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Rafael Vera, el padre de Caín y la justificación de los GAL y las torturas

Telecinco ha emitido esta semana una miniserie basada en una novela escrita por Rafael Vera, alto cargo de Interior que fue condenado a diez años de cárcel junto a su superior, el ministro José Barrionuevo, por el secuestro de Segundo Marey y por la malversación de fondos públicos en la creación desde el Estado de los GAL. Pero la cadena televisiva lo presenta simplemente como «autor del libro El Padre de Caín».
España es un país en el que un condenado por terrorismo de Estado no cumple ni una tercera parte de su condena –que ya era menor de lo que pueden pedir por la pelea de Altsasu–, escribe una novela para justificarse y una cadena de televisión hace con ella una miniserie que lava su imagen y, de paso, justifica a los GAL y las torturas y las muertes provocadas por los guardias civiles de Intxaurrondo de los 80.
Los mismos guardias civiles que también fueron condenados por un caso similar, aunque en este caso no se equivocaron de secuestrado y lo llevaron hasta el mayor extremo de brutalidad y ensañamiento con el secuestro, las torturas salvajes y la muerte de Lasa y Zabala.
¿Alguien se imagina que un exdirigente de ETA condenado por ser el responsable del secuestro y la muerte de Miguel Ángel Blanco salga libre a los tres años, escriba una novela y ETB haga una película con ella en la que intente lavar la imagen de las personas que lo protagonizaron desde una visión humana, pero sin hablar de los hechos que provocaron su condena? Imposible.
Pues ha pasado todo esto con Telecinco y con Vera, que dijo que los GAL fueron útiles tras salir de la cárcel. Si el ex-presidente de un Gobierno español no tiene ningún problema en que se titule en un periódico en el que manda más que el director que tuvo la posibilidad de volar a la cúpula de ETA y que no sabe si hizo lo correcto al negarse… ¿Qué puede sorprender de todo lo demás?
Como el subcomisario de Policía también condenado por el GAL, José Amedo, que aparece en el post-serie para decir con total naturalidad que «el GAL fue una organización parapolicial auspiciada por el Gobierno. Fue una decisión política crear los GAL, no para acabar con ETA. El sentido era crear incertidumbre, angustia y sembrar temor en la población francesa para que el Gobierno francés colaborara con el español. Así fue como Chirac le dijo en 1986 a Felipe González "parar el GAL y colaboramos con vosotros"».
Casualidad, todos los que dan su testimonio son personas del mismo lado, «el de los buenos», pero el que no aparece estos dos días es Rodríguez Galindo, aunque en la serie hay un mando que se puede identificar con él, aunque con un buen lavado de imagen.
Tanto la serie como todos los que participan después para defender a la Guardia Civil se esfuerzan además en defender que las torturas son aisladas solo hasta esos primeros años de los 80. Que se lo pregunten, por ejemplo, a Portu y Sarasola, con cuatro guardias civiles condenados por torturarlos en 2010...
En ese objetivo de limpiar la imagen de los condenados por los GAL y por torturas, el producto televisivo no puede ser peor. Lo decía un periodista del DV. «Lo más realista de El Padre de Caín son las calles de Donostia. No digo más». Y es que la serie la rodaron en Asturias…
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero llama la atención que se haga una serie que intenta justificar a los guardias civiles que en los años 80 lideraron la lucha contra ETA y cual será el concepto que tenían de ellos que el protagonista principal es infiel con una dueña de una pensión cuando su mujer está embarazada y utiliza la violencia para cobrar una habitación antes de lograr acostarse con ella. Y su compañero es un borracho con una denuncia de maltrato a su mujer y justifica y defiende, como todos los demás, las torturas en Intxaurrondo. Aunque luego el actual responsable del cuartel y un periodista defienden la tesis de que se las inventaban los detenidos siguiendo órdenes de ETA.
