02/09/2018

Reportage
en los campos prisión del norte de siria
LAS EUROPEAS DEl ESTADO ISLÁMICO

¿Las mujeres europeas que viajaron a Siria para unirse al Estado Islámico son cómplices o víctimas del grupo yihadista? La mayoría de ellas se encuentran ahora en campos prisión situados en el norte de Siria, en la zona controlada por las Fuerzas de la Siria Democrática de mayoría kurda. De momento, sus países no aceptan su retorno y nadie les sabe decir qué pasará con ellas y sus hijos.

Cristina Solias
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Elina. 28 años, alemana

Elina cumple con el estereotipo germánico que todos imaginamos. Rubia, con los ojos de un azul más claro que el cielo y con la tez pálida y rosada. Ni sus padres ni sus dos hermanos podían imaginar que acabaría uniéndose al Estado Islámico (ISIS). Se crió en una familia cristiana en la Unión Soviética, pero gracias a su origen alemán, sus padres reclamaron la nacionalidad y se trasladaron a vivir a Hamburgo. Elina tenía tan solo 4 años.

Dos décadas después, la joven había dejado los estudios y trabajaba en una tienda de un centro comercial, practicaba kick boxing y lucía tatuajes… «Era una chica muy fuerte, porque siempre tuvo que lidiar con dos hermanos mayores», dice Víctor, su padre. Pero todo cambió cuando Serhan, su novio alemán de origen turco, se radicalizó. Fue después de casarse, y lo demuestran claramente las fotografías que la pareja se tomó en 2012. En las primeras, el chico aparece con el pelo corto y camiseta de tirantes, ella con una melena rizada y ropa ajustada, pero pocos meses después, Serhan ya se había dejado crecer una larga barba al estilo salafista y ella iba con velo y vestida de negro hasta los pies.

«No nos dijo que se iría, si no hubiéramos podido hacer alguna cosa para retenerla», lamenta su padre desde Hamburgo. Serhan se marchó primero con la excusa de un viaje exprés a Estambul para operarse de la vista. Nunca volvió. Elina emprendió el viaje tres meses más tarde, con una versión que mantuvo durante el siguiente lustro: se había trasladado a Turquía para cuidar a niños huérfanos. «Estuvo largas temporadas sin dar señales de vida y, cuando lo hacía, teníamos la sensación de que estaba vigilada y que lo que decía era para agradar a no sé quien», lamenta su padre, desesperado por conseguir traerla de vuelta a Alemania.

Elina también quiere volver. Desde hace meses está encerrada en un campo prisión del norte de Siria junto a sus dos hijos y otras mujeres del Estado Islámico. Es de las pocas reclusas que no se cubre la cara con el niqab, tan solo esconde el pelo bajo el pañuelo. «Hay un grupo de mujeres en el campo que me acusa de apóstata, dicen que no soy musulmana, pero el Islam no solo es llevar el niqab, es mucho más. Yo creo en el Islam», relata.

«Mi marido me propuso marcharnos a Siria hace seis años, como estaba haciendo mucha otra gente de todo el mundo, para luchar contra Assad». Él llegó tres meses antes. «Queríamos ir a Alepo para ayudar a los niños que se habían quedado sin padres». Pero allí los separaron, a ella la dejaron en una casa donde vivían las mujeres custodiadas por unos guardias y, cuando volvió a aparecer, su marido lo hizo para marcharse a Raqqa, la capital del califato. «Yo no sabía nada del Estado Islámico», justifica ella y añade que al llegar un comando de ISIS la fue a ver, y un emir llamado Dauud le preguntó por su nombre y su origen. Por segunda vez, durante cuatro meses estuvo sola en una casa de mujeres y después se reencontró con su marido, quien le explicó que le habían pedido que se uniera al grupo yihadista más radical.

