Indurain, 25 años sin un ciclista que «cumplió lo mejor que pudo»

«Atención Pedro, se para Miguel». La frase cumple este domingo 25 años. Indurain se apeaba de la bicicleta en la 13ª etapa de la Vuelta. No volvería a vestir un dorsal. Modestia, sencillez, grandeza, apatía e incluso falta de ambición se cruzan a la hora de definir al deportista vasco más laureado.

Además de sus cinco Tours, Indurain se hizo con dos Giros. (Europa Press)
Además de sus cinco Tours, Indurain se hizo con dos Giros. (EUROPA PRESS)

Cinco Tours, dos Giros, oro olímpico y mundial contrarreloj, Klasikoa, París-Niza, Volta a Catalunya o Dauphiné-Libéré. Estas son algunas de las victorias que adornan el palmarés del mejor ciclista vasco de la historia o, sin más adornos, uno de los mejores ciclistas de la historia. Este domingo se cumplen 25 años que dio sus últimas pedaladas profesionales.

Era la 13ª etapa de la edición de 1996, que unía Oviedo con Los Lagos de Covadonga. El de Atarrabia ya había cedido en el Alto del Fitu y, antes de la última ascensión, al paso por el hotel, Indurain se bajó de la bicicleta. En aquel momento no se sabía que aquellas eran sus últimas imágenes en competición.

21 años antes comenzó a competir con el maillot del Club Ciclista Villavés a la espalda. Tras quedar segundo en su primera carrera, Elizondo tuvo el honor de ver al todavía niño «Mocetón de Villava» levantar los brazos por primera vez, en su segunda competición con tan solo 12 años. A partir de ahí, un rosario de premios. Ocho años después debutaba con el maillot de Reynolds en el Tour del Porvenir y estrenó el palmarés en la que a la postre sería su seña de identidad e imagen. La contrarreloj. La foto de Indurain rebasando a quien hubiese salido antes que él en la prueba contra el crono se convirtió en una tradición. Cambiaba de pareja, ya fuese Claudio Chiappucci en el Giro del 92,  Laurent Fignon en el Tour de aquel mismo año o Lance Armstrong en el del 94. La colección de víctimas es extensa.

Antes de llegar ahí ganaría el Porvenir en 1986 y, a partir de ese instante, comenzó el trabajo para adaptar su fisonomía a la lucha por las grandes vueltas y es que José Miguel Echavarri, su primer director profesional, lo comparaba siempre con los rodadores holandeses y flamencos y lo quería para cubrir ese vacío en el equipo. No son pocos los que reconocen que el ciclista navarro podría haber tenido una París-Roubaix en sus piernas, pero la transformación en vueltomano tampoco fue del todo mal.

Conocidas eran sus 28-30 pulsaciones en reposo y se afirma que, en una prueba de esfuerzo, rompió la máquina de la Clínica Universitaria de Iruñea debido a su fuerza. La conversión en una máquina casi perfecta.

Los cinco Tours consecutivos entre 1991 y 1995 (único ciclista en lograrlo tras la retirada de sus triunfos a Lance Armstrong) y los Giros de 1992 y 1993 vistieron al de Atarrabia de leyenda. Aquellos meses de julio todavía se recuerdan en los hogares navarros, con familias enteras sentadas durante horas frente al televisor, horas en las que incluso vaciaba las calles de Iruñea durante los sanfermines, un hito casi tan complicado como sus victorias sobre la bicicleta. Con él comenzó, también, el éxodo masivo a las cunetas pirenaicas de aficionados vascos, año tras año, que se mantiene hasta la actualidad. Iruñea, no, Iruñea ya no se vacía (o vaciaba) en ningún instante sanferminero.

Leyenda

Una leyenda viva que el propio Tour quiso homenajear trayendo la carrera a la capital navarra y pasando por la puerta de su casa en 1996. Un bonito regalo de 262 kilómetros con el Soulor, Aubisque, Marie-Blanque, Soudet y Larraine, antes de llegar a Iruñea. Una etapa capaz de terminar con cualquiera. Y acabó con la historia de Indurain. ‘Miguelón’, que para entonces ya había perdido sus opciones de victoria, no pudo estar con los mejores, llegando a las abarrotadas calles iruindarras a más de ocho minutos. Nadie se movió. Todos esperaron a que llegase el campeón local. Aquel día, los que estaban vacíos eran los sofás.

