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¿Cómo ha de ser nuestra relación con el territorio?
El urbanismo especulativo del último ciclo alcista terminó abruptamente en una larga crisis económica. Ese desenlace nos obliga a revisar los principios sobre los que hemos construido nuestra relación con el territorio en las últimas décadas y a proponer nuevos paradigmas.
Sobre la ordenación de cualquier territorio
Eguneratua 2016/05/16 10:43
Antxon Lafont Mendizabal Peatón

Para el común de los mortales, el vocablo territorio tiene un significado recio cuando se refiere a la extensión material e inmaterial de un estado o de cualquier otra comunidad defensora de su propia identidad o más bien de su identificación. En cualquiera de los dos casos, ¿quién al interior o del exterior del territorio estará habilitado para legitimar el concepto de identidad o para defender su reconocimiento? La tergiversación semántica crea la confusión en cualquier razonamiento que recurra a la referencia identitaria. Aquí trato el caso concreto de la gestión de la ordenación de un territorio.
    
El «Homo Socialis» (¿me aceptan este neologismo?) protagonista de la noción de territorio enterró al Homo Sapiens Sapiens cuando la sedentarización de los seres humanos exigió la práctica del consenso en el vivir de cada día junto a vecinos del suelo ocupado. Ese convivir fue generando patrimonio inmaterial que creó identidad vía la nueva cultura surgida. Así se delimitó un territorio, es decir un suelo sobre el que se desarrolló una identidad. Hoy, la simplificación de la noción de territorio conduce a contrasentidos que desfiguran nuestras reivindicaciones.
    
La ordenación de un territorio, convenientemente diseñada y realizada, caracteriza una herramienta política en el sentido más noble del calificativo y de primera importancia cuando la decisión corresponde a la igualdad antes citada: Territorio = Suelo + Identidad.
    
Si esa conformidad no es respetada, por haber concebido la operación soslayando el concepto de identidad, el territorio se ve reducido a la simple noción de suelo. Es así como algunas ordenaciones de un territorio no son más que planes de ocupación de su suelo.
    
Un plan de ordenación de territorio tiene que comprender la noción de identidad que estaría gravemente afectada si se prescindiese de ella o de su traducción inmaterial del momento. Esa es una de las razones por las que la participación ciudadana real, y no solo simbólica, en la planificación de su territorio es sustancial. Una nueva caracterización de la figura del experto en ordenación del territorio debe estar supeditada administrativamente pero libre de toda sujeción o presión política.
    
José Allende, catedrático de la EHU-UPV, reclama «la generación de nuevos escenarios territoriales, más racionales, sostenibles y equitativos, sobre todo en los componentes que estructuran la relación ciudad-campo, urbe-territorio rural, que revaloricen y recuperen la rica y amplia diversidad del territorio y su casuística cultural, frente al avasallador protagonismo urbano uniformizador».
    
No se trata de oponer el territorio urbano al territorio rural. Somos conscientes de la irresistible tendencia a la expansión del suelo urbano debida al crecimiento de la demografía metropolitana, pero el equilibrio de la ordenación urbano-rural debe realizarse con la ponderación que podemos esperar de la participación real de los habitantes concernidos por la operación.
    
La usurpación significada en las diferentes formas de colonización mutilan territorios transformándolos en suelo. En el mejor de los casos, esa catástrofe social genera reacciones movilizadoras a favor de la «rehabilitación de nuestro imaginario violado, reto económico, político y cultural» afirma Aminara Traoré (1949), ex ministra de cultura de Mali y consultora de la ONU.
    
Primigenio o recuperado, un territorio tiene la capacidad de beneficiarse de su identidad para crear un capital social que, conciliando la ética de responsabilidad con la ética de convicción establezca las bases esenciales de un nuevo contrato social orientado hacia el desarrollo sostenible. Ese avance en un contexto sociocultural genuino se convertiría en uno de los activos añadidos esenciales del progreso sostenible. Convendría antes entendernos universalmente sobre una utilización de la expresión desarrollo (progreso) sostenible que vaya más allá del «adulti-pedantismo» tan en boga en el consumo de nociones ni controladas ni realizadas. A título de ilustración es extraño que la sostenibilidad se decline sin tener en cuenta la necesidad de solidaridad presente. Ya en 1961, José Luis Aranguren afirmaba y escribía que «los hombres de hoy se han acostumbrado a la nueva experiencia de la contingencia radical de todo lo humano y a vivir sin fundamento».
    