A partir de ahí la miniserie roza el ridículo a la hora de dar una imagen que no puede ser más distorsionada de la realidad. Desde el detalle de la pintada con el lema Amnistía total, el operativo en la calle Urbieta que resulta ser una casa apartada de la civilización en la que el protagonista va abriendo habitaciones solo con una pistola y una linterna. Una operación que intenta atribuir a otros la distribución de heroína por la que también fueron relacionados los guardias civiles de Intxaurrondo en el informe Navajas en 1989.
Y el muerto trampa con una bomba que amputa las piernas a un guardia civil y el atentado en el que un militante de ETA en solitario mata solo a uno de los dos supuestos traficantes y el segundo va a una herriko, ¿a donde va ir si no?, a pedir ayuda y tras ser amenazado con una barra de hierro por el responsable con patillas de Curro Jiménez sale a la calle. Y todavía le espera allí el autor del atentado para matarlo también con los dos guardias civiles protagonistas tomando unas cervezas dentro de la herriko. Solo falta una llamada a lo Gila en la que el encapuchado llame al Curro Jiménez abertzale para decirle que se lo ha pensado mejor y que le diga al supuesto traficante que salga, que lo va a matar... No es serio tratar con esa frivolidad un drama que ha dejado tanto dolor en la sociedad.
O el secuestrador que además de tener en su casa a un secuestrado tirado con marcas de lesiones en dos metros cuadrados –luego aparece el zulo de Ortega Lara para ver cual es la realidad–, sea el que además vaya a cobrar el rescate y que en la liberación llegue la Guardia Civil con las sirenas puestas a plena luz del día. Y la clave para la operación es el hijo de la familia de los secuestradores, que pasa en unos minutos de jugar en el alevín al cadete de la Real, categoría que ni existe en los años 80.
Pero llama la atención especialmente el desfase entre el día y la noche en la serie. Las dos operaciones contra supuestos comandos de ETA son a la luz del día, aunque en la segunda llegan de noche al cuartel. Llega antes que los detenidos la protagonista, que llama «terrorista» al hijo que tiene con su guardia civil. Por cierto, un comando de liberados en la casa de la madre de uno de ellos…Todo muy verosímili, como que el hijo malo, el etarra Caín, mate al bueno, al guardia civil Abel. Que nivelazo.
De la misma manera el protagonista recibe la llamada con la muerte de su hijo guardia civil de madrugada cuando muere a plena luz del día. Son pocas las víctimas de ETA que han recibido una llamada a esas horas y somos muchos más los que nos hemos despertado de madrugada con una llamada tras esos operativos que siempre se hacían de noche por razones obvias y que nos hemos levantado con los llantos de desesperación de nuestras madres porque ha muerto la persona que más queríamos.
En mi caso por la muerte de una persona a la que se podía detener a la luz del día, que no tenía armas ni podía ni quería hacer mal a nadie y que simplemente murió para evitar ir a Intxaurrondo y que cuando murió tenía en la mesilla junto a su cama un libro con los relatos de torturas. Un libro que, por cierto, dejaron en la misma mesilla los guardias civiles. Lo que se llevaron fue un sobre con dinero. Y es que eran capaces de robar a un muerto.
Y esa persona decidió militar en ETA, aunque no podía matar a nadie y estaba en contra del atentado de Hipercor, por mucho que los que pusieran aquel coche-bomba llamaran en dos ocasiones para evitar que hubiera víctimas civiles, detalle que estos dos días también han ocultado y han incluido un testimonio de una víctima para intentar sostener justo lo contrario.
Y esa persona era maravillosa, ayudaba a todos y todos lo que le conocían le querían… Y que esa persona y otras muchas dieran su vida y también fueran víctimas era lo que alimentaba ETA. Porque de las pocas verdades que se recogen en la serie es una que dice el guardia civil protagonista y que también falta a la realidad porque nadie imagina uno destinado a Intxaurrondo aquellos años que dijera eso. Si no, no estaría ahí. Pues sí, como decía el protagonista en la serie, practicar la tortura a los detenidos alimentaba de militantes a ETA.
Porque durante dos días nos han querido trasmitir el maniqueísmo más alejado de la realidad. Los únicos que han podido trasmitir su versión nos presentan unas víctimas buenas que ante la cantidad de guardias civiles muertos en los que llaman los años de plomo casi se ven obligados a recurrir a la ilegalidad para combatir el único «terrorismo» que parece existir, que es el de ETA.
Los abertzales son en esta miniserie una especie de individuos feos, desagradables, mal vestidos, que trasmitían odio… La única mujer vasca que aparece es más atractiva que la del protagonista para justificar también su infidelidad y dar cuerpo a la novela. Pero eso sí, dejan claro que es del PSOE, porque viene de una Casa del Pueblo… Claro, sin un padre y con su trabajo en la pensión no pudo educar bien a su hijo...
Pues la realidad es que muchos militantes de ETA son personas normales que salen de la sociedad y que han reaccionado en muchos casos ante ese terrorismo que durante dos días se ha intentado justificar y dulcificar en Telecinco.
Se pueden hacer las cosas mal, rematadamente mal y como lo han hecho con el Padre de Caín. Pero lo peor es faltar a la realidad de una manera escandalosa y desaprovechar la oportunidad de trasmitir las dos caras de un drama que ha dejado muchas víctimas en los dos, llamémoslos, bandos.
Porque la realidad es que tanto ETA como el Estado no respetaron los derechos ni las leyes en una espiral violenta de acción-reacción que dejaba dolor en los dos bandos. ETA nace contra una dictadura y 794 de los 829 muertos que se le adjudican se producen hasta el año 2000, que es cuando Rodríguez Galindo es condenado por el caso Lasa y Zabala y pone fin a su leyenda como responsable de Intxaurrondo el autodenominado «Azote de ETA».
Desde el año 2000 hay 35 victimas mortales. Y si de esos 829, 209 han sido guardias civiles y 100 en Gipuzkoa es, quizás, por esa inercia de acción-reacción en la que, no es que no había buenos y malos, es que ni unos ni otros respetaban las leyes y los derechos humanos.
Decía en uno de los dos postseries el periodista Fernando Jauregi que fue un idiota que se alegró por la muerte de Carrero Blanco. Entenderá entonces que también durante décadas en la sociedad vasca la muerte de un guardia civil producía alegría. Es triste y lamentable que se haya matado y que la gente se haya alegrado por ello, los de los dos bandos, pero eso es por desgracia lo que ha pasado.
Y si se quiere explicar lo que ha pasado hay que contar la realidad y no distorsionarla. Estaría bien que después de esta serie y con la audiencia tan alta que ha dado den continuidad al mismo tema y difundan la película del caso Lasa y Zabala que sí refleja mejor la realidad de los guardias civiles de Intxaurrondo de aquellos años. Sin ser ninguna maravilla, hasta parecerá una obra maestra al lado de la basura que se ha podido ver estos días.
O que se llevara a la pantalla el relato «Intxaurrondo, la sombra del nogal», escrita por Ion Arretxe, detenido junto a Mikel Zabalza, que fue puesto en libertad sin cargos como todos los demás detenidos aquella noche y que por tanto no fue condenado como Rafael Vera y que relata las torturas que no pudo contar el de Orbaitzeta.
Porque la realidad es muy dolorosa para los dos bandos. La diferencia está en que uno de ellos quiere imponer su «única verdad» faltando a la realidad y los que han militado en el otro no pueden dar su versión y son los que ahora siguen en las cárceles dispersos a mil kilómetros de sus familiares tras pasar muchos más años presos por delitos mucho menos graves que los que durante dos días han intentado limpiar en esa cadena que con esa serie también justifica que la llamen Telebasura.

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