12/09/2019

JUAN BONILLA
ESCRITOR

Nacido en Jerez de la Frontera (1966), tiene una larga trayectoria como poeta. Como novelista debutó en 1995 con «Yo soy, yo eres, yo es...». Después vendrían obras como «Nadie conoce a nadie», «Los príncipes nubios» (Premio Biblioteca Breve) o «Prohibido entrar sin pantalones» en torno al poeta Vladimir Mayakovski. Acaba de publicar «Totalidad sexual del cosmos» sobre la figura de la pintora y poetisa Nahui Olin.

«Nahui Olin es un personaje que despierta más sugestión que certezas»
Jaime IGLESIAS|SEVILLA
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Pintora, poetisa, teórica de la metafísica e inspiración para muchos de sus contemporáneos, Carmen Mondragón (1894-1978) descolló como una de las personalidades más fascinantes de la ‘belle epoque’ mexicana, una figura rebelde, de múltiples aristas, que se proyectó a través de un personaje creado por ella misma: Nahui Olin. Mujer adelantada a su tiempo, incapaz de canalizar sus inquietudes en una única dirección, Juan Bonilla intenta aprehender su espíritu en “Totalidad sexual del cosmos”, donde va dando cuenta de las distintas máscaras bajo las que esta artista inclasificable fue parapetándose a lo largo de su turbulenta existencia.

¿Cómo llegó a la figura de Nahui Olin?

A Nahui Olin la descubrí en una biografía ilustrada que escribió sobre ella Adriana Malvido a mediados de los 90, y lo que me fascinó fue que, a lo largo de su vida, consiguió ser muchas figuras distintas. Pero lo que terminó de decidirme a escribir esta novela no fue el personaje en sí, sino el hechizo que provocó en alguien como Tomás Zurián, que dejó su trabajo como restaurador para consagrar su vida a sacarla del olvido. Este libro es la historia de una obsesión.

 

En la novela alude a que Nahui Olin, para hacer frente a la incomprensión que hubo de soportar, fue dejando pequeños retazos de su personalidad por aquí y por allá, con la esperanza de que en un futuro alguien se ocupase de descubrirla. ¿Escribir esta novela ha sido aceptar ese reto?

En todos nosotros hay una pulsión natural por impedir que aquello que hacemos a lo largo de nuestra vida se pierda o caiga en el olvido y, en este sentido, nos gusta dejar huella de nuestro paso por el mundo.

Cuando te entregas a rescatar del olvido a alguien resulta pertinente preguntarse: “¿dónde se localizan esas huellas?, ¿en qué consisten? ¿merece la pena sacarlas a la luz?”. En el caso de Nahui Olin, esas huellas hacen referencia a una época, los años 20, y a un país, México, que me apasionan, y no solo eso, sino que su rastro se extiende a otros lugares como París o San Sebastián. Su vida me ofrecía un mapa interesante que recorrer.

 

De ella siempre se dijo que fue una artista discreta, pero según la retrata, más que discreta se antoja una figura inabarcable, pues su interés radica en las múltiples facetas que desarrolló. ¿No le dio vértigo enfrentarse a un personaje así?

Ella tuvo una personalidad poliédrica por la sencilla razón de que no imponía al arte las mismas fronteras que le imponemos los demás. Para ella todo era lo mismo: la poesía o la pintura, más que disciplinas en sí mismas fueron, en su caso, simples canales de expresión. Eso jugó en su contra porque en un mundo donde las etiquetas resultan tan imprescindibles, el hecho de que irrumpa alguien que va saltando de una disciplina a otra sin darse la mayor importancia, resulta inconcebible. De ahí que los pintores la considerasen una aficionada y que los poetas no le dieran el mayor crédito. No te digo nada de los físicos cuando le dio por empezar a escribir sobre el cosmos. Nahui Olin siempre estuvo en fuera de juego.

 

¿Y cómo consiguió meterla en juego?

Cuando te ciñes a su mundo, lo que te acaba por resultar extraño es el mundo de los demás. El universo de Nahui Olin yo lo veo como una perfecta definición de lo que tendría que ser lo poético y eso me llevó a apostar por un tipo de relato que mantuviera viva esa llama. Por eso el libro tiene esa estructura de letanía, de repetición, que me permitió poner un cierto orden en el caos de su existencia.

 

Cada capítulo se inicia con la frase «ahora es…», algo que le sirve para retratar las múltiples máscaras que fueron definiendo la personalidad de Nahui Olin. ¿Realmente son máscaras que ella se colocó para alimentar al personaje que había creado de sí misma o en ese personaje estaba su verdadera esencia?

Nuestra personalidad viene, en parte, definida por una serie de circunstancias no elegidas. En el caso de Carmen Mondragón el hecho de haber nacido en una familia de posibles le permitió ir a un colegio carísimo donde a los diez años leían a Chateubriand. A eso hay que unirle una belleza hipnótica que hizo que desde muy joven fuera el centro de atención de la alta sociedad mexicana.

Pero ella supo rebelarse contra todo lo impuesto y ese espíritu de rebeldía fue lo que la llevó a crear un personaje como Nahui Olin, que a su vez contenía otros muchos. Por lo tanto, su personalidad fue una mezcla de sus circunstancias personales y del efecto teatral que la llevó a crearse y creerse su propio personaje alentada por la gran fiesta de la ‘belle epoque’ en México. En ese contexto su personaje se impone sobre su persona, luego, en los años 30, cuando la fuerza de su perfil público se desinfla, opta por retirarse del mundo y construir un personaje para sí misma ante la incomprensión de quienes la rodean, que la tachan de loca.

 

Da la sensación de que toda su vida fue una lucha por desprenderse de sus circunstancias personales y del estigma de su belleza.

Es cierto que llegó a detestar esos atributos, pero eso no significa que no los utilizara cuando le convino como a la hora de organizar su primera exposición de fotografía, donde ella no era la autora de las fotos sino el objeto de representación, siendo la primera vez en la historia que una modelo firmaba sus retratos. Era muy consciente de su belleza; de hecho, escribió una carta a los pintores que la habían retratado instándoles a reconocer que si sus cuadros eran hermosos lo eran gracias a ella.

 

¿Fue la ambigüedad del personaje lo que le llevó a huir de los rigores del relato biográfico?

Me costó mucho encontrar la manera de domar al personaje, por así decirlo, sobre todo porque quería hallar el modo de acercarme a la Nahui Olin menos visible, a la que está por debajo de los datos. En mi anterior novela, “Prohibido entrar sin pantalones” hay un exceso de datos para demostrarle al lector que yo sé, por ejemplo, lo que era una checa en el Moscú de los años 20, pero que realmente no aportan nada a la narración. En “Totalidad sexual del cosmos” no quería volver a incidir en ese error y una semana antes de mandar la novela a la imprenta quité un capítulo entero que explicaba lo que fue la Decena Trágica de México (donde el general Mondragón, padre de Carmen, tuvo mucha importancia). Si decidí prescindir de ese tipo de datos que encontramos en las biografías al uso fue, precisamente, para adentrarme en el ser que fue Nahui Olin. No quería que la época que le tocó vivir tuviera más peso que el personaje. Si para hablar de la relación de Nahui Olin con el Dr. Arlt tengo que explicar en qué consistió la vanguardia en México, me lleva a otra novela

 

¿Al hablar de un personaje histórico, la realidad no impone sus límites?

En este caso lo que he hecho es comprarle el discurso a la propia Nahui Olin, quien llegó a la certeza de que somos energía cósmica y de que dentro de nosotros hay algo que trasciende la propia realidad, o mejor dicho, que la realidad no es solo el orden material.

 

Pese a todo, en «Totalidad sexual del cosmos» subyace un compromiso con la verdad, como lo prueba el hecho de que la última parte de la novela esté narrada por Tomás Zurián, el restaurador artístico que sacó a Nahui Olin del olvido.

Yo podría haber cambiado los nombres y los escenarios de esta historia y hubiera funcionado igual en términos narrativos. Si no lo hice fue precisamente porque me sentía impelido a reconocer la labor de Tomás Zurián. Fue alguien que, durante años, trabajó en la más absoluta oscuridad para sacar de ella a Nahui Olin.

Él era un señor de 40 y tantos años que trabajaba como restaurador y que tenía un cargo ejecutivo en el museo nacional y que, de la noche a la mañana, lo abandonó todo por no se sabe muy bien qué. Se dejó ganar por el espíritu de Nahui Olin hasta el punto de permitir que ella guiase sus pasos. Esa especie de historia de amor sobrenatural me interesaba mucho.

 

Cada vez hay más novelas sobre personajes reales que habitan en los márgenes de la Historia. ¿Hay una tendencia a la hibridación de los géneros?

Sería una gran noticia para la literatura en general si fuera así. Durante mucho tiempo ha habido una serie de fronteras artificiales que no sé por qué tenían que ser tenidas en cuenta. Para mí la única frontera válida es la que hay entre ficción y no ficción. Dentro de ese género amplio que es la ficción, creo que todo tendría que estar permitido. No sé porqué hemos de renunciar a que las novelas tengan potencia poética o información o a que nos puedan enseñar cosas como si fueran enciclopedias. Un novelista tiene todas esas herramientas a su alcance. Me parece una gran noticia que se derriben muros entre géneros.

 

Pero cuando uno construye una ficción sobre un personaje real, ¿no existe el peligro de que el lector asuma lo que está leyendo como no ficción?

Es un riesgo que hay que correr y en cualquier caso, la responsabilidad siempre será del lector. Un libro es una sepultura que tiene la gracia de que encierra vida, pero eso no lo sabes hasta que no la abres y, en última instancia, es el lector el que abriéndola insufla vida a lo que hay dentro de ella. De todas formas he de decir que, en este caso, mi empeño por ir más allá de los datos llevando a cabo una inmersión en el espíritu de Nahui Olin antes que en su obra, me protege un poco contra todo ese tipo de riesgos. También porque ella dejó muy pocos documentos escritos y se trata de un personaje que despierta más sugestión que certezas.

Me costó mucho encontrar la manera de domar al personaje, por así decirlo, quería hallar el modo de acercarme a la Nahui Olin menos visible.
Ella tuvo una personalidad poliédrica por la sencilla razón de que no imponía al arte las mismas fronteras que le imponemos los demás.