14/08/2019

Chronique
FUEGOS ARTIFICIALES
HOMEOPATÍA EN LA CONCHA, MUCHO FUEGO PERO POCA PASIÓN

LOS FUEGOS EN DONOSTIA SON UNA RELIGIÓN, Y COMO TODOS LOS CREDOS, TIENE SUS LITURGIAS, ASÍ COMO SUS ENCANTOS PARA LOS PAGANOS. SIEMPRE QUE NO TE TOQUE AL LADO A UNA EVANGELISTA DE LA PECULIAR FE.

Beñat ZALDUA
0814_eh_suak2
Los fuegos son a menudo una larga e innecesaria espera hasta la traca final, grandioso festival pólvora. Medicina de fuego, le llaman los chinos.

Nitratos de potasio, sulfuro y carbón. Si la mezcla tiene las proporciones correctas y aplicamos calor, el oxígeno de los nitratos hace que el carbón combustione a gran velocidad, una reacción facilitada y multiplicada por el sulfuro. A todo esto se le llama pólvora. Aunque el proceso químico que explica esta reacción no fue comprendido y explicado científicamente hasta el siglo XVIII, los alquimistas chinos dieron con la fórmula entre los siglos IX y X. Cambiaron la forma de hacer la guerra y, con ello, el curso de la humanidad, pero aquellos alquimistas no buscaban un arma; buscaban fármacos. Llamaron a su descubrimiento “Medicina de fuego”, y así se sigue nombrando a la pólvora en China.

El uso militar de la pólvora empezó a ensayarse rápidamente, con artilugios de cuestionable poder destructivo como «el pájaro de fuego», un ave a la que se le ataba un saco con un puñado de pólvora en llamas, con la esperanza de que se posara sobre una estructura enemiga de madera y prendiese fuego. Pero de forma paralela, y quizá siguiendo la terapéutica intención original del invento, surgió la pirotecnia, que fue adoptada después por los árabes, a través de los cuales llegó a Europa y recaló en lugares como Donostia, donde se convirtió, con el paso del tiempo, en religión.

Yo no profeso esta fe; por mucho que disfrute del espectáculo de los fuegos, nunca entenderé lo del helado y las aglomeraciones en La Concha. Eso sí, como militante creyente de los sanfermines –puestos a elegir una religión, mejor que sea una divertida–, respeto y entiendo otros credos. Visto desde (muy) lejos, se me antoja, junto al abordaje pirata e Irrikitaldia, el único destello de autenticidad de esto que llaman Aste Nagusia.

Éxodo y migración

Como religión judeocristiana que viene a ser, el ritual no podía sino empezar con un éxodo masivo. Es el que protagonizan locales y turistas desde las calles de la parte vieja y del centro hasta el paseo de La Concha, un recorrido que puede llegar a adquirir tremendas velocidades si se ven 30 centímetros de a libres. Aunque a la señora que me tocó al lado el domingo por la noche le bastó ver dos centímetros libres para reivindicar su lugar en primera fila. Como para decir que no.

La señora tenía pinta de no haber faltado a los fuegos ni una sola vez en los 56 años de historia del certamen. De hecho, es probable que ya fuese una mujer entrada en años en aquella primera edición. «Pues no sé yo», murmura con el morro torcido mientras por la megafonía se explica que la pirotécnica francesa Ciels en Fête, protagonista de la noche, ha ganado numerosos certámenes internacionales. Señora, si no ha visto los fuegos. «Ya, ya». Quién sabe, quizá a cierta edad todo fuego pasado siempre fue mejor. En cualquier caso, que tiemble Tonio Andrade. El autor de “La edad de la pólvora” (Editorial Crítica), libro del que procede toda la información de fundamento de esta crónica, es un aficionado al lado de esta mujer.

Cinco metros a la izquierda se desarrolla una encarnizada lucha. Una niña de unos ocho años quiere bajar a la playa «porque sí», y su padre no quiere «porque te vas a poner perdida». Ni el señuelo de subirse a sus hombros seduce a la hija, que amenaza con un berrinche descomunal. Pero la ración de medicina de fuego llega a tiempo y calma a la fiera. Suena el primer cohete y la fiesta empieza. Primero toca mirar hacia el peine de los vientos, ya que la organización ha tenido la buena voluntad de inventarse un premio secundario al mejor inicio de unos fuegos; una manera de intentar evitar que el espectáculo se convierta en una larga espera hasta la traca final.

Pero los fuegos regresan rápidamente a Alderdi Eder y se convierten, irremediablemente, en una larga espera hasta el clímax de la traca final. No sé juzgar si son especialmente bonitos o feos. Eso se lo tendría que preguntar a la señora «pues no sé yo», porque ella sí que sabe, pero he huido en busca de paz. A mí lo que me fascina es el ruido, igual que en las iglesias me maravilla el silencio; así que a ratos cierro los ojos y disfruto de como retumba la bahía. Los abro para la traca final, que es grandiosa, las cosas como son. Medicina de fuego.

Eso sí, el cohete final aún no ha sonado cuando las creyentes se echan a correr de vuelta a la guarida, sea esta la casa, la Flamenka o, cosa improbable, un bar. Uno empieza a caminar rápido casi por inercia, como por osmosis, invadido por unas prisas que, en realidad, no tiene. Se acaba el embrujo. Los fuegos, una bella medicina, pero mejor meterla en la sección de homeopatía. Hay fuego, pero se echa en falta la pasión.