Elina explica que a las pocas semanas de llegar a Raqqa se dieron cuenta de que no sería nada fácil vivir en el califato. «Mi marido me sugirió que volviera a Alemania. Al final, solo vivimos dos meses juntos». Serhan murió en abril de 2013. Cuenta que lo enviaron a luchar a uno de los frentes de Deir El Zor, pero que nunca llegó porque se confundieron de ruta y acabaron por equivocación ante un puesto de control de Jabat al Nusra (la rama de Al Qaeda en Siria), donde los hicieron bajar del coche y no tuvieron reparo en matarle. Es cierto que en ese momento los dos grupos islamistas radicales estaban enfrentados en aquella zona.

Añade que en el mismo momento en que se quedó viuda se dio cuenta de que estaba embarazada. Señala a su hijo mayor, de 5 años, blanco y rubio como ella.

Al principio su vida en Raqqa no fue especialmente complicada. «No necesitaba trabajar porque me llevé ahorros, y podía salir a la calle a comprar. Nunca vi las imágenes de los videos donde se aplicaban castigos, decapitaciones o ejecuciones públicas». Pero cuando enviudó la mandaron directamente a una casa de mujeres en la ciudad de Al Shadadi, a unos 250 kilómetros al este de Raqqa. Estaba custodiada, pero la autorizaron a hablar con su familia. Pese a que en las videoconferencias les decía que continuaba en Turquía y que todo estaba bien, se obsesionó en encontrar una forma de escapar.

Después de meses de contactos clandestinos, encontró la forma de hacerlo y junto a dos mujeres chechenas intentó salir de noche. Pero no hubo suerte, y cuando los yihadistas las encontraron y las llevaron frente al emir, las obligaron a casarse de nuevo. Elina se entregó a un combatiente afgano, con la falsa esperanza que si lo hacía podría escapar de Siria vía Afganistán. «Con mi primer marido éramos amigos, pero con este mi vida se convirtió en un infierno. Me pegaba, me explotaba… siempre le estaba cocinando para que no me tocara». Fruto de esa relación tuvo a su segundo hijo que apenas ha cumplido ahora un año.

Su marido afgano, además, sigue vivo: «Lo arrestaron las fuerzas de la Siria Democrática y lo encerraron en prisión. Hamdullillah (gracias a Dios)».

Elina le rogó a los kurdos que la mantengan alejada de él, porque la violó repetidamente. Y eso le provocó un rechazo absoluto al ISIS: «Ellos decían que estaba bien dormir con mujeres a la fuerza. Yo no lo entiendo. Solo quiero volver a casa y que mis hijos no se pasen su vida entre rejas».

«Tiene pasaporte alemán, la tienen que dejar volver aunque sea para encerrarla en una prisión», dice su padre, quien lamenta que pese a que se ha puesto en contacto con los servicios secretos en Berlín no ha recibido respuesta alguna.

 

Sonia. 21 años, italiana

Sonia duda durante mucho rato sobre si es una buena o una mala idea contar su historia. Se escabulle por el campo prisión en cuanto sabe que un equipo de reporteros busca a las dos italianas registradas. Desde el primer momento, solo accede a hablar con mujeres, no quiere ni acercarse a los hombres. Tiene miedo, duda, lo consulta con otras reclusas vecinas y, finalmente, accede a hablar, aunque no quiere mostrar su rostro ni el de sus dos hijos.

La joven se crió en Treviso, en la provincia de Venecia. «Me fui de casa a los 17 años, porque conocí un tunecino a través de Facebook (su familia también es de origen tunecino) y quedamos para conocernos en Turquía. Allí nos casamos en 2014 y tuvimos una niña en Gaziantep».

Esta ciudad se convirtió en el campamento base de centenares de simpatizantes del ISIS en el sur de Turquía, mientras esperaban el momento de entrar en Siria. «Allí conocimos a muchísima gente que quería entrar en Siria para hacer la yihad». Cuenta que los dos primeros meses en Siria, a finales de 2015, los separaron. Él recibió «los estudios», mientras ella esperaba en una casa junto con otras mujeres llegadas de diferentes partes del mundo. «Francesas, americanas, alemanas, británicas, marroquíes, belgas…».

