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El delito y la obligación

Al término del juicio a los mandatarios catalanes, kafkiano donde los haya, sólo puede extraerse una conclusión: obedecieron al mandato popular.

Roma locuta, causa finita, dijeron los romanos y en este caso la máxima debiera ser la única base sobre la que fundamentar una sentencia justa. Porque los enjuiciados a nadie agredieron ni lanzaron a la gente sobre los piolines agresores. Fue el pueblo quien habló en libertad y decidió lo que quiso decidir. Y si eso es delito es porque no hay libertad.

Es cierto que desobedecieron la instrucción del Tribunal Constitucional español, porque doce hombres sin piedad decidieron que habían de desobedecer a su pueblo. Y eso será ilegal pero también legítimo.

La legalidad nunca puede estar por encima del mandato popular. Menos aún cuando esa legalidad resulta ajena al pueblo. Y en Catalunya las ciudadanas y ciudadanos decidieron que querían una república propia. ¿Dónde está el delito? ¿Quien delinquió? ¿Dos millones de personas?

España tiene un problema con tanto delincuente, sin duda, y los mandatarios catalanes el merecimiento de haber cumplido su obligación para con sus ciudadanos.

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