Mikel Zubimendi

Un curioso viaje por el espacio

Diciembre de 1968. A 384.470 kilómetros de casa, el ingeniero nuclear William Anders, tripulante del Apollo 8, primera nave espacial que llegó y orbitó la Luna, tomó una fotografía que cambió la imagen que la humanidad tenía de sí misma. Así comenzó un curioso viaje forográfico por el espacio.

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«The Blue Marble»

Querían conquistar los cielos, explorar la luna para futuros alunizajes. Rodearon su lado oscuro y se enfrentaron a una visión que nunca antes, en millones de años, nadie había experimentado: la Tierra elevándose sobre el horizonte de otro mundo. Se apresuraron a captar la imagen con la icónica fotografía «Earthrise», que conmovió corazones y removió conciencias. Inspiró el ecologismo global y cambió la perspectiva. Aquella bola de árbol de navidad flotando sobre el árido paisaje, con un universo indiferente al fondo, de un negro infinito y sofocante, fue una expansión real y figurativa de los horizontes, de nuestra imaginación.

A 384.470 kilómetros de casa, el ingeniero nuclear William Anders, tripulante del Apollo 8, primera nave espacial que llegó y orbitó la Luna, tomó la víspera de Navidad de 1968, una fotografía que cambió la imagen que la humanidad tenía de sí misma. Levantó la vista para ver los remolinos azules y blancos de la Tierra por encima de la gris superficie lunar, para contemplar un oasis solitario en un universo grande y oscuro. «¡Pásame ese rollo de color, rápido, rápido!», le gritó al miembro de la tripulación James Lovell. Le pasaron su cámara Hasselblad y empezó a sacar fotos para capturar el momento en una película de 70 mm.

Capturar esa imagen fue una chiripa, algo casi accidental. Su misión era orbitar la luna, sin descender a la superficie. Probar la viabilidad de alunizar. Y debían hacerlo deprisa, al sprint, para así ganar la carrera espacial a los soviéticos. Para la tripulación, todo lo demás, incluida la fotografía, era secundario. Todo el programa Apollo estaba orientado a la Luna, no incluía la observación de la Tierra. Pero cuando vio por primera vez la Tierra desde el horizonte lunar, la visión obligó al astronauta a desobedecer las órdenes y a abandonar el rígido esquema de fotografía de la misión. Desde allí arriba, desde aquella distancia inconcebible, la Tierra, nuestro hogar, era tan extraña e íntima como un corazón palpitante expuesto.

Regresaron del espacio como ecologistas, cuestionando su catolicismo practicante. Tenían más razones que cualquiera para comprender la fragilidad de lo que estaban viendo, su transformación en apóstoles por la unión de la humanidad fue completamente entendible. Vivieron lo que se conoce como el «efecto perspectiva», una reacción emocional brutalmente profunda que ocurre cuando se ve la Tierra desde el espacio, algo que solo algunas docenas de personas lo han experimentado. Te cambia la perspectiva, sí, pero también la conciencia.

«¡Consigue esa foto!»

Ciertamente capturaron algo poético, con su dramático contraste y su estética pictórica. Llamaron a la foto “Earthrise”, un término de arte, una palabra inventada para describir la imagen captada, la salida de la Tierra ascendiendo desde el horizonte lunar. Seguramente, la astrofotografía más famosa de la historia, fue una de las imágenes más reproducidas del mundo. Fue también un momento decisivo del siglo XX, la primera vez que los humanos veían ahí mismo el aislamiento, la belleza, la fragilidad y el azul de su hogar planetario.

Es irónico. Aquellos astronautas fueron de los primeros en escapar de la Tierra a la conquista de los cielos. “El hogar” era estrictamente secundario para ellos, ya lo conocían. Pero cuando llegaron al lado oscuro de la luna, levantaron la vista y descubrieron aquella hermosa bola azul, todo los sorprendió de inmediato. «¡Consigue esa foto! ¡Consigue esa foto!», le pidieron con insistencia a Anders.

Estaban mirando una porción de la Luna que los ojos humanos nunca antes habían visto. La humanidad llevaba miles de años viéndola y, cuando se supo que era un cuerpo celeste redondo orbitando la Tierra, ¡ostras! ¡Hay una gran parte que no podemos ver! Hasta entonces, nunca nadie pudo saber que el lado oscuro de la luna era así, que su color no era blanco como se creía, que tiene un color oscuro, como de asfalto de carretera, una especie de gris oscuro, compuesto de todos los tonos del gris.

«Earthrise»,  astrofotografías tomadas por decisión y sensibilidad  humana, las más icónicas y de más impacto de la historia.

Belleza que sorprende al corazón

Fue un momento conmovedor. El espacio era negro, de tinta negra, de negro terciopelo, de un negro totalmente indiferente, ni siquiera hostil. El horizonte lunar era tan “feo” que amplificaba la belleza de la Tierra. Asombraba la diferencia entre la belleza y el color de la Tierra frente a la desolada luna y el negro sofocante del espacio.

