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Los últimos resistentes

También yo creo que los efectos positivos de internet son superiores a los negativos, pero entre estos últimos, algunos resultan demoledores y lo peor es que parece no haber opciones. El mundo se divide ya entre conectados y no conectados, hemos asumido que la conectividad a internet es algo así como un derecho humano y, más pronto que tarde, exigiremos su entrada en la Declaración Universal.


Me llega desde Colombia  –vía watsapp, claro– esta imagen del interior de un restaurante en Cartagena de Indias. La frase es toda una declaración de intenciones que nos coloca frente a la perversa paradoja de la red de redes: mientras creemos que nos acerca lo lejano, en realidad nos aleja lo cercano. Para colmo, la consideramos gratuita, olvidando que en ese mundo sin hilos solo hay servicio gratuito cuando el producto es uno mismo.

Watssapp o telegram, twitter o facebook, wifi o no wifi, estás o no estás. Ser o no ser, en definitiva. Los clásicos de la literatura lo son porque trascienden a su época y lo que cuentan vale para todos los tiempos. No es descabellado imaginar que si Shakespeare reescribiera hoy su gran soliloquio, Hamlet aparecería ante nosotros con un smartphone en lugar de una calavera. De la misma manera, a Julio Cortázar le bastaría cambiar la palabra reloj por móvil para actualizar su relato del reloj como regalo de cumpleaños. Un objeto que en nuestra ingenuidad creemos que nos ha sido regalado, cuando en realidad, el regalo somos nosotros y el que celebra el cumpleaños es el reloj. (Si quieren hacer la prueba, prueben a releerlo con ese pequeño cambio en http://www.me.gov.ar/efeme/cortazar/reloj.html ).

Es posible que los dueños del restaurante de la imagen sean unos de los últimos resistentes. No lo sé. En cualquier caso, es un alivio que alguien nos recuerde formas más románticas de vivir.

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