Ramón SOLA
NUEVO TRABAJO DE EUSKAL MEMORIA

UN VIAJE AL INTERIOR DE TRES DÉCADAS DE PRISIÓN POLITICA

Por altos que sean los muros, la realidad de la prisión política en Euskal Herria es omnipresente en el exterior. Pero aún hay hechos poco remarcados, prácticas desconocidas e historias memorables en «Prisión para la disidencia vasca», el trabajo de Euskal Memoria.

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1977, nueve días ¿sin presos?

El nombre de Fran Aldanondo Badiola Ondarru pasó a la historia como el último preso vasco antes de la amnistía de 1977, pero el libro redactado por Carlos Trenor matiza que «esa afirmación no es totalmente exacta». La ley vació las cárceles en lo que se refería a «organizaciones que hacían de Euskal Herria el marco de su lucha», pero entre rejas siguieron al menos dos vascos de los GRAPO (Santiago Veiga y Fernando Hierro Chomón), uno del PCE-r. (Pedro María Martínez de Ilarduya) y los encarcelados en el Estado francés Jean Claude Marguirault (IK) y Alberto Mendiguren.

Haciendo esta salvedad, lo indiscutible es que el «impasse» en la represión política solo duró nueve días. El 9 de diciembre había sido excarcelado Aldanondo y el 19 sería detenido en el transcurso de una acción de ETA contra Lemoiz David Álvarez Peña.

El incremento a partir de ahí sería exponencial. Un año después, a finales de 1978, se contaban ya 102 presos políticos vascos; al concluir 1980, 265; y al final de 1981, 435.

«Batzarra», más allá de reunión

Una de las interioridades de las comunidades políticas represaliadas que analiza Euskal Memoria es la batzarra. En el capítulo referido a los años 1981-82 se destaca que «era el signo que identificaba a los presos como un verdadero colectivo. En ellas se debatían y decidían cuestiones relacionadas tanto con los temas importantes como los más banales, y sobre todo suponían una especie de cordón sanitario frente a la Administración (...) Todo se trataba en asambleas y, aunque a veces resultasen tediosas, era el marco de seguridad que los presos colocaron entre el sistema penitenciario y ellos mismos. Según sus propias palabras, ‘este es el cangrejo que hemos colocado para cerrar el paso a un sistema que pretende asimilarnos. Cuando hacemos un círculo en medio del patio, el carcelero ya sabe que es impenetrable (...) Con cada batzarra hacemos saltar la estrategia carcelaria del Estado’».

Destaca que en las batzarras bastaba levantar la mano para poder hablar. Pero una vez votado el tema en cuestión, la decisión resultaba vinculante para todos.

Lo extremo, Salto del Negro

La política de alejamiento fue llevada al extremo en las cárceles de las islas (Canarias, Baleares) y las africanas. Se rememora cómo a finales de los 80 y principios de los 90 se incrementaron los traslados allá, y cómo especialmente Salto del Negro (en Gran Canaria) se convirtió en «símbolo de represión y de resistencia», con episodios como la huelga rotativa de 1991 en un momento en que había encerrados allí doce vascos.

Salto del Negro, Tenerife, Ceuta, Melilla, Menorca, Ibiza... fueron destinos que agravaron aún más las afecciones a los familiares y amigos de los presos.

La fuga de Pau

Aunque otras fugas (Segovia o Martutene) han tenido más eco históricamente, el trabajo se detiene en la menos conocida de Pau, en 1986. Cuenta cómo miembros del comando de Iparretarrak lograron mediante un ardid atraer al director de la cárcel a su casa familiar y cómo entraron luego junto a él, camuflados de agentes del GING, a la prisión para liberar a Gabi Mouesca y Maddi Heguy. Y recueda que la joven fallecería el 21 de junio de 1987, «en un paso a nivel, arrollada por un tren junto al policía que la había detenido tras una accidentada persecución».

Insumisión, impronta vasca

La represión policial aplicada a los insumisos se resume con detalle, destacando que la cárcel no logró parar el movimiento, que tuvo a Nafarroa como «punta de lanza».

La dimensión llegó a ser tal que hace imposible fijar cifras exactas. Pero la impronta vasca se refleja en que en 1989 de los 370 insumisos del total del Estado casi la mitad (170) eran vascos, o en que un año después la media de quienes se negaban a hacer la Prestación Social Sustitutoria era allá del 16% mientras aquí se elevaba al 60%.

FIES y DPS

FIES en el Estado español y DPS en el francés han sido las catalogaciones aplicadas generalizadamente a los presos políticos vascos en este periodo. El Fichero de Internos de Especial Seguimiento fue introducido en 1991 con una simple circular (algo que, por cierto, el Supremo consideraría ilegal en 2007). El detalle difundido en 2011 habla de mantenerles «en permanente observación», con «un control más riguroso cuando se trate de salidas del módulo para comunicaciones o consultas a enfermería», abocados a aportar documentación acreditativa del titular del teléfono al que llaman, forzados a cambios periódicos de celda...

Por lo que atañe a los Detenidos Especialmente Señalados (DPS) del Estado francés, sus celdas deben estar situadas más cerca de los puestos de vigilancia, se extrema el control de relaciones con el exterior, no deben autorizarse reuniones entre ellos...

El impacto irlandés

Irlanda ha impregnado la lucha de los presos políticos vascos en la era histórica analizada, que arranca bajo el influjo de la «protesta de la manta» de 1976, de la «protesta sucia» de 1978 y de la terrible huelga de hambre de 1981 que acabó con la vida de Bobby Sands y otros nueve compañeros. Euskal Memoria recuerda que «en Euskal Herria estos hechos conmovieron a la opinión pública, pero la conmoción fue todavía superior en las cárceles». Y reproduce lo que Mitxel Sarasketa escribía en 1981: «En prisión, las imágenes, los sueños y las emociones llenan el espacio de los presos y ese ambiente entre militantes hace que a veces no distingas muy bien entre el ‘yo’&flexSpace;y el ‘nosotros’. Estando en Carabanchel estamos en Long Kesh y estamos en lucha».

De Durango a todos los lados

El acompañamiento de los familiares a los presos políticos ocupa lógicamente buena parte de este trabajo, y entre las iniciativas populares solidarias sobresale la de Mirentxin. Nació en 1999 en Durango, impulsada por un grupo de amigos de presos que querían facilitar los viajes, «y fue bautizada así en recuerdo a aquella mungiarra del mismo nombre a la que Aitor Elorza, uno de sus fundadores, acompañaba hasta la cárcel de Algeciras, donde estaba su marido Manu Lejarretaetxeberria. Mirentxin murió de cáncer mientras Manu estaba en prisión».

«Con un porcentaje casi ínfimo de accidentes, se puede decir que Mirentxin es una línea de transportes que roza la perfección. De vez en cuando se pierden, se quedan sin gasolina, los viajeros se confunden de furgoneta, pero siempre llegan a su destino», indica el libro.

En estos años, miles de anécdotas, como esta: «Al principio descansábamos en las furgonetas, no en un hotel. Los maderos esperaban a que nos durmiéramos para identificarnos y la gente, al final, lo que hacía era dejar el DNI en el cristal». Algún chófer acabó por ello en la garita, detenido.

El euskara, más allá del argot

El impacto de la cárcel en la ciudadanía vasca es tan alto que no cuesta reconocer muchos términos como de uso común dentro del «argot carcelario» que incluye este libro. Parte de este léxico es compartido con los castellanohablantes (con un influjo muy fuerte del romaní gitano), pero en ciertas expresiones se plasma incluso la influencia del euskara. A «chota», «garita», «talego»&flexSpace;o «picoleto» se les han ido sumando «kunda» (traslado) o «Iñaki» (que es el nombre genérico aplicado por la Guardia Civil a los presos vascos).

Por encima de ello, el libro subraya que el euskara ha sido y es en la cárcel más que un medio de comunicación, dado que sirve para «identificarse», «marcar diferencias» y «evitar ser comprendidos por personas y entidades ajenas». En resumen, ejerce para los presos de «mecanismo de autodefensa para proteger su propia subsistencia frente al contrario y frente a la adversidad».