sucesivos planos de Lekeitio, de Franscisco Coello y Victor Munibe (1857), Casto de Zabala (1895), Juan de Arancibia (1913) y Castor de Uriarte (1925) muestran la metamorfosis de la entonces Plaza de los Fueros y la Alameda, actualmente Independentziaren Enparantza.

Más recientemente, en 1984, en un cuidado proyecto de rehabilitación del arquitecto lekeitiarra Patxi Enziondo, este singular espacio reafirmó su condición de plaza institucional para festejos lúdicos y religiosos. Se sustituyeron los plátanos por tilos, una pavimentación coherente y elegante en un lugar que tiene a modo de teatro tres niveles de gradual percepción de la mar que es un espectáculo cotidiano, irrepetible e infinito: Uribarren kalea en armónica pendiente, Arrikiskirri, (la propia plataforma) y el frente del muelle.

El kiosco es un templete aislado sobre elevado del terreno que proveniente de China y de la influencia de los Tholos, templos circulares griegos, inicialmente se instalaba como exótico mirador y elemento decorativo en los jardines desde la segunda mitad del siglo XVII.

En el período de la Ilustración coincidente con la urbanización de ciudades surgieron plazas en estilo Neoclásico y especialmente parques y alamedas dotados de jardines impregnados de romanticismo. Con la progresiva utilización de estos espacios por la implantación de novedosos hábitos populares se crearon posibilidades y aficiones diferentes, entre ellas, el disfrute de la naturaleza y de los recintos públicos con el gusto por el paseo y el recreo de los sentidos. En estas circunstancias, se situaron en dichos lugares pequeños elementos realizados en madera o metálicos, llamados kioscos, para la venta de caprichos como refrescos, tabaco, flores, periódicos y también de necesidad, como servicios higiénicos.

A su función de equipamiento añadían un compromiso estético con el lugar convirtiéndose en una construcción elegante de decoro urbano. Los principales por su envergadura, trascendencia y permanencia han sido los dedicados a la música. Una edificación impulsada por los ayuntamientos destinada a la popularización de la cultura musical que había estado reducida a los ambientes palaciegos, los conciertos para la burguesía, ceremonias religiosas y desfiles militares, y coincidente con su reconocimiento como materia de enseñanza con la creación de escuelas de música y la formación de bandas municipales de música.

El asentamiento de guarniciones militares en determinadas poblaciones tuvo una trascendencia además de política, social ya que poseían agrupaciones musicales y sus actuaciones creaban un interés popular. También la condición de lugar de veraneo con playas, balnearios y casinos junto con la necesidad de ofrecer un divertimento fue el estímulo para la creación de las bandas municipales de música que celebraban de modo público todo acontecimiento notable con un concierto en la plaza. Se instauró el placer de escuchar música de óperas, marchas, valses, melodías populares o bailables que se interpretaban con unas secciones musicales reducidas a instrumentos de viento y percusión, ya que los demás son muy sensibles a la intemperie.

El kiosco es una pequeña arquitectura que generaba una importante actividad social a su alrededor, siendo cuatro sus emplazamientos habituales: en la plaza principal por su centralidad y representatividad monumental; en un parque o jardín evocando sus orígenes de relación con la naturaleza; en paseos y alamedas; y en la cercanía del agua junto a una playa o un río, todos ellos lugares de gran belleza panorámica. Se situaba en un espacio amplio ya que requería una cierta capacidad de estancia, el uso al que se destinaba, la difusión sonora en todas direcciones y que como hito se colocaba centrado en el mismo.

Inicialmente eran simples estructuras de madera y posteriormente de hierro por su robustez, ligereza y posibilidades de moldeado siendo industrializados por empresas de fundición. En determinadas poblaciones fueron proyectados por los arquitectos municipales con propuestas de nueva invención y también utilizando o modificando como referencia elementos de dichas fábricas.

La adecuada combinación de materiales, proporción, especialmente su diafanidad y el refinamiento de los detalles en una construcción tan simple, era fundamental para lograr una obra bella que no colapsase las visuales y estuviese correctamente integrada. A su vez, el lugar circundante le otorgará como elemento de ornato urbano un notable valor representativo convirtiéndose en un símbolo de distinción cultural del municipio. Una arquitectura de pequeño tamaño que por su escala respecto del entorno ordena y monumentaliza el lugar.