Con ese desierto marrón grisáceo de la Luna como contraste, la Tierra brilla como si nos alertara de su singularidad. Flota en la negrura infinita, en la eterna noche del espacio. Sus océanos se ven inmensos, las nubes lo cubren casi todo. Su belleza incontestable, que no había necesitado durante miles de millones de años del ojo humano, de espectadores, sorprendió a los corazones.

Cuenta Anders que cuando miró a la Tierra en el camino de regreso tuvo tiempo de ponerse contemplativo, le hizo pensar en lo insignificantes que somos, solo una pequeña pieza de un universo casi infinito. Antes del vuelo, era católico y comulgaba con su antiguo párroco. Pero su fe se debilitó al mirar la pequeña Tierra e imaginar que si era del tamaño de una pelota de golf a una distancia lunar, a una distancia lunar mucho mayor, a apenas un pequeño paseo en el espacio, sería como un grano de arena. ¿Ese era realmente el centro del universo?

El poder de «Earthrise»

A primera vista, la fotografía parece tener brillo como de mármol, pero mirándola más de cerca, la perfección esférica se suaviza. La Tierra pregona su verdadero estado oceánico y atmosférico, cálido y acogedor, dolorosamente vulnerable. El azul es luz dispersada por el mar y el cielo, el blanco, la chapa gaseosa que recubre nuestro planeta y nos permite vivir.

Y en esa reluciente bola de árbol de navidad, en esa débil y frágil bola de vida moteada con remolinos blancos y azulados que flota en el vacío, protegida y sustentada por una atmósfera del grosor de un papel de fumar, yace todo el mundo, todos nosotros. En esa esfera que gira lentamente viven cerca de 8.000 millones de personas, todas viviendo vidas pequeñas y breves, pero significativas, en contraste con un universo infinito y eterno, pero sin sentido.

“Earthrise” nos mostró nuestro planeta desde el espacio por primera vez, nos reveló su belleza y fragilidad. Fotografiar desde allí arriba lo que llamamos “nuestro hogar” nos dio una comprensión y una idea más completa de su posición en el universo. Fue la primera vez que las personas vieron cómo era la Tierra, dónde vivían. Y, al mirar la fotografía, ¡qué hermosa es nuestra casa! Algo que amas, que te importa, con lo que estás conectado.

«Earthset» (Puesta de la Tierra) capturada desde la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter.

Pasajeros de la Tierra, hermanos en el frío eterno

Deberían haber enviado poetas en el Apollo en vez de astronautas. Solo así se habría podido capturar en su totalidad la grandeza de la visión. Según reconocieron, eso mismo pensaron algunos miembros de la tripulación. Y es que ver aquella imagen sin ningún pensamiento preconcebido, en color, desde esa altitud, por primera vez, cuando nunca jamás nadie había visto nada parecido. No se ven ciudades, ni fronteras, ni países, ni gente...

No es común que el texto de un poeta aparezca en la primera plana de un periódico, pero eso fue lo que pasó al día siguiente en “The New York Times”. Su director pidió a Archibald MacLeish que escribiera una reflexión inspirada por la fotografía que acababa de ver. El 25 de diciembre apareció su breve ensayo titulado “A Reflection: Riders on Earth Together, Brothers in Eternal Cold”, en el que se leía: «Ver la Tierra como es realmente, pequeña y azul y hermosa en ese silencio eterno en el que flota, es vernos a nosotros mismos reunidos como pasajeros de la Tierra, hermanos en esa brillante hermosura en el frío eterno, hermanos que ahora saben que son realmente hermanos». En su edición de Año Nuevo la revista “Life” imprimió “Earthrise” a doble página, con un poema de James Dicky: «Y he aquí / El planeta azul sumido en su sueño...».

Lo que vieron MacLeish y Dicky ya lo imaginaron antes los poetas, los filósofos y escritores. Seneca, ese adulador descarado cuando necesitaba serlo, que no practicó lo que predicaba y que escribió que “pobre no es el que tiene poco, sino el que mucho desea” mientras se embolsaba 300 millones de sestercios escribiendo discursos para el monstruoso Nerón –algo que no lo hace indigno de estudio, sino todo lo contrario–, ya nos dio el aviso: “¡Ah, cuán ridículas son las fronteras de los mortales!”. El gran sofista sirio, Luciano de Samosata, el primer literato (conocido) en plantear y representar la posibilidad de un viaje a la luna con su barco convertido en nave voladora por culpa de un tifón, también dijo: “Qué poco tienen nuestros amigos los ricos para enorgullecerse, los que más acres tienen de entre todos ellos, ni siquiera tienen un átomo de Epicuro para cultivar”. Cyrano de Bergerac y su “Histoire Comique d’un voyage à la Lune” (1657), Jonathan Swift  con “Los viajes de Gulliver” (1726), Julio Verne y sus célebres “Alrededor de la Luna” (1870) y “De la Tierra a la Luna” (1872)…¡Lo que hubieran dado todos ellos por poder ver “Earthrise”!

