08/11/2019

Reportage
AYUDA HUMANITARIA A REFUGIADOS
EL AITA MARI LLEVA ROPA A LESBOS Y SE PREPARA PARA NAVEGAR

Tras más de un año esperando en Pasaia el permiso para zarpar, el Aita Mari llegó al puerto de Mitilene el pasado lunes, donde entregó ocho toneladas de ayuda humanitaria para más de 17.000 solicitantes de asilo. Si el mar lo permite, hoy pondrá proa a Sicilia.

Miguel CARVAJAL
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Alas 8.30 de la mañana del lunes, el Aita Mari, un atunero de 32 metros de eslora reconvertido en barco de rescate, asomaba por la bocana de Mitilene, puerto y capital de la isla griega de Lesbos. En sus bodegas, más de ocho toneladas de material humanitario, principalmente ropa de invierno, calzado y algunos pañales infantiles. De esta manera, el navío dejaba atrás 20 días de travesía y más de un año anclado en Pasaia esperando un permiso del Gobierno español que no terminaba de llegar.

«Aquí los zapatos son oro». Así se expresa la donostiarra Laura Anatoli, mientras ordena algunas de las botas de montaña llevadas por el Aita Mari. Anatoli es miembro de Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), y ha trabajado el último año y medio en el proyecto Attika, el gran almacén donde se centralizan, organizan y distribuyen las donaciones que llegan a la isla. SMH es la asociación que gestiona el barco Aita Mari y que opera desde 2015 en la isla de Quíos proporcionando asistencia sanitaria.

Matar moscas a cañonazos

«Está bien haberla traído [la ropa de invierno] pero no deja de ser como matar moscas a cañonazos, al final es un juego político», lamenta Iñigo Mijangos, presidente de SMH y marinero del Aita Mari. En una línea similar se mueve Vlachopoulos. «Si las organizaciones nos fuéramos de la isla, esto sería un desastre aunque a lo mejor la situación haría que el Gobierno y la UE se vieran obligados a tomar cartas en el asunto y solucionar de verdad el problema», reflexiona el coordinador de Attika. En el almacén central de Attika, voluntarios internacionales y solicitantes de asilo trabajan codo con codo. Farsan, afgana de 17 años, acude a diario con sus dos hermanos menores, los adolescentes Hamid y Aponse. Como tantos afganos, son segunda generación de refugiados: nacieron y crecieron en Irán pero nunca tuvieron pasaporte de dicho país. Sus padres decidieron emprender el viaje a Europa buscando un futuro para sus hijos. Conocían de los riesgos del viaje pero Aponse, la menor, asegura que ella «lo volvería a hacer».

Los meses de frío agravan cada año la ya de por sí difícil situación, que comenzó con la emergencia humanitaria en 2015, cuando unas 800.000 personas pasaron por la isla, donde residen en torno a 80.000 lesbios y lesbias. El último invierno al menos una persona murió como consecuencia del frío, según la organización británica Oxfam.

En invierno de 2017 saltaron todas las alarmas cuando entre tres y cinco solicitantes de asilo murieron por las bajas temperaturas o indirectamente como consecuencia de inhalar monóxido de carbono, desprendido al quemar materiales en sus tiendas de campaña. Desde entonces, el Gobierno griego suele anticiparse y mover gente a campos, también saturados, del continente como Nea Kavala o Korinthos, el último en ser abierto. El número de llegadas, no obstante, ha ido creciendo de nuevo desde su desplome en 2016. Este año, hasta el 27 de octubre, según ACNUR, han llegado casi 20.000 personas a Lesbos.

Una ficha del tablero político

«La situación en la isla es insostenible, me sorprende que no ocurran más revueltas», asevera Aris Vlachopoulos, coordinador de Attika. El pasado octubre se registro el enésimo incendio y explosión de rabia en el campo de Moria. Según medios locales, una mujer embarazada murió como consecuencia del fuego. Apenas unos días antes, un niño de cinco años que dormía en una caja de cartón murió aplastado bajo un camión. «Hace pocos días, un adolescente mató accidentalmente a otro en una pelea», señala Anatoli.

