02/08/2014

Antonio Alvarez-Solís
Periodista
El oportunismo

Ante el «escándalo Pujol» cabe hacerse una serie de preguntas que no solo afectan al expresident, sino a todos los políticos españoles, ya que en este caso, y debido a la confusión promovida, es verdad que Catalunya también es España. Son preguntas que se refieren a la decencia o, mejor, a la indecencia que enturbia toda suerte de planos, estratos, protagonistas e instituciones de esa política.

España ocupa, tristemente, un lugar preeminente en la descomposición política y social europea. No hay nada que no esté tiznado o penetrado por la corrupción. La responsabilidad acerca de los hechos reprobables alcanza a todos, directa o indirectamente, en su calidad de gobernantes o representantes del país. Y alcanza también a una parte extensa del pueblo por negarse a protagonizar la reacción moral necesaria para remontar esta catástrofe y lograr una democracia efectiva y una libertad verdadera. Yo me pregunto si España no es así por una mala estructuración genética de su mecanismo intelectual. Si esta sospecha da en certeza, hay que huir. La emigración española no debería estar nutrida por trabajadores sin empleo, sino por ciudadanos honrados que buscasen lugar limpio donde poner casa y hogar.

Lo más urgente en esta debacle es, como siempre, aclarar conceptos. En primer lugar, hay que distinguir entre corrupción e inmoralidad. Como siempre. La corrupción se distingue de la inmoralidad porque el corrupto no pretende edificar algo socialmente relevante con lo que le aporta su miserable acción, contribución que muy frecuentemente salva de alguna forma al inmoral. El corrupto es más elemental y sucio. Es alevoso y nocturno. Comete simplemente el robo y huye como puede. El primer Rockefeller aclaró esto que digo con una frase muy inteligente: «Estoy dispuesto a explicar cómo hice mi fortuna si no me exigen que cuente cómo logré el primer millón». Ahí está expuesto certeramente que es la corrupción y qué la inmoralidad, que siempre se supone inevitable en los negocios de este tipo de potentados.

El Sr. Pujol ya es un corrupto confeso, pero yo a lo que iba es a preguntar sobre el alcance de su corrupción, la connivencia de su entorno y la oportunidad que se ha elegido para forzar su rotunda y espectacular confesión. Este último interrogante puede que responda a mi fundada sospecha de que estemos ante otra corrupción más importante aun por su incidencia colectiva, que sería la corrupción de quienes se negaron a descubrir en tiempo debido esta actividad deforme del expresident y ahora enarbolan este cúmulo de trapos sucios por conveniencia de una política sesgada ¿Puede hablarse de oportunismo, que es la forma inmoral de oportunidad, por parte de quienes están encenagados en la represión estatal del soberanismo catalán y, en definitiva de Catalunya? ¿Han removido el fango, es esta otra posibilidad de enfoque, los «puristas» de un nacionalismo peligrosamente virtuosista y excluyente? Si han sido los jerifaltes del populismo españolista, con su raíz alimentada por los heredados detritus fascistas, los que han procedido a extremar ahora la denuncia está claro que los catalanes que luchan por su independencia deben dejar al Sr. Pujol entre las garras de Madrid y proseguir con su acción moral y políticamente respetable. Esos catalanes éticamente limpios no tienen porqué tributar a una despreciable maniobra de sus adversarios que, una vez más, insisten en transformarse en sus enemigos. Si han sido los «puristas» del nacionalismo, Catalunya tendrá que depurarse.

Lo del Sr. Pujol es tristemente despreciable, sobre todo porque el expresident constituía una referencia muy íntima para esos catalanes especialmente ligados a un alma rural que ha constituido a lo largo de una historia henchida de sentimientos la base de su vida. Yo espero que en esta ocasión, y hablo de edificar una España medianamente limpia, se aclare algo sobre el vínculo que ata a ciertos periódicos al poder que los ampara ante su confesada quiebra económica. Por otra parte parece muy aceptable que los catalanes que combaten limpiamente por su libertad no se encojan irracionalmente ante un griterío de los españoles integristas, tan dados a confundir el proceder sereno e inteligente con el arrebato verbal en un mostrador de bulliciosa hostelería. Es más, esos catalanes que se baten por una causa moralmente irreprochable estimo que han de obviar también con entereza las malicias de otros coterráneos que dan vueltas y revueltas a un catalanismo con viaje a ninguna parte. Madrid siempre ha sido para esos selectos nacionalistas catalanes una absurda y fracasada tentación camboniana. Esto último también debiera constituir materia de reflexión colectiva en Euskadi.

