Chronique
 
Compañeros de viaje

El pianista Iñigo Ruiz de Gordejuela fue el protagonista de la sección ‘Konexioa’ del Festival de Jazz de Gasteiz, iniciativa surgida con el objetivo de dar la oportunidad de que diversos músicos vascos colaboren con artistas extranjeros.

Mark BARNÉS|Gasteiz|20/07/2019
Gordejuela
Song Yi Yeon acompañando al de Mendaro. (Jaizki FONTANEDA / FOKU)

El pianista y compositor guipuzcoano Iñigo Ruiz de Gordejuela (Mendaro, 1994) y su habitual colaborador, el guitarrista navarro Adrián Fernández, estuvieron acompañados por la cantante surcoreana Song Yi Yeon, el contrabajista holandés Jort Terwijn y la sensacional baterista dominicana Helen de la Rosa, que brilló especialmente.   

La actuación dio comienzo en el Principal Antzokia a las seis de la tarde con la interpretación del tema ‘M’, para continuar con ‘Jou’, término que en bable significa «hoyo» y que es muy habitual en los senderos de los Picos de Europa. A continuación interpretaron ‘Logale’, un arreglo del pianista sobre una canción de cuna tradicional de la zona de Enkarterri y recogida en el Cancionero Popular Vasco de Resurrección Mª de Azkue como ‘Haurrak logale dalako’.

Posteriormente, Ruiz de Gordejuela interpretó un tema a piano solo que se trataba de una improvisación a partir de una serie de melodías que se le han ocurrido recientemente y a la que aún no ha puesto título. A continuación, ‘Urjauzia’, tema homónimo al de una grabación suya junto al guitarrista Adrián Fernández y publicada en 2017 por el sello discográfico Sonora.

Y, para finalizar, una versión del clásico de Mikel Laboa con texto de Joxan Artze ‘Gure bazterrak’ –en la que el pianista se atrevió a cantar, pues la cantante surcoreana realiza un tratamiento instrumental de la voz– y el tema original de Gordejuela ‘Olatz’, dedicado a su hermana. Como bis del concierto, interpretaron un arreglo realizado por el pianista sobre un estudio de György Ligeti (1923-2006), compositor húngaro conocido por el gran público gracias a las películas de Stanley Kubrick.    

El trabajo realizado resultó digno de aplauso por lo complicado de una propuesta que se caracteriza por los continuos compases de amalgama y por el empleo de una armonía muy compleja, además de por la altísima exigencia técnica que se requiere al respecto. No obstante, y como suele ocurrir tan frecuentemente en el caso de músicos tan jóvenes y a la vez tan sumamente vinculados a la academia, el proyecto resultó frío y se echó de menos más emoción. Mucho cerebro y poco corazón, vamos. Habrá que esperar a que estos músicos tengan más experiencias vitales y maduren un poco, porque en lo que respecta al nivel técnico van más que sobrados.

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