24/06/2014

Jon Ordoñez
Kazetaria
«My generation»

Thomas Jefferson y Madison se carteaban sobre este y otros temas, por ejemplo, modificar la Constitución cada veinte años, cada generación, pues nadie podía sentirse atado a algo en lo que no participó y es ajeno a él

Como el título del álbum de The Who donde Pete Towshend habla de su generación de mediados de los sesenta. Es este ideologema -el de «generación»- el que ha escogido el discurso dominante para «explicar» la abdicación de un rey en su vástago. Lo dice Juan Carlos I: «una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, el mismo que correspondió en una coyuntura crucial de nuestra historia a la generación a la que yo pertenezco. Hoy merece pasar a primera línea una generación más joven,con nuevas energías...». Y blablablá. Si Lampedusa promovía la idea de cambiar algo para que todo siguiera igual, el Pantocrátor generacional exige algo tan simple como cambiar las caras y lavar las fachadas con un relevo... generacional. No se habla de la caducidad histórica de una antigualla anacrónica, como es la Monarquía, desacreditada, sino de ir a la ceca a poner nuevas caras en las monedas y tira millas (el CNI, ese Petete).

Ciertamente todos pertenecemos a alguna generación (una medida del indetenible tiempo). Ortega y Gasset definía una generación como el conjunto de hombres que comparten un mismo espacio y tiempo histórico, tienen parecida edad, son coetáneos (más que contemporáneos) y mantienen algún contacto vital. Luego, no podía esperarse otra cosa del elitista Ortega, «más importante que los antagonismos del pro y el anti, dentro del ámbito de una generación, es la distancia permanente entre los individuos selectos y los vulgares». La Historia -dirá el semiorteguiano Laín Entralgo- es una discontinua conexión de biografías (la «circulación de las élites», del Pareto protofascista).

Y es que para Ortega, a diferencia de Marx, las generaciones son el motor de la historia y no la lucha de clases, como sostenía el fundador del materialismo histórico. Y ello sin perjuicio de que Marx dijera (en «La ideología alemana») que la historia no es más que la sucesión de las diversas generaciones (...) La nueva generación prosigue las actividades de las anteriores, pero no bajo las mismas circunstancias (subrayado mío)». Thomas Jefferson y Madison se carteaban sobre este y otros temas, por ejemplo, modificar la Constitución cada veinte años, cada generación, pues nadie podía sentirse atado a algo en lo que no participó y es ajeno a él, es decir, que la caverna mediática miente o, seguramente, ignora por inculta, cuando dice que la Constitución norteamericana tiene tropecientos años y que nadie la discute (ni siquiera mencionan las enmiendas que salen hasta en Hollywood): ¡el mismísimo Jefferson proponía lo contrario!

Tenemos, pues, a las sucesivas generaciones como renovadoras per se de los tiempos (no sabemos en qué dirección). La lucha de clases es algo obsoleto típico de gente antipática. Ah, y queda la juventud -como clase- que reemplaza al proletariado (si es que existe) como sujeto primario de la historia, al decir de Ortega, que pasa por ser experto en «generaciones» (y Petersen). Lo mismo o similar que diría la intelligentsia, alguna década después, del movimiento hippy, o sea, la juventud como «nueva clase revolucionaria». Y como Felipe VI es joven, pues igual nos sorprende, oye... Yo me las piro.