David Rengel
Granjeras del Océano. (GETTY IMAGES)

Granjeras del Indico

Son las granjeras del Indico, las mujeres de Zanzíbar que trabajan en la recolección de dos valiosas algas que asoman a la orilla del océano cuando baja la marea: Spynosum y Cottoni. De ellas se extrae la carragenina, muy apreciada en la industria alimentaria y cosmética.

Cuando baja la marea y las playas del océano Índico revelan el fondo rocoso de la isla de Zanzíbar, cientos de estacas de madera salen a la superficie. Y con ellas, dos valiosas algas: la Spynosum y la Cottoni, de las que se extