31/01/2015

Iñaki EGAÑA
Historialaria
Ser de izquierdas

Han cambiado los tiempos, imperan los equipos de marketing sobre la ideología y el lenguaje clásico desaparece del enfrentamiento dialéctico. Recuerdo que, hace décadas, la horma del zapato se llamaba leninismo, luego marxismo. Acongojaba guardarse bajo sus paraguas en la búsqueda de mayorías electorales. Hoy, tanto ha volado el ganso, el término izquierda parece desaparecer del diccionario.

Los que apuestan por el cambio estatal señalan que el debate izquierda-derecha está superado. O en todo caso que habría que sustituirlo por el de dictadura-democracia. La reflexión viene de lejos, desde que los propietarios de los medios y los gestores del capitalismo impregnaron de tono peyorativo el concepto.

La búsqueda de centralidad política exprime al máximo estas cuestiones. Y efectivamente, la mayoría rehúye la cita. La de Markel Olano, candidato a diputado general por el PNV en Gipuzkoa, es el paradigma: «En el eje derecha-izquierda, ¿dónde se ubica?» La respuesta es la de un loro parlante enchufado por una computadora, no la de un cerebro que supuestamente se agita con billones de neuronas: «Yo me considero una persona muy progresista y muy comprometida con los sectores menos favorecidos».

Sabemos que el proyecto político y económico de la tendencia a la que está afiliado Markel Olano es genuinamente de derechas. Que su apuesta ideológica es tan vieja como la prostitución, tan diáfana como la candidez que parece trasmitir en sus palabras. Y sin embargo, se apropia ilegítimamente de un molde al que no se ha acercado ni siquiera en carnavales. El de izquierdas. Sin citarlo. ¿Por qué?

Primero, porque ser de derechas no tiene tirón. Los verdugos no se pavonean de sus sillas eléctricas. El proyecto político y económico de Markel Olano, como el de Mariano Rajoy o Manuel Valls provoca pobreza, exclusión, desigualdad, despotismo, destrucción del medio ambiente, sexismo, discriminación. La lista la podemos seguir en la página de sucesos.

Un proyecto que se regenera a sí mismo en cada época. Que pasó de vender esclavos al por mayor a crear fundaciones bancarias para defender su parcela, que inventó los derechos humanos para hacernos inhumanos a la mayoría. Que tiene la desfachatez de construir laberintos sin salidas para perpetuarse en el pedestal.

Y segundo, porque, y lo hemos visto en el acoso a Podemos, el concepto de izquierda está contaminado por ese juego que los estrategas del marketing capitalista asocian al desastre, a la mala gestión, a la intolerancia, incluso a la guerra, y a imágenes negativas transmitidas por la demonización de Chávez/Maduro, los Castro, Morales...

También por los errores de aquellos que una vez se asociaron a la idea de izquierdas: la eliminación de la disidencia, el mito del partido, el culto a la personalidad, la santificación de la causa, la aldea revolucionaria tal como la Meca. Entre muchos que luego huyeron, que fueron contagiados por el virus del poder, contaminaron el término.

Ser de izquierdas, en cambio, tiene un sentido ético que justifica la mayoría de las trayectorias honestas. Las manchas, las distorsiones no pueden justificar la inutilidad. Una oveja negra, o viceversa, no puede ser santo y seña del grupo. El mundo dominado por las derechas (capitalismo), ha llegado a crear en el imaginario colectivo las sensaciones y descripciones de incluso quienes le combaten.

En medio de una ofensiva neoliberal que mata a miles de personas cada día con su sistema de negocio piramidal, la progresía sólo puede ser llamada Teresa de Calcuta, Medicos Mundi, Coca-Cola y sus ideales de desarrollo local, la Caixa y sus proyectos solidarios... Basura mediática. Hipocresía en estado puro. No hay posibilidad, fuera de ese marco, de ser tratado con templanza.

Para entendernos. El Ché Guevara lapidó canallas y sólo su muerte le introdujo en el mercado iconográfico, como si fuera un producto de Andy Warhol. Dolores Ibarruri, difusión de la táctica del PCUS moscovita, llegó a la consideración únicamente cuando dejó de ser un referente revolucionario, cuando la derrota de Moscú agrietó el Muro de Berlín. Estamos atrapados en un bazar gigantesco donde todo tiene precio.

Y por eso, los recién llegados, los flojos en defender los estandartes libertarios, los que aspiran a edulcorar el mensaje para acceder a las portadas de Vocento o Prisa o a las tertulias televisivas, huyen de la izquierda. Aunque provengan de sus aldeas, aunque una vez estudiaran en sus escuelas las materias de dignidad y justicia social.

Ser y reivindicarse de izquierdas tiene, en consecuencia, un primer y elegante motivo, el de la reclamación de un espacio que nos hurtan diariamente y cuyo derecho ya es, en sí, un síntoma. Las definiciones enlatan y ahuyentan los matices. Eliminan la cromaticidad. Pero facilitan la comprensión. Ser y reivindicarse de izquierdas es, de entrada, un favor a la inteligencia.

Ahora que tanto se habla de ética, el término es precisamente el sustrato de quienes nos consideramos de izquierdas. Es en los valores donde la diferencia se manifiesta. La naturaleza es de por sí violenta, en el reino animal y vegetal priman los efectos de la evolución darwinista. Es, sin embargo, la humanidad la que rompe con el estado natural. La que ejerce la inteligencia para cambiar esa supuesta armonía que prima al fuerte y descalifica al débil.

La perversidad del sistema, su acumulación histórica, nos ha obligado a una transgresión continua. Una transgresión que, con errores y aciertos, ha estado en el origen del progreso. Sin transgresión no hay cambio, sin radicalidad e intransigencia con las formas y el fondo capitalista no hay solución. Más de lo mismo, o lo que es redundancia, expresiones como esas de superación del mensaje derechas e izquierdas.

La ética que nos hace diferentes, que revela el enorme compromiso solidario de la izquierda no postural, es la ética revolucionaria. Bien diferente, por cierto, de la hipocresía, demagogia y doble moral que tanto se expande en nuestras sociedades europeas (volver a Markel Olano). Una ética que nace de un compromiso individual que abarca todas las facetas del ser humano. ¿Se puede ser de izquierdas a ratos? ¿Se puede ser transgresor y revolucionarios los fines de semana, los primeros jueves de cada mes, y apáticos el resto?

Esta ética, y siento que me extiendo en el tema, es precisamente la fuente del profundo sentimiento de izquierdas que, ahora, los medios de propaganda, las tendencias sociales o los informativos orwellianos quieren identificar con la extravagancia.

Por ello, hay que recuperar o profundizar el sentido ético de la vida, y así recuperaremos el sentido histórico de la izquierda. Por alguna razón que desconozco, pero que es sencilla intuir, aquel sentimiento estuvo presente precisamente cuando se formuló el concepto que aún hoy usamos, izquierda abertzale. Profundo por el contexto, hace ya cincuenta años, por el compromiso que llevaba parejo, y por la voluntad real de cambio, sin esperar a correcciones políticas, sin aguardar a enmiendas del equipo de comunicación.

Ser de izquierdas, tanto entonces como ahora, tanto en Ordizia como en Sierra Maestra, en Atenas como en Gamonal, en Managua como en Ho Chi Minh, en Granollers como en Uagadugu, en Kobane como en Berlín tiene un significado frecuentado por el concepto de lucha contra las siembras del capitalismo, del individualismo, de los privilegios, del reparto injusto de la riqueza, de la usurpación de los bienes comunes.

Tiene un nexo de unión que enaltece un concepto de fraternidad casi olvidado, que propone otro marco de las propias relaciones humanas. Que nos enorgullece por igual a los sublevados del acorazado Potemkin, a los salitreros de Santa María de Iquique o a los huelguistas de Gasteiz baleados por los santones de la Transición española.

Ser de izquierdas es una forma de vivir y pensar que trasciende de uno mismo, para hacerse y ser dentro de la colectividad. De ahí que la ética de izquierdas ha sido siempre y es hoy también revolucionaria. La única que puede transformar y hacer avanzar positivamente las distintas sociedades de este planeta en que vivimos, y la sociedad de Euskal Herria en particular.