Ramón SOLA
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El 48%-52% es hoy el único asidero argumental del unionismo, pero la independencia en realidad no se ha votado, y el mundo ha visto que toca ir a las urnas, como pasó en Quebec o Escocia con menos demanda

Diez consecuencias que oculta el Sí-No

No hay margen para ecuanimidad en las valoraciones del 27S. Unos ven victoria y otros derrota independentista; unos escaños, otros votos. Un maniqueísmo que tapa otras consecuencias de calado.

29/09/2015

Hay una gran paradoja en las lecturas del complejo resultado del 27S. Quienes negaban que fuera un plebiscito, los unionistas, ahora prefieren interpretarlo como tal y así extraer la media verdad de que el independentismo no es mayoritario. Y quienes sí lo tomaban como consulta directa, Junts pel Sí, hoy optan por destacar la mayoría en escaños y no en votos. Por debajo de estas inevitables conclusiones de trazo grueso, de éxito o fracaso, una lectura más detallada revela bastantes noticias importantes, y casi todas buenas para la causa del Estado catalán.

Se ha evitado la «vendetta». El independentismo catalán jugaba a grande... con el riesgo de quedarse sin nada. Si no hubiera ganado en escaños, el contragolpe estatal hubiera sido brutal, con un PP rencoroso que quiere vender firmeza en las estatales y un Ciudadanos emergente que tiene como seña de identidad la eliminación de lo que llama «privilegios» catalanes y vascos. ¿Cabía descartar represalias como la suspensión de la autonomía catalana? Quizás no. Basta recordar que en Nafarroa una de las conclusiones del cambio hechas por el derrotado régimen es que el voto abertzale ha subido sobre todo allá donde hay ikastolas; o sea, les ha pasado por ser demasiado «blandos».

La independencia aún no se ha ha votado. El unionismo se consuela con que el independentismo se queda en el 48%, pero no debe engañarse. No se ha votado sobre eso sino sobre algo que le daba ventaja: la estabilidad del statu quo o una aventura incierta y tensa, sin garantía alguna de llegar a buen puerto. Un escenario como el escocés, en el que el Sí se materializara con certidumbre y calma, hubiera beneficiado al independentismo.

El independentismo se compacta. En 2010 CiU no era independentista cuando ganó las elecciones con 62 escaños. Pasó a asumir este programa en 2012 y ya allí perdió muchos «michelines» (bajó a 50 escaños). Pero es ahora cuando se ha sacudido todos, con la ruptura de la coalición y la desaparición de Unió. Son los que son, y avanzan.

Mantener la ruta o perder el timón. En dos listas, pero las tres formaciones (CDC, ERC y CUP) se han contado como bloque, sin complejos. Y sobre todo, mirando a futuro tienen como pegamento la hoja de ruta independentista. De hecho, la tienen como único pegamento, porque el resto de cuestiones habituales de gobierno les distanciarían. Y ello da fuerza especial a la apuesta, porque en su éxito o fracaso se juegan también la Generalitat. Por tradición, quizás para la CUP esto no sea tan relevante, pero sí lo es para CDC.

El independentismo es hegemónico socialmente. Aunque no haya llegado al 50% de los votos, el independentismo crece al contrario que el unionismo, amplía horizontes geográficos (JPS ha ganado en 907 de los 942 municipios) y ha mostrado muchas más razones positivas, ganas de debatir, capacidad de ilusionar. Un ejemplo claro de hegemonía social que habitualmente llega después a las urnas.

PP y PSOE, hacia la nada. Como ocurre en Euskal Herria, su actitud de bloqueo de las soluciones políticas convierte a las dos grandes fuerzas estatales en cada vez más nimias. El PP tiene 11 escaños de 135 en el Parlament, 10 de 75 en Gasteiz y 2 de 50 en Iruñea; el PSOE, 16 de 135 en Catalunya, 16 de 75 en Gasteiz y 7 de 50 en Nafarroa. Se atisba que han dejado de luchar y se conforman con estar.

El Estado apuntala el continuismo, duro o «light». La operación Ciudadanos, con un alto porcentaje de génesis artificial para poner contrapeso a Podemos en su momento álgido, funciona. A tres meses de las urnas, los partidarios de seguir como hasta ahora ya tienen tres de las cuatro patas de la mesa, un escenario más controlado que el de hace un año. Si sigue al alza, Ciudadanos será la bisagra que determine si la puerta sigue cerrada a cal y canto (con el PP) o se entreabre y hasta dónde (con el PSOE). La hipótesis de una reforma profunda se desinfla al mismo ritmo que Podemos pierde votos y se descafeina a sí mismo. Quien seguirá seguro es el independentismo, sea cual sea el cuadro enfrente.

El mito de la fractura social. Como ya pasó en Escocia, el espantajo de la fractura social se ha demostrado falso, un ingrediente más de la «campaña del miedo». Salvo el incidente banal y pacífico de la batalla de banderas en la balconada del Ayuntamiento de Barcelona o la protesta ultra ante Artur Mas al ir a votar, la campaña y la votación han transcurrido sin mayores tensiones ni enfrentamientos.

Europa descubre el independentismo catalán. Un día como el domingo era propicio para recordar cómo durante décadas, por ejemplo en 1975, a quien Europa tenía como símbolo independentista era a Euskal Herria. Catalunya no se había mostrado rotundamente como tal ni siquiera en ocasiones pintiparadas como las Olimpiadas de 1992. Acaba de aparecer en su radar, así que para la comunidad internacional la noticia es que hay un proceso en marcha y mayoría parlamentaria, no que falten votos para el 50%.

Y la necesidad de un referéndum se apuntala. Con estos resultados, ¿quién va a cuestionar ya en Europa y resto del mundo que Catalunya tiene derecho a decidir su futuro? El 48% sumado por JPS y CUP es superior al 44% del SNP que dio paso al referéndum –legal– en Escocia en 2014, y también al 41% y 44% del Parti Quebecois que permitió sendas votaciones –igualmente legales– en 1976 y 1994.

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