Al mes, se presentó a la Vuelta de aquel año, tal y como él mismo explicó, obligado por el equipo y no en las mejores condiciones. Así, sin motivación ni la mejor condición física, el 19 de setiembre se bajó de la bicicleta al paso por el hotel Capitán, en unas imágenes que se pudieron ver en directo y que todavía la afición guarda en la retina. De hecho, para los aficionados más jóvenes, a pesar de todos sus éxitos, quizá es la imagen más conocida de Indurain. Curiosidades del deporte de competición.

«No hay mucho que hacer»

Esa misma noche, en declaraciones a TVE y con la sencillez que le ha caracterizado siempre, explicó su decisión. «Llevaba unos días un poco resfriado, puertos duros y el ritmo de carrera... he tenido que abandonar. No podía rendir al máximo y he optado por quedarme en el hotel. Si el rival es más fuerte, en este deporte no hay mucho que hacer». En aquel instante dejó la puerta abierta a luchar por conseguir el sexto Tour, pero apenas tres meses después, ya en Iruñea, anunció el fin de la carrera de un deportista diferente.

De perfil bajo durantes su trayectoria (hablaba poco incluso en carrera, donde los compañeros tuvieron que aprender a interpretarle) y también tras su retirada, nunca fue muy amigo de la exposición mediática que conlleva ganar uno de los eventos deportivos más importantes del año.

Es díficil imaginar el papel que podría jugar Indurain en la actualidad, donde la imagen vale casi lo mismo, si no más, que el propio resultado, en un constante debate sobre los ciclistas ofensivos y quienes logran grandes victorias sin ese especial brillo. El navarro, exceptuando la recordada cabalgada de 1991 camino de Val Louron que le dio su primer Tour, jamás hizo tal cosa. No corría para el público o el espectáculo. Le pagaban y corría para ganar y lo hacía de la forma que, entendía, tenía más posibilidades para ello. Aquellas críticas las convertía en sus principales virtudes: sacrificar victorias parciales por las generales y no gastar energías en exhibiciones.

Una vez que se bajó de la bicicleta, el nombre de Miguel Indurain ha sonado en varias ocasiones ligado al ciclismo profesional. Al poco tiempo de su retirada lo vincularon con un cargo en el organigrama de Banesto (a pesar de no acabar muy bien), con comisiones de la UCI o incluso con el fallido proyecto del piloto de Formula 1 Fernando Alonso tras la desaparición de Euskaltel-Euskadi. Sin embargo, no parece que se haya mostrado demasiado interesado por ello.
Contadas apariciones televisivas en etapas del Tour, la presencia en la carrera de Lizarra que lleva su nombre y, más a menudo, en marchas cicloturistas y pruebas de categorías inferiores dibujan un perfil único. Quiso desaparecer de la primera línea y lo hizo, pero una huella, real y metafórica, de tal calibre es imposible de borrar.

El perfil bajo que mostró durante su carrera profesional se ha sostenido durante los siguientes cinco lustros. Siendo profesional afirmó que pasaría su jubilación en Atarrabia, jugando a cartas con personas mayores. Y no parece muy desencaminado. Cartas y, por supuesto, montar en bicicleta. «Me gusta el aire libre, ver cómo cambia el paisaje a lo largo del año con los cambios de estación», cuenta. Pero no se viste si hace menos de 18 grados. «Solo salgo cuando hace bueno». Un verdadero aficionado a la bicicleta.

Esa modestia y sencillez, confundida en muchos casos con apatía y falta de ambición, le acompañó en cada una de sus apariciones en público. Así se le recuerda, al menos. Y es que así lo deseaba, tal y como le explicó a ‘Cycle Sport’ en 1995 tras ser preguntado por cómo quería ser recordado. «Como una persona normal que tuvo cierta vocación y que cumplió lo mejor que pudo». Lo mejor que pudo… Que así sea.