06/01/2019

«Red Joan»
MIKEL INSAUSTI
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Esta película cobró una significación especial al ser seleccionada por Zinemaldia con motivo de la entrega a Judi Dench del Premio Donostia, ya que, por ley de vida, la octogenaria actriz se está viendo obligada a disminuir su ritmo de trabajo y a partir de ahora cada una de las producciones en las que interviene supone una suerte de testamento artístico.

La visita al festival donostiarra trajo consigo, además, la oportunidad de conocer más de cerca a una dama del teatro y del cine, de las que se declaran dispuestas a morir sobre el escenario. La prueba es que, a sus 84 años, sigue en activo, a pesar de la enfermedad ocular que le impide leer los guiones. Judi demostró ser una mujer humilde, con sus manías y rutinas diarias, muy británica ella. Lo único que lamenta es no poder conducir su BMW, a tenor de lo cual confesó que la vejez no tiene nada bueno para ella. De sus declaraciones lo que más ampollas levantó fue su defensa incondicional de la sincera amistad y gratitud que procesa hacia Kevin Spacey, al margen de lo reprobable de su conducta sexual.

Este dato concreto sobre su manera de ser resulta muy importante para entender su método interpretativo, más allá del repertorio clásico de Shakespeare en el que se formó. Sea cual sea su ideología, el protagonismo en “Red Joan” le obligaba a meterse en la piel de una comunista convencida, una espía que pasó secretos a la KGB por simpatizar con el bloque soviético y nunca por dinero. De ahí que, para el próximo estreno de la versión doblada, se haya elegido el título de “La espía roja”.

En “Red Joan”, no se utiliza por cuestiones legales el nombre real de Melita Stedman Norwood, ni tampoco su nombre en clave, que era el de “agente Hola”. En la ficción se hace llamar Joan Stanley, y el alias pasa a ser el que luce el título original. Pero no lleva a confusión, debido a que el caso está muy reciente y saltó a la prensa internacional con el comienzo del nuevo milenio. La culpa la tuvo el libro escrito por el ex agente de los servicios secretos soviéticos Vasili Mitrokhin, en el que desenmascaraba el pasado de la aparentemente inofensiva ancianita que vivía retirada en la costa británica, en la localidad de Eastburne.

De todas formas ya poco o nada podían hacer contra ella, pues Melita había cumplido los 87. En vista del gran revuelo mediático que se organizó a las puertas de su hogar, se limitó a zanjar el asunto de interés público con un escueto y esclarecedor «volvería a hacerlo». Esta mujer era hija de marxistas y había militado en el Partido Comunista desde bien joven, reafirmándose como activista en su época universitaria en Cambridge, donde cursó estudios de Física.

En 1935, a la edad de 23 años, fue captada por la KGB. Su puesto de secretaria de dirección en la asociación británica de investigación de metales no ferrosos le permitía disponer de información privilegiada, ya que aquella empresa era en realidad una tapadera para el desarrollo gubernamental de armas nucleares. El estallido de la guerra no hizo sino calmar su conciencia con respecto al concepto de traición, más aún con el bombardeo de Hiroshima por parte del ejército aliado estadounidense. Después se ha dicho que Stalin sabía más de las pruebas nucleares británicas que el propio Gobierno de Londres.

La película repasa el siglo de Melita Nowrwood en tres tiempos que se corresponden con el año 2000 de su detención, su juventud estudiantil y el periodo bélico. Una estructura temporal que obliga al reparto del protagonismo femenino entre la joven actriz Sophie Cookson y la veterana Judi Dench.

Ambas son dirigidas por Trevor Nunn quien, como la octogenaria actriz ganadora de un Oscar, es un hombre de teatro. En el cine antes había dirigido a Glenda Jackson en “Hedda” (1975) y a Helena Bonham Carter en “Lady Jane” (1986) y “Noche de reyes” (1996). Su experiencia no admite dudas.