Según las informaciones periodísticas que manejo, los ires y venires de los Pujol a los bancos situados en el más allá empezaron hace la friolera de treinta y cuatro años. Doy la cifra por buena a reserva de lo que acabe declarando el expresident, ya sea a los periodistas o ante nuestros complicados tribunales. Yo no tengo policías a los que encargar la verdad o jueces dispuestos a mojar la toga en este asunto tan endiablado. Funciono, pues, al aire de lo que leo, mucho de ello escrito con una sentina sobrecargada de menospreciables objetivos. En esos treinta y cuatro años ha pasado un rey, está pasando otro y han gobernado Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero y ahora Rajoy. Pues bien, ha sido ahora, precisamente ahora, que aquello que todos sabían ha saltado de la oscuridad a la luz de un modo dramáticamente urgente y, por ello, sospechoso. Esto me recuerda, en minúscula comparación de personalidad, la amenaza que implícitamente quería ejercer sobre mí un ministro de la llamada transición -enfrentado yo a su política desde una revista muy popular- mediante la divulgación soterrada de conversaciones telefónicas mías, indebidamente grabadas, con una hermosa señora con la que yo adulteré felizmente por un tiempo. En tal trance, yo seguí con la señora y el ministro con sus cintas. Claro que mi caso era absolutamente irrelevante para el porvenir de la nación.

El Sr. Pujol ha sido desleal a Catalunya, pero esta deslealtad era premiada, al parecer, con un mirar hacia otro lado por parte de las autoridades estatales llamadas a vigilar, con la ley en la mano, las trampas a la Hacienda pública. El Sr. Pujol significaba para Madrid un airbag. O sea, pasaron más de tres décadas desde que el delito cayó en la ratonera ¿No constituye eso un precio por vender Catalunya a peso? Pero ¿qué decir de quienes persiguen ahora aniquilar una manifestación ideológica, perfectamente protegida por la moral política, como es la pretensión soberanista, mediante una torcida manipulación de la opinión pública? En esa operación se hunde aún más el Partido Popular, la prensa que le sirve, la Administración del Estado y cuantos, a conciencia de que están arruinando a la sociedad, proceden a incitar al español hacia unas manifestaciones que, de ser aceptadas, no demostrarían más, y una vez más, que la pobreza moral e intelectual en que se tiene sujeto al español desde hace siglos constituye una realidad escandalosa. A España hay que levantarla, no hundirla un día y otro en las profundas aguas donde la visión ya no es posible. Por otra parte ¿no cabe con este desafío patriótico a los españoles que estos den por cerrada la abultada carpeta delictiva que tienen pendiente ante la justicia los dos grandes partidos estatales? Resulta melancólico que la inteligencia quede inhabilitada en España tan pronto alguien prende en su anzuelo la carnada del soberanismo catalán o vasco. Cuando tal sucede no se limitan a entregar al pecador a las instancias correspondientes, sino que todo el mundo se apunta al deporte de la pesca. Este es un país en que el verdadero problema consiste en pasar el rato. Porque ahora seguirán a continuación del emburrio del Sr. Pujol las cacerías colaterales. Y con ellas llegaremos a las próximas elecciones sin saber qué es lo que verdaderamente votamos y cómo controlaremos luego a los elegidos. Algo tan serio y trascendente para el uso de las libertades como es la pretensión independentista de dos naciones ibéricas quedará virgen de inteligencia porque alguien que lo sabía todo de antiguo ha dejado en el zapato de Reyes, ahora, precisamente ahora, el regalo envenenado de algo más que un delito. Supongo que los catalanes y los vascos saben ya perfectamente que los Reyes son los padres.