Después, les asignaron un apartamento en Raqqa. «Trabajábamos, rezábamos y en el tiempo libre íbamos al parque o a restaurantes por la noche». Asegura que todo era perfecto hasta que su esposo, que administraba una escuela, se negó a ir al frente cuando se lo ordenaron. «Si no peleabas, te mataban». Sonia explica que a partir de entonces su marido se quedaba siempre en casa porque tenía miedo de que lo asesinaran, y buscaron la forma de huir. «Era imposible, cada movimiento estaba controlado».

Cuando les descubrieron buscando contactos para cruzar la frontera castigaron a su marido: «Primero, estuvo unos días en prisión y después lo expusieron en el mercado delante de todo el mundo como escarmiento». Fue entonces cuando se dieron cuenta de la verdadera cara del Estado Islámico. «Pensábamos que era el Islam verdadero, como en los vídeos que te hacen ver que son buenos con las personas, con los niños, con los huérfanos, pero no era verdad. Cuando estuvimos allí vimos que era todo lo contrario. La única cosa que era verdad era que las mujeres llevaran el niqab, que fueran a la mezquita, pero todo lo demás no, controlaban a los hombres incluso a las mujeres. Si no ibas a combatir para ellos no les servías».

Su marido murió meses más tarde, pero no a manos del Estado Islámico o en el frente. Murió por un dron de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, una noche que lo localizaron porque se dejó el wifi encendido. Igual que Elina, Sonia cuenta que en aquel momento aún no lo sabía, pero estaba embarazada de su segundo hijo. «Fue un regalo que evitó que me casaran de nuevo con otro hombre».

Por entonces, Sonia ya no vivía en Raqqa, donde había muchos bombardeos. Su marido consiguió mandarla con su hija a Al Mayadin, donde conoció a otras mujeres que querían emprender el viaje. «Tardamos un año en encontrar la manera, pagamos al menos 4.000 dólares por cabeza y finalmente estamos aquí porque me delataron los contrabandistas».

A sus 21 años, es viuda y vive en el mismo campo prisión que Elina. Un espacio fuertemente custodiado y separado por verjas del campo de refugiados administrado con apoyo de la ONU donde viven al menos 5.000 desplazados. La mayoría tuvieron que huir de sus casas en Siria y en Irak a consecuencia de las persecuciones, de la violencia y de la destrucción del Estado Islámico.

Sonia no ha vuelto a mantener contacto con su familia. «Mis padres son musulmanes, pero no practicantes. Nacieron en Italia, aunque mis abuelos eran de Túnez. Yo he conocido el Islam con amigos por Internet». Se fue de casa siendo menor de edad y, cuando sus progenitores supieron que estaba en Siria, ya no podían ir a buscarle porque era imposible salir. «Cuando los kurdos me pusieron en este campo me dejaron contactar con mi familia. Le mandé un mensaje a mi padre pero no me ha contestado. No sé nada de ellos».

Le da una botella de refresco a la niña, de 4 años, que sedienta, no hace más que beber. «Hace demasiado calor aquí, es insoportable». La pequeña, que tiene unos grandes ojos verdes, solo observa, pero no suelta palabra. «Le hablo en árabe, pero no sabe decir nada. Tampoco le he enseñado italiano, y el pequeño solo tiene tres meses», explica mientras lo mece para que no llore.

Sonia no tiene claro qué va a pasar con ella y sus dos hijos. Su deseo es volver a Italia. «¿Por qué no puedo regresar? Solo tengo pasaporte italiano». Justifica que el Estado Islámico no ha cometido ningún atentado allí y que ella ya no cree en el mensaje que propugna el grupo yihadista. «A los jóvenes europeos que están pensando en marcharse a hacer la yihad les diría que se lo saquen de la cabeza. Les juro que no es verdad. Si quieren ponerse un niqab, que lo hagan en su ciudad».

Admite que nadie la obligó a unirse al Estado Islámico, por lo que niega sentirse traicionada. Pero no le gusta su forma de actuar, su filosofía: «Si haces algo que no les gusta, te matan. Les gusta matar, eso es el ISIS. Vas al mercado, encuentras un hombre cortando una cabeza».