La inflexión cultural de cualquier operación de ordenación de un territorio debe ser provocada por iniciativa de la sociedad civil y no de la sociedad política, esta última reflejando indefectiblemente el equilibrio político del momento. La sociedad civil atribuiría su legitimidad a los objetivos y a las reglas de realización por derecho natural, es decir, por el «conjunto de normas que toman en consideración la naturaleza del hombre y su finalidad en el mundo» añadiríamos compatibles con el respeto de la naturaleza. Lo demás son exigencias de las aventuradas «razones de Estado» políticas.
    
Ramón Martín Mateo, que tanto echamos en falta, acuñó la noción de ingeniero social, pieza esencial al tratamiento holístico en operaciones cuyos elementos de referencia son establecidos y comunicados por técnicos planificadores. Dicha función contribuiría a reducir el trayecto entre lenguaje social y lenguaje cultural, camino que estaría llamado a desaparecer, según el sociólogo Alain Touraine, para dar paso a un nuevo paradigma ocupado por el sujeto y los derechos culturales. ¿No son éstos los elementos constitutivos de la noción cada vez más velada de identidad, pieza esencial de la conciencia de territorio? Los guardianes del templo del territorio y de sus ordenaciones deberían ser los miembros de la sociedad civil organizada cuya estructura existe. Se trata del ente Consejo Económico y Social pero totalmente transformado, es decir constituido por miembros competentes no designados a dedo. Quizá haya entre otros algunos individuos «has been» pero en este caso los hay también «utilizables» y no docilizados. Pululan aquellos que creen que su elección corresponde a la atribución de una medalla de chocolate, recompensa a su actitud de sumisión y conocidos por su calidad de «no hacer olas». La misión atribuida a un Consejo Económico y Social respetado y totalmente consciente de su deber hacia la sociedad sería imprescindible en este caso. El espíritu, según Nietzsche, no encuentra su verdadera emancipación más que aceptando nuevos deberes.
    
Resumiendo, confiamos en el valor pedagógico de una ley que busque «lo mejor» dejando de lado «lo más» si obstaculiza el alcance de «lo mejor». La mejor ordenación de territorio se realizará con la vista puesta en el desarrollo sostenible sabiendo que ese progreso exige una dosis de utopía adoptada por la sociedad si la considera realizable y si dicha comunidad se interesa por la cosa pública.
    
La sociedad política y civil tendrán interés en promover un nuevo protagonismo social que llene de contenido el lapso que discurre entre dos elecciones de una sociedad política que gestione cualquier Ordenación. En toda operación que pretenda ordenar un territorio convendría recordar evidencias tales como la necesidad de reconocimiento de los seres humanos, individuos y/o miembros de una sociedad, a cuya conveniencia y felicidad actual y futura, en su medio ambiente respetado, deberá someterse toda política pública. Ese deseo supone que la humanidad y la naturaleza, componentes de cualquier territorio, necesitan atenciones que sin ser idénticas sean por lo menos convergentes. La aportación de solidaridad será sostenible si la sociedad la considera como alternativa más indispensable y racional que emocional. En todo caso el informe Bruntland (ONU 1987) ya especificaba «como necesidad vital, indipensable y racional la primicia que debe acordarse a la sostenibilidad ambiental». Albert Camus escribía que «solo puede salvar a la humanidad y al planeta la sincronización de sus mutuas exigencias».
    
La ordenación de un territorio, herramienta primordial de todo desarrollo nos hará políticamente adultos o adolescentes según la manera en que la hayamos fraguado.
    
No tenemos que padecer nuestro futuro, debemos construirlo.

«Primigenio o recuperado, un territorio tiene la capacidad de beneficiarse de su identidad para crear un capital social que, conciliando la ética de responsabilidad con la ética de convicción establezca las bases esenciales de un nuevo contrato social orientado hacia el desarrollo sostenible»