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El arte del disimulo

Dicen que la política es el arte de lo posible, que de lo que se trata es de cumplir con los compromisos que no sean imposibles o que no haya fuerza contraria que los haga inalcanzables. No lo creo.

Con la perspectiva que dan los años, tengo para mí que muchos entienden la política como el arte del disimulo, esa forma de hablar y decir que, como el velo, esconde lo que de antemano está decidido y no se quiere mostrar en toda su desnudez ante el público.

En campaña electoral esta intuición toma cuerpo porque es sabido que la partida se juega entre cuatro y que ya hay algunos que tienen decidida su apuesta postelectoral, aunque de vez en cuando saquen al Egibar de turno a agitar la ikurriña.

El PNV va a tratar de reeditar con un PSOE anclado en Madrid todos y cada uno de sus acuerdos actuales y, si le dan los números, amplairlos también a Nafarroa. Son como el Gordo y el Flaco del cine en blanco y negro. Se dicen diferentes pero se necesitan para que el gag funcione.

Y para que la función parezca entretenida nos bañan de palabras, promesas, proyectos estupendos. Y callan que lo tienen atado y bien atado. Gipuzkoa les preocupa mucho; Bizkaia la sienten amarrada; Araba se les escapa por momentos y en Nafarroa algunos quisieran cambiar el cambio por el cambiazo.

Que no se nos olvide lo vivido y no se nos olvide recurrir a la hemeroteca. Son días de disimulo.

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