 

Nawel. 22 años, francesa

Nawel nació en la ciudad francesa de Leers, cerca de la frontera con Bélgica. «Vinimos a Siria con mi marido, que también tiene 22 años, hace dos años porque queríamos vivir nuestra religión». Sus padres nacieron en el Estado francés, después de que sus abuelos emigraran de Argelia. «Mi familia es religiosa, musulmana. Mi madre lleva hijab desde que yo era pequeña». Pese a haber sido educada en el sistema escolar francés, nunca se sintió adaptada. «En nuestro país era demasiado difícil ser musulmán, es difícil llevar hijab, la gente está demasiado asustada con el Islam».

Afirma que el Estado Islámico creó un Estado en Siria que les hacía sentirse parte de un grupo. «En la televisión veíamos muchas cosas, pero no creíamos que fueran ciertas. Para nosotros vivir nuestra religión era demasiado importante». Y emprendieron el viaje hacia el que creían el paraíso para los musulmanes en la tierra.

«Cruzamos la frontera turco-siria en una caminata de cinco horas y, al llegar, nos ubicaron en una casa con mucha gente. Al cabo de unos días nos dieron dinero y nos llevaron en coche hasta Idlib. La vida allí era muy difícil, era complicado conseguir agua, había muchos bombardeos. Cuando nos trasladamos a Raqqa la situación mejoró», cuenta.

«Raqqa siempre fue nuestro destino final, pero nos escondieron en muchas casas durante muchas horas hasta que llegamos», afirma. La entrada a la capital del califato se le quedó grabada en la retina: «Vi como caían bombas y todo estaba destruido». La trasladaron a una casa de mujeres donde debía inscribirse. Nombre, papeles, nacionalidad. «No volví a ver a mi marido hasta al cabo de un tiempo. Hablaba con poca gente porque no dominaba el árabe y siempre sospeché que a los sirios no les gustábamos los que veníamos de otro país, sobre todo de Europa. Pero nunca tuve problemas».

Como aseguran las demás mujeres, el marido de Nawel también tuvo que cursar los estudios de Islam y hasta que no se aprendió bien la lección no le dejaron volver con su mujer. «Pudimos estar juntos durante un año y tres meses en el apartamento que nos dieron». Y como los otros maridos, el suyo también se ocupaba de las viudas y los huérfanos, y nunca quiso luchar.

Según su versión, todo cambió cuando se quedó embarazada. «Tenía miedo, estaba lejos de mi familia, de mi país. Entendí que éramos unos jóvenes que habíamos perseguido nuestro sueño, que lo habíamos conseguido, pero que lo que creíamos que era bueno para nosotros en realidad no lo era. Es lo que me decía mi familia desde el principio. Pero, pese a no estar de acuerdo, siempre nos llamaron para darnos apoyo».

Nawel explica que en ese momento hicieron una piña con su marido y trataron de escapar. «Él siempre quiso protegerme, nos unimos mucho y empezamos a movernos de ciudad en ciudad. Después de Raqqa fuimos a Hama, después a Al Mayadin y a Hayin. No era lo que queríamos, no queríamos un Islam así. El Islam es grande, en ellos vi a gente muy extraña, por lo que pensaban, en cómo se comportaban».

Hace medio año un grupo de diez familias desde Hayin organizó una ruta de escapada. «Nos arrestaron en el camino. Yo iba con un bebé en brazos de tan solo mes y medio. A mi marido lo llevaron a prisión y a mí aquí, primero en una tienda compartida y ahora en una sola para cuidar a mi hijo».

Igual que Alemania e Italia, el Estado francés, de momento, no tiene intención de dejarla volver a su país. «Mi madre ha hablado con mi Gobierno y le han dicho que por ahora no aceptan que los franceses podamos volver. Hay una oficina para las mujeres, donde podemos hablar con nuestras familias por teléfono. Quizá más adelante, pero no sé cuando».