La canica azul

A “Earthrise” le siguió “The Blue Marble”, igual de grandiosa y aún más detallada. Obtenida cuatro años después por el Apollo 17 mientras el Sol quedaba a sus espaldas, la fotografía ofrece la primera vista completa de la Tierra capturada por el ser humano. Fue la primera vez que pudimos observar todo nuestro azul y delicado planeta flotando en la inmensidad del Universo. “La canica azul” es elegante e inquietante, en parte debido a su simplicidad. Su composición coloca a nuestro planeta en el centro del escenario, en medio de un mar negro, y esa absoluta falta de color que rodea el globo llama primero la atención. Un abismo infinito que parece vacío, incluso intransitable.

Estas fotografías de la Tierra, dos grandes trofeos de las excursiones lunares, son como obscenas, igualmente difíciles de mirar y de mirar al otro lado. Ambas dieron otro enfoque, también a la esencia misma de la exploración lunar. A saber, lo que se descubrió al ir a la Luna fue nuestro propio planeta, tuvimos que ir allí para ver aquí. Desde aquí miramos hacia afuera, pero solo los viajeros espaciales pueden enfrentar la Tierra. La carrera espacial, destinada a mostrar a la humanidad que la Tierra era solo su cuna, terminó mostrando que su cuna era su único hogar.

“Earthrise” y “Blue Marble” transmitieron ese mensaje implícito: el destino de la humanidad en el espacio era volver a descubrir el planeta de origen. Nos enseñaron cuál es nuestro sitio en el universo, nuestra esquina en el barrio. Y también cómo pensar nuestro planeta. La astrofotografía ayuda a que las formas con que vemos y retratamos “nuestra casa” dicten en qué se convierte.

Cambio de tecnología y de sentido

Con la ayuda de sofisticados satélites y cámaras digitales automatizadas, la NASA genera hoy miles de imágenes de la Tierra cada año. Y las nuevas fotografías van cambiando nuestro sentido de pertenencia al planeta, que ahora vemos como un lugar que eventualmente tendremos que abandonar si seguimos por el mismo camino. Por contra, “Earthrise” y “Blue Marble” siempre proyectaron esa doble trascendencia: la alegría de la solidaridad humana y la naturaleza periférica de nuestra existencia.

Seguramente, las mejores astrofotografías tomadas ya por control remoto fueron “Earthset” (la puesta de la Tierra), desde la sonda espacial Lunar Reconnaissance Orbiter, y “Tránsito de la Luna por delante de la Tierra”, fotografía tomada desde el Observatorio de Clima de Espacio Profundo mientras seguían a la luna pasando delante de la Tierra. Ambas fueron capturadas por satélites en 2015 y están compuestas por varias tomas separadas con diferentes calidades cromáticas. En sintonía con la moda del siglo XXI, “Earthset”, tomada desde el polo norte de la luna y que muestra a nuestro planeta poniéndose y no elevándose, tiene una luz más LED que la incandescente “Earthrise”.

Estas astrofotografías son producto de una serie de instantáneas automáticas. Ningún humano, nadie que quizá pudiera estar lidiando con preguntas existenciales, movió el marco un poquito a la izquierda o a la derecha, ni pospuso por capricho el momento del clic, de la concepción. No hay impulso detrás de la perspectiva de la cámara. Son documentos accidentales de ubicaciones astronómicas, en un momento determinado y en entornos mucho más grandes.

«Tránsito de la Luna por delante de la Tierra», tomada por el Observatorio de Clima de Espacio Profundo.

¿Seguro que somos de aquí?

El planeta Tierra es hermoso, incluso único. Desde allí arriba, nunca lo habíamos visto hasta mediados del siglo XX, pero hoy, bien entrados en el siglo XXI, tendemos a pensar en el universo como un lugar mucho más grande que entonces, en parte porque sabemos exponencialmente más al respecto. Y a la inversa, la importancia de la Tierra es más provisional, tanto para nuestro alcance como para nuestra compresión.

Ya enviamos robots a Marte. Y en el fondo de nuestras mentes, la probabilidad de que la Tierra no siempre sea hospitalaria para nuestra vasta población y quizá, dentro de no tanto tiempo, haya que trasladarse a otros planetas en un intento de aliviar la situación, o por pura supervivencia, ya no suena a ciencia ficción.

Además, en nuestra vida cotidiana somos un poquito tierraplanistas. Seguimos pensando que el Sol sale por el este y se pone por el oeste. Nuestro trato al planeta también deja mucho que desear. Todavía nos peleamos por los pedazos más jugosos de la ciruela; todavía luchamos y morimos por sus imperios pinchados. Como especie somos igual de miserables que hace medio siglo. Igual más ahora, ya que la tecnología que nos inspira no es la del cohete que nos lleva al espacio profundo, sino el código del ordenador que que nos lanza a ese universo construido de nuestras propias obsesiones y entusiasmos, y que nos llena la vida: al ciberespacio.