Su tipología es muy similar, manteniendo unas características constructivas comunes: basamento, columnas y cubierta, ofreciendo la sensación de solidez en su base y ligereza en el resto. Abierto con el suelo elevado del terreno para facilitar la difusión de la onda sonora en todas direcciones y la contemplación de los músicos. Tradicionalmente son de planta octogonal, pero también circular y en algún caso cuadrada. Construidos sobre un zócalo en piedra de sillería o de ladrillo con los vértices enmarcados en piedra. Sobre este basamento se apoyan habitualmente ocho esbeltas columnas en hierro fundido con cierto ornamento delimitado por una balaustrada metálica y con los capiteles enlazados por arcadas.

Soportan la liviana estructura de la cubrición normalmente apiramidada o cónica, en ocasiones rematada por una cúpula, casquete esférico o una linterna sobre su centro aportando claridad a su interior, acabada por el exterior tradicionalmente en zinc siendo la parte que más singulariza al kiosco. La cubierta para mayor protección sobresale a modo de alero de donde se suspenden candelabros para iluminación adornándose con rosetones y espigas contribuyendo a la belleza del conjunto que tiene como elemento decorativo recurrente la lira.

A su vez tienen una importante razón de ser acústica en su construcción y materiales empleados ya que al situarse en un lugar abierto su limitación espacial es lejana y apenas contribuye a la reverberación. El basamento debe poseer una superficie con cierta flexibilidad y el interior de la cubierta se reviste con madera creando una caja de resonancia acústica absorbente del sonido que permita un correcto equilibrio de reflexión y difusión de la onda sonora.

En espacios reducidos o de poco uso, existen otras versiones simplificadas reducidas al zócalo delimitado por una barandilla. En ocasiones son el basamento de alguno que no llegó a completarse o bien que se deterioró quedando sólo el pedestal. Asimismo, aprovechando desniveles del terreno se construirán en un extremo a modo de palco sobresaliendo en voladizo y también aparecerán modelos en forma de templetes.

Habitualmente, en casi todos los lugares se ha sustituido el kiosco original por envejecimiento por otro en ocasiones de características muy similares más amplio y moderno pero menos ligero y en algunos casos por segunda vez o han sido trasladados de su emplazamiento inicial. Los realizados a partir de 1940, serán de otra tipología de mayor envergadura con menor esbeltez de los pilares construidos en hormigón armado y en los que la escalera adquiere un mayor rango. Más recientemente, al estar situados en espacios en los que en numerosos casos se construyeron aparcamientos subterráneos supusieron su absurda desaparición sin ningún esfuerzo por conservarlos a pesar de su excepcional valor patrimonial. El caso más reciente hace pocos meses de polémica social, afortunadamente resuelto con su mantenimiento tras una consulta municipal, ha sido en Azpeitia.

El repertorio de kioscos existentes en Euskal Herria, en sus diversos emplazamientos, es de un excepcional valor que parece poco apreciado. Destacan por su antigüedad y belleza, entre los tradicionales, los siguientes: Baiona (1892), Gasteiz (1890), Galdakao (1901), Durango (1902), Irun (1903), Urduña (1903), Kanbo (1903), Eibar/Beasain (1903), Donostia Boulevard (1907), Portugalete, (1912), Azpeitia (1917), Santurtzi (1917), Araia (1918), Tudela (1921), Plentzia (1923) y Maule. De otro período, tipología y materiales; Bilbao Arenal (1925), Iruñea (1943), Deba (1950), Lesaka (1987), Berriatua(1999).

Es encomiable el trabajo de los archivos municipales en su función de recopilar y dar a conocer facilitando la documentación disponible para una mayor divulgación, como ha sido el caso de Lekeitioko Udaleko Artxiboa.

Actualmente debido a su escaso uso y cierto descuido municipal en su mantenimiento que en ocasiones los considera como una simple peana multiusos padecen una preocupante desfiguración. Desafortunadamente, casi ningún municipio los destaca como una construcción de valor arquitectónico y apenas están protegidos culturalmente. Simplemente cuando se insertan en un centro histórico quedan referenciados como un elemento más de interés por el simple hecho de estar incluidos en la delimitación de Conjunto Monumental. Confiemos en que estas consideraciones contribuyan a su mayor apreciación social y de las administraciones dándoles una mayor utilización.

El kiosco es una arquitectura que aún en la soledad de su silencio emite emoción y armoniza un lugar.