10/02/2019

Elecciones objetivas
IGOR FERNÁNDEZ
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Cuando nos enfrentamos a una situación que nos desafía de algún modo, ponemos todos nuestros recursos a favor de una respuesta efectiva, que nos deje colocados en un lugar favorable; en otras palabras, queremos elegir bien. Aprehendemos los datos, los evaluamos y emitimos una respuesta, pero ¿cómo hacerlo preservando cierta objetividad? Digo cierta porque la objetividad es más bien una abstracción que una realidad concreta, ya que siempre miramos por nuestros ojos y escuchamos desde nuestros oídos, y la información que penetra en nosotros y sale es elaborada dentro de nuestro marco de vida, lo cual es insalvable. Aún así, tratemos de enumerar algunas medidas propiciatorias.

Primero: Nuestro estado físico es esencial a la hora de tomar decisiones. Estar muy cansados, haber dormido poco e incluso haber comido mal o hace demasiado influye en cómo el cerebro va a percibir los datos del entorno y cómo va a interpretarlos. No nos olvidemos de que, a pesar de que esas decisiones sean sofisticadas o urgentes, más aún lo son los mecanismos de mantenimiento del cuerpo, que se imponen. Como ejemplo, nuestro nivel de adrenalina y cortisol sube cuando nos falta glucosa, por lo que nuestra alerta e irritabilidad serán mayores, lo cual no ayuda a la objetividad. De aquí que se diga que contar hasta diez –o cien– es útil en estas ocasiones.

Segundo: Para seguir, debemos tener una conciencia de nosotros mismos; es decir, conocernos suficientemente como para saber de nuestros automatismos y tendencias. Nuestras vulnerabilidades –entendidas como los aspectos en los que normalmente necesitamos ayuda, nos generan dudas o nos hacen reaccionar de forma impulsiva– nos darán una pista de cómo vamos a reaccionar esta vez, ya que normalmente no son pensadas, sino que nos conforman, aunque en un lugar digamos que “poco a la vista”. Nuestras heridas en otros escenarios van a marcar cómo reaccionamos, en función de cómo manejamos la vulnerabilidad en anteriores ocasiones.

Tercero: Lo anterior nos pone sobre la pista del uso que hacemos de nuestro mapa mental para entender el mundo y cómo, en función del mismo, vamos a dotar a la información objetiva de la subjetividad inherente y, por tanto, de la deformación que conlleva. Así, si sabemos que en situaciones como esta siempre tratamos de…, o evitamos que…, o deseamos fervientemente que… Entonces sabremos de antemano cómo tendemos a terminar nuestras historias cuando afrontamos una situación similar. Por ejemplo, ¿cómo suelo terminar internamente las frases de otros cuando me dicen no me gusta que tú…? ¿Las interpreto habitualmente como una amenaza (porque creo que la gente en general es muy inestable)? ¿Las interpreto como un rechazo (porque creo que si a alguien no le gusta algo mío me van a abandonar)? ¿Las interpreto como una tontería (porque creo que la gente dice este tipo de cosas solo para ganar atención pero no hay nada de fondo)? Conocer nuestras “rutas habituales” en situaciones parecidas nos orientará esta vez.

Cuarto: Si conseguida cierta distancia emocional (es decir, no dispararme en una u otra dirección y sentir que sigo metido en mi cuerpo y presente), puedo entonces proyectarme hacia adelante en el tiempo e imaginar. Imaginar cómo sería tomar esta o la otra decisión, imaginar no solo las hipotéticas consecuencias en actos, sino también lo que sentiríamos si la eligiéramos. Y de nuevo, en este último punto regresamos al de partida, a nuestro cuerpo, porque así como nos condicionaba al inicio, también nos indicará “intuitivamente” si esa decisión nos conviene o no, nos desafía demasiado o es lo que deseamos aunque no nos atrevamos. Ser objetivos, lejos de ser un ejercicio de desapropiación, de alejamiento o frialdad, es un acto de aproximación y conocimiento íntimo e incluso emocional, antes de elegir.