01/02/2015

Pepo Salazar
 
«Las generaciones posteriores a la mía han dejado atrás la cuestión local, aunque sigue prevaleciendo cierta ‘identidad artística’» .
Arturo f. Rodríguez Bornaetxea

«Hay una frase recurrente tremendamente perniciosa y es esa de ‘poner tal ciudad en el mapa’»

Pedro Salazar Lacruz (Gasteiz, 1972) es un artista de difícil clasificación, sin adscripciones y con una fulgurante trayectoria en el mundo del arte. Desde sus inicios en colectivos culturales alternativos de Gasteiz, ha ido dando forma a un recorrido personal e inalienable en el complejo panorama del arte internacional. La versatilidad de su trabajo incluye la música experimental, el collage, la escultura, el vídeo o la instalación, pero también la coordinación de programaciones y la puesta en marcha de actividades artístico-culturales en espacios independientes. En el año 2004 recibió el premio Gure Artea, el galardón más prestigioso de las artes visuales en el ámbito vasco, y desde entonces, se ha prodigado en exposiciones por Europa y América.

Su obra se ha podido ver recientemente en Artium de Gasteiz, en la exposición “Violencia invisible”, y en “Suturak: cerca de lo próximo”, en el donostiarra Museo San Telmo. Próximamente estará en la muestra “Punk. Sus rastros en la creación contemporánea” del Centro 2 de Mayo de Móstoles, en la galería holandesa Upstream Gallery y en la parisina Joseph Tang, entre otras muchas citas. Vive y trabaja en París desde hace tiempo, pero su trayectoria profesional le ha convertido en un artista viajero.

El pasado noviembre era seleccionado el proyecto del comisario Martí Manem para el pabellón del Estado español en la Bienal de Venecia de 2015, que se celebrará entre el 9 de mayo y el 22 de noviembre, capitaneada por Okwui Enwezor y titulada “All the World’s Futures”. Manem apoya su propuesta en la obra de tres artistas: el trabajo del colectivo conformado por Helena Cabello (París, 1963) y Ana Carceller (Madrid, 1964), del barcelonés Francesc Ruiz (1971) y del propio Pepo Salazar.

Recientemente ha recibido la invitación para participar en el pabellón del Estado español en la Bienal de Venecia. ¿Cómo lo ha vivido? ¿Qué supone para usted participar en una cita como esta?

La verdad es que lo he vivido con sorpresa. No lo esperaba, ya que nuestro proyecto no partía como favorito ni mucho menos, ni contaba con grupos, digamos «de influencia» que lo apoyasen. Así que, cuando se nos comunicó que estábamos entre los seleccionados, en agosto pasado, ni siquiera pensé en qué haría si saliera finalmente. ¿Lo que supone para mí? Bueno, hay muchísimos factores que gestionar, manejar y madurar... Por no extenderme, diré que todo el espectro del sector artístico pasará por Venecia. Es el contexto de mayor visibilidad en el mundo del arte, y eso me genera todo tipo de interrogantes.

¿Cómo es el mecanismo de selección?¿Cuáles son los fundamentos del proyecto comisarial en el que participa?

Al estar en París, me he librado bastante de las cábalas y chismorreos que, como siempre, han surgido alrededor del todo ello. Confieso que he estado voluntariamente al margen de todo el revuelo; no quiero que esos asuntos, que tienen más que ver con el ejercicio de poder que con el arte, condicionen mi trabajo. Sin embargo, sé que se formó un jurado profesional, que eligió a tres comisarios con sendos proyectos y que, de esos tres, se iba a elegir un proyecto final. Bien podía ser de un artista individual o de una exhibición de grupo.

El proyecto comisarial en el que estoy involucrado piensa el pabellón no solo en términos del «ahora» o de «novedad» (como parece ser la norma en Venecia), sino que trata de contextualizar históricamente su propuesta mirando al futuro; ahí es donde entramos los artistas. Así, la figura de Dalí sirve como excusa para trazar y proponer una serie de temáticas en las que, según la visión comisarial de Martí Manem, nos vemos reflejados los artistas seleccionados. Por ejemplo, se pone sobre la mesa la cuestión de la identidad sexual, que en Dalí fue siempre de una gran ambigüedad, o la idea de lo “atómico”, en referencia al uso de diversos soportes y medios de comunicación; así como a lo “desbordante” como característica, todo ello con el mercado del arte de fondo.

La figura de Dalí ha sido siempre muy discutida…

Pienso que por las siempre polémicas declaraciones de Dalí, su complejidad ha sido en cierto modo desatendida o sojuzgada y que Dalí abordó una variedad de temas que hasta esa fecha eran intocables y que más adelante han sido fundamentales. Por ejemplo, él cuestionó y puso en riesgo al mercado haciendo circular láminas de papel blancas firmadas, de tal forma que propiciaba la proliferación de falsificaciones; también apareció en innumerables ocasiones en televisión acompañado de Amanda Lepore, probablemente la primera trans-género que apareció en las televisiones del Estado. Es cierto que Dalí alabó al dictador Franco en un acto de provocación, sí, pero también es cierto que Sid Vicious llevaba esvásticas y eso sí que lo entendimos todos como asunto conflictual. Por eso creo que el proyecto es pertinente, pues nos indica que quizás hemos pasado muy por encima de algunas cuestiones que, bien comprendidas, arrojarían hoy una nueva luz sobre algunos artistas y sobre algunos de los debates actuales. Creo que el proyecto pretende algo así.

Su itinerario artístico es diverso y va desde el trabajo colectivo, hasta la música experimental, la instalación... ¿En qué tipo de propuestas está ahora trabajando?

Pues digamos que sigo en la misma dinámica de siempre, ya que desde el principio vengo desarrollando simultáneamente muchísimas actividades, trabajando en diversos soportes como performance, collage, texto, ediciones... Pero hay más, he trabajado en varios grupos, puse en marcha mi propio non profit space (Biziak) durante el tiempo que viví en Valencia, y que pretendo reabrir en París en cuanto pueda. En él se hicieron todo tipo de actividades, no solo exposiciones, sino también ciclos de cine y vídeo, audiciones de sonido, charlas e incluso un programa de cine experimental para niños... En fin, me interesa mucho la idea de activación de recursos y dinámicas a un nivel pequeño, fuera del contexto normalizado y para un público no necesariamente especializado.

Además, acabo de escribir mi primera novela... o algo similar a una novela, pues es bastante experimental, ya que en realidad se trata de una performance. También estoy descubriendo que cada vez utilizo más las imágenes sin calidad y no subordinadas al contexto “de legitimación” del sector mercantil-artístico. Al mismo tiempo, voy viendo que mi práctica de instalación se reduce progresivamente hasta un tipo de escultura también “intrascendente” o sin dimensión a nivel estético; por un lado, me he dado cuenta de que la tradición escultórica vasca está cada vez más presente, pero por otro lado, estoy cada vez más interesado en su desaparición, en una escultura imperceptible…

Desde hace casi dos años vive usted en París. ¿Cómo es la vida cultural y artística en la capital francesa? ¿Qué diferencias encuentra con el Estado español?

Encuentro grandes diferencias. Es un contexto muy amplio e híbrido, donde coinciden profesionales de todo el mundo e intereses muy diversos. Hay una dinámica cultural tan intensa, heterogénea y seria que en ocasiones resulta difícil de seguir. Pero la diferencia fundamental que encuentro es que el Estado proporciona una gran accesibilidad y apoyo a la cultura, dando facilidades a las capas más desfavorecidas (autónomos, parados, jóvenes...). Existe un concepto de lo cultural como fundamento para el desarrollo de la sociedad. Desde las instancias políticas, la cultura no se entiende simplemente como bien público sino como herramienta identitaria y constructiva que a largo plazo revierte en la riqueza del país; no se usa solo en términos de rentabilidad electoral o propagandísticos, algo que me parece básico. Se entiende que una sociedad formada y cultivada es la base de la grandeza del país. Por otro lado, y salvo ciertos casos, desde las instancias privadas e independientes se entiende lo público como un proceso de imbricación y de intercambio y no necesariamente “rentable” en términos económicos. Todo este concepto del espectro cultural se traslada además al ámbito fiscal, dando lugar a un régimen específico para los artistas o los profesionales intermitentes de la cultura (cine, teatro, letras...) o, por ejemplo, el hecho de que el 1% de la obra pública deba ser reinvertida en producción artística... En fin, hay muchas diferencias, pero lo que me queda claro es que el Estado francés entiende lo público de una forma más amplia de lo que se hace en el español y claro está, tratando de sortear los cada vez más duros ataques del “turbo-capitalismo”.

Su trayectoria artística arranca en Gasteiz en los años noventa, pero hace tiempo que reside fuera. ¿Qué recuerdo tiene de esa primera época, pero, sobre todo, qué opinión le merece la escena vasca del arte actualmente?

Hablo de ello muy a menudo, créeme. Seré sincero en este punto. Llevo residiendo fuera de Gasteiz desde hace once años y he pasado por Nueva York, Berlín, Bélgica, México..., y ahora París, y puedo asegurar que los artistas vascos gozamos de presencia y reputación. Personalmente, recuerdo la importancia que tuvieron en mi formación y en el desarrollo de mi carrera lugares como el CINT (Centro de Imagen y Nuevas Tecnologías de Gasteiz), la sala Amarica, Arteleku, el Koldo Mitxelena, entre otros, y también espacios independientes como los gaztetxes, que entendían la cultura en términos de producción de conocimiento. Y bien, creo que ese tejido, esa red de relaciones, ha ido dando sus frutos de una manera mucho mas evidente que en otras comunidades. Hay una frase recurrente que creo es tremendamente perniciosa y es eso de «poner tal ciudad en el mapa». A esta sentencia se puede responder: «Vaya usted a Google maps, y verá que ya está en el mapa. Lo que se necesita es generar dinámicas constructivas, relacionar a los actores sociales y al ciudadano. Las ciudades, con sus ciudadanos ya estaban en el mapa mucho antes de que usted llegara al cargo». 

En este sentido, creo que en los primeros 90 aquí había un tejido cultural muy maduro (derivado de los años 80), que, si bien se ha ido desmantelando de forma irreflexiva, en gran medida fue artífice del alto nivel del que hoy en día goza la creación vasca. Si uno realiza una panorámica de los artistas plásticos, músicos, comiqueros o coreógrafos, por ejemplo, del Estado español que han desarrollado una carrera relevante tanto allí como en el exterior, se sorprende al ver que hay un elevadísimo número de vascos. Muchos de nosotros hemos participado en contextos internacionales muy importantes: en museos, o trabajamos con galerías en el extranjero desde hace ya tiempo. Y no son todos necesariamente de mi generación; hay un número muy elevado de ellos que pertenecen a generaciones posteriores a la mía y que están trabajando a un gran nivel.

Y bueno, de mi primera época, mi recuerdo fundamental se refiere a mis años en SEAC (Selección de Euskadi de Arte de Concepto), que fueron sin duda consecuencia de este tejido del que hablaba anteriormente y que marcaban un tiempo en el que “hacer” obra era realmente divertido. Hoy día, al mirar hacia atrás, me sorprendo de la radicalidad de las propuestas que generábamos y de que tanto el contexto institucional como el independiente tuviera la visión de acogerlas. Otra de las cuestiones que creo son primordiales en la consolidación del ámbito cultural vasco, que es importantísima para mí además de ser el germen de mucho de lo que ahora entendemos como cultura, se encontró precisamente en la escena underground de Gasteiz de esos años... Pero, en fin, ese es otro tema.

Insisto, ¿cuál es su visión del panorama actual?

Creo que todo lo dicho anteriormente podría servir como respuesta. Pero, al margen de mis gustos personales, de la complejidad y de los matices del tema o de las estrategias “de influencia” que algunos hayan tratado de ejercer, pienso que seguimos siendo los artistas con propuestas más serias y sólidas, y sorprendentemente vivir fuera te da esta perspectiva. Las generaciones posteriores a la mía han sabido superar los “complejos” que prevalecieron en generaciones anteriores, son ciertamente internacionales y han dejado atrás la cuestión local aunque sigue prevaleciendo cierta “identidad artística” y un respeto a la “línea cultural” de la escultura y la pintura tradicionales vascas. Las generaciones más jóvenes son más independientes del contexto, manejan discursos amplios y se preocupan en menor medida de consolidarse sobre la base de discursos localistas, aunque son muy conscientes de su historia y su contexto.

De cara a su participación en la Bienal de Venecia, ¿nos puede avanzar el tema de su propuesta, el planteamiento de su obra? ¿En que está trabajando para la inauguración, ya en el mes de mayo?

Aún estoy definiendo varias partes del proyecto, pero sí que puedo adelantar que realizaré una instalación en donde el espectador se encuentre dentro de algo similar a un corredor con varios tipos de «displays» montajes, como si fueran cierres o recorridos que, en cierto sentido, le atrapan. Me interesa que el espectador pueda reconocer los mecanismos, tanto estructurales, intelectuales, como de lenguaje, existentes a nuestro alrededor, en el día a día; aquellos que de forma extremadamente calculada (y bajo excusas de seguridad, bienestar o comodidad) funcionan para que continuemos desarrollando irreflexivamente una vida de “crecimiento” regida básicamente por impulsos. Porque esta inercia no es más que una ficción consumista y propone el atesoramiento continuado de capitales (simbólicos y materiales) en el cual el mundo del “turbo-capitalismo” está especialmente interesado en que “participemos” (en esto y en nada más).

La pieza a su vez estará compuesta de muchas otras piezas de menores dimensiones, como esculturas o vídeos, y pretende ser una especie de artefacto disfuncional, desnudo, una mezcla de «estructuras -muro-escaparates» que se muestran, sin que se sepa si están siendo construidas o desmontadas. De momento, estoy trabajando y pensando por ahí, pero aún quedan cosas por definir…