0 commentaires

Crónica de un festival anunciado, día 1

Arranca hoy la decimoquinta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla y yo aprovecho para recuperar el noble género de la crónica urgente y la crítica cinematográfica a salto de mata, que en el fondo, no es más que una modalidad inofensiva y despreocupada de la crónica de guerra. Veo las colas de periodistas y profesionales, todos con sus credenciales al cuello como scouts del séptimo arte, y me parecen cascos azules en busca de la sala dos para cubrir la batalla de las cinco y media.

Durante una semana, cruzarán por las pantallas del festival más de doscientas veinte películas, diecinueve de ellas a concurso en la sección oficial. La gala de apertura llega con la firma del director francés Olivier Assayas y su trabajo Non-Fiction, una comedia que ha lucido en el Festival de Venecia y en cuyo cartel brilla el nombre de Juliette Binoche. El año pasado se presentaron las últimas obras de cineastas reconocidos como Michael Haneke, Ruben Östlund y Yorgos Lanthimos. Este año nos esperan Lars Von Trier, Florian Henckel von Donnersmark o László Nemes. Aguantando el listón.

Al margen de los autores astrales del cine europeo, llega también un cine de combate dispuesto a noquear conciencias y sensibilidades. Xavier Artigas y Xapo Ortega, que hace cinco años levantaron el polvo de las alfombras institucionales con Ciutat Morta, presentan ahora Idrissa, una investigación sobre la muerte de un joven guineano en un centro de internamiento de Barcelona. También dará que hablar Alberto San Juan con El rey, una obra de teatro reconvertida en largometraje que examina la figura de Juan Carlos de Borbón y que cuenta con la presencia de Luis Bermejo y Willy Toledo. Y con la Concha de Oro debajo del brazo, el catalán Isaki Lacuesta nos trae Entre dos aguas, la conmovedora secuela de La leyenda del tiempo.

Non-Fiction, de Oliver Assayas

En esta comedia de fondo filosófico, la clase acomodada de la industria cultural francesa se mueve entre amoríos pasajeros, series de televisión, polémicas de Twitter, promociones literarias y Amazon Premium. Por el camino, la pugna entre el tradicional mercado editorial del libro impreso y el nuevo mercado de la literatura electrónica se confunde con los cruces de parejas y las tertulias de salón.

El editor Alain Danielson, interpretado por Guillaume Canet, intenta salvar los muebles de una empresa centenaria ante el acecho cada vez más amenazador de las nuevas tecnologías. Los libros electrónicos, las redes sociales y los blogs han cambiado nuestros hábitos de lectura y de consumo sin que las viejas firmas editoriales sean capaces de encontrar respuestas satisfactorias. En esta encrucijada, el novelista Léonard Spiegel (Vincent Macaigne) lidia con el rechazo de su manuscrito y aporta a la historia un contrapunto de humor y de ternura. Spiegel, ajeno a las polémicas virales que ha suscitado su último libro, es la demostración viva de que la realidad y la ficción nunca tuvieron los lindes demasiado definidos. Completan el cuadro Selena (Juliette Binoche), una actriz de televisión encasillada en su papel de policía, y Valérie (Nora Hamzawi), asesora de un cargo político en decadencia. Es meritoria la interpretación de Christa Théret en el personaje de Laure, que encarna los valores más polémicos de una nueva generación digital llamada a sacudir todas las certezas del viejo entramado cultural.

De la metaficción a la referencia de Theodor Adorno, de Google Books a los audiolibros, Olivier Assayas construye un guión con muchas capas y plantea una puesta en escena sobria y eficaz donde se imponen las discusiones apasionadas y las mentiras tácitas de las dobles vidas. Non-fiction es una obra construida sobre diálogos agudos y mordaces, siempre en los bordes de lo humorístico, y siempre poniendo en juego el debate sobre un mundo digital que florece y un mundo analógico que declina, sobre la realidad que duele y sobre la mentira que reconforta. La película, casi sin quererlo, se acoge a la moraleja gatopardista de que cambie todo para que todo siga igual. Y es que incluso en una sociedad desconcertada y gobernada por algoritmos, seguimos contándonos una y otra vez las mismas historias.

Donbass, de Sergei Loznitsa

El director de origen bielorruso Sergei Loznitsa, inquieto e hiperactivo, presenta tres trabajos en este festival. Junto a los documentales Victory Day y The Trial, llega Donbass, el largometraje que le deparó el premio a la mejor dirección en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes. La historia cabalga entre la voluntad documental, el drama, la ternura y un humor estrepitoso que a ratos despunta como un respiro entre el horror de las bombas y los disparos. En una vuelta de tuerca al género bélico, una cámara a veces reposada y a menudo temblorosa recorre las miserias íntimas de una guerra que hace mucho tiempo que dejó de interesar a nadie.

El propio Loznitsa explica que durante el conflicto de Novorrusia se había sorprendido del valor testimonial que aportaban los vídeos amateur de ciudadanos anónimos, muchas veces más elocuentes y siempre más desenfadados que los reportajes profesionales de prensa. Sobre la base de esta premisa, Donbass recrea la intrahistoria de una ciudad que pretende ser Donetsk y que ata fragmentos de la vida cotidiana de un país en permanente estado de excepción. La presencia casi fantasmal del enemigo se materializa entre sirenas de emergencia, almacenes de víveres, santos, banderas y controles fronterizos. Y mientras tanto, un equipo de rodaje siempre presente compite con las cámaras de los smartphones. Loznitsa sugiere que cuando el objetivo nos apunta, cuando nos ofrecemos a la mirada de otros, nuestra actitud se deforma y se teatraliza. Después de todo, eso es una guerra: la escenificación de un duelo, un teatro amargo hecho de vidas reales.

At War, de Stéphane Brizé

En la sección oficial pero fuera de concurso, At War de Stéphane Brizé cuenta la historia de los más de mil trabajadores de Perrin de Agen, que rechazan el cierre de su fábrica y se enzarzan en una viva pelea contra la patronal. El cine de protesta industrial regresa con fuerza al festival después de que el año pasado el directo portugués Pedro Pinho se llevara el Giraldillo de Oro con A fabrica de nada, la aventura de un grupo de trabajadores que deciden mantenerse en sus puestos pese al abandono de los propietarios. At War resulta más convencional pero acumula todos los ingredientes de una lucha obrera narrados a golpe de telediario y mesas de negociación: la épica proletaria, el esquirolaje, el cuerpo a cuerpo con la policía, la caja de resistencia, el debate sobre la violencia y la división de la estrategia sindical.

En At War, el espectador se inmiscuye en las asambleas de trabajadores y asiste sin adornos a sus celebraciones y sus disputas. La cámara del director de fotografía Éric Dumont se adentra en las escenas de choque policial, se desenfoca y salta sin cortes de un personaje a otro hasta sumergirnos en el corazón del conflicto. Entretanto, la música se colapsa con los forcejeos y tenemos la sensación de formar parte de las protestas entre los gritos, los aplausos y las consignas de la multitud organizada. La interpretación de Vincent Lindon en su papel de líder obrero Laurent Amédéo es más que convincente. También convence el debut de Mélanie Rover como sindicalista de CGT. A ratos, sin embargo, la película corre el riesgo de mostrarse un tanto plana, sin dar oportunidad a las subtramas de los personajes, y la vida militante termina eclipsando los matices más humanos de las vidas privadas. El mensaje político, eso sí, es contundente y empuja a un final sin concesiones. En un instante fugaz del filme puede leerse en una pancarta un viejo lema de la izquierda francesa: “Nuestras vidas valen más que sus beneficios”. Esa es la frase que mejor resume y explica todo.

/