El campo de Moria ha sido señalado por organizaciones como Human Right Watch o Médicos Sin Fronteras como uno de peores puntos negros en materia de derechos humanos dentro de suelo europeo. La dinámica actual nace en marzo de 2016, cuando Grecia, por un lado, y la Unión Europea, por otro, realizan cada uno un acuerdo con Turquía, el primero escrito y el segundo verbal.

Los acuerdos rediseñaban el papel de las islas frente a la costa de Asia Menor: Lesbos, Quíos y Samos constituyen una «zona de amortiguamiento» y de disuasión. En cada una de ellas fue construido un Centro de Internamiento y Recepción, popularmente hotspots. Moria es el hotspot de Lesbos. En ellos, los solicitantes deben esperar la lenta resolución de su petición de asilo. La capacidad oficial de estos centros es de 7.000 personas pero a día de hoy en estas islas hay unas 35.000 personas.

Dentro de la estrategia de externalización de fronteras, la UE prometió en el acuerdo verbal 6.000 millones de euros al país anatolio. De estos habrían llegado algo más de 2.000 en forma de proyectos concretos tales como el muro construido a lo largo de la voluble frontera turco-siria. Las deportaciones, uno de los ejes de los acuerdos de 2016, han sido menores de lo esperado, sumando unas 2.000 en estos tres años y medio.

El nuevo Ejecutivo heleno que encabeza el conservador Kiriakos Mitsotakis anunció el mes pasado que deportará a 10.000 personas en un año, amenaza que cristalizó el Parlamento la semana pasada al aprobar una nueva ley de asilo que pretende acelerar las devoluciones. El proceso debe contar siempre con el visto bueno de Ankara, con quien la tensión es creciente, como demuestra la amenaza de Erdogan de abrir las puertas y enviar a Europa a los 3,6 millones de solicitantes de asilo que acoge si la UE pone en cuestión su actuación en los cantones kurdo-árabes del norte de Siria.

Rumbo al Mediterráneo Central

La política de externalización de fronteras de la llamada «Europa fortaleza» no se deja sentir solo en la frontera entre Grecia y Turquía –aunque Grecia forme parte de la Unión Europea y, por tanto, sea una frontera dentro de otra– sino que se extiende a toda la periferia sur de la UE. En 2018, Acnur registró 23.370 llegadas a Italia (incluyendo el Mar Jónico) y 1.311 muertos o desaparecidos, lo que convierte a esta frontera en una de las más mortíferas del mundo. En lo que va de año han llegado por mar casi 10.000 personas a Italia y cerca de 3.000 a Malta.

A día de hoy, ningún barco de rescate opera en el Mediterráneo Central. Varios navíos están retenidos en puerto como el Life Line o el Iuventa, en Malta, o el Mare Jonio y Sea Watch 3 en Licata, puerto siciliano que tomará el Aita Mari como base. Otros como el Open Arms o el Alan Kurdi realizaron rescates recientemente y se encuentran fondeados temporalmente.

Daniel Rivas, miembro de SMH, señala que la hoja de ruta del Aita Mari pasa por ir a Licata, donde termina el despacho emitido por el Gobierno español.

«Una vez ahí y cumpliendo con toda la legalidad, nos pondremos a disposición de otros barcos de rescate por si fuera necesaria ayuda y abastecimiento», especifica Rivas. Asimismo, aclara que el Gobierno italiano «no está poniendo impedimentos para navegar por su zona SAR» y que esto está relacionado con que Matteo Salvini ya no ostenta la cartera de Interior italiana. Si el mar lo permite, el Aita Mari y sus 15 tripulantes pondrán proa a Sicilia hoy.