21/05/2019

Belén Martínez
Analista social
Saló no será venerada

En pie sobre la cima del mundo civilizado (léase Piazza del Duomo de Milán), erguidos como centinelas de Occidente que son y aquejados de odio, líderes ultras euroescépticos y xenófobos de 10 países europeos sueñan con la resurrección de una apagada postguerra. Les guía Matteo Salvini. Rosario en mano, el padre padrone de la nueva república de Saló masculla una plegaria al corazón inmaculado de María. La virgen les conducirá a una victoria más hermosa que la Victoria de Samotracia, como anunciara el manifiesto futurista.

Afirma Salvini, deslizándose entre lapsus y olvidos, que ellos son como Galileo Galilei, advirtiéndonos que, si consiguen ser el primer partido en la Unión Europea, no entrará ni un inmigrante más. El Sea Watch 3 encallado en aguas de Lampedusa no es inofensiva; es peligrosa para la seguridad nacional.

Sus políticas antiinmigración les eximirán de desembarazarse de naufragios y cadáveres. Usan la retórica del miedo para aniquilar al «ogro», olvidando –para mayor escándalo de la conciencia– aquellos navíos llenos de migrantes (¿ogros, también?) que partían desde Italia hacia las Américas.

«No es de mayo este impuro aire», escribía Pasolini en las cenizas de Antonio Gramsci. Haciéndoles frente, cientos de resistentes provistos de salvavidas nos exhortan: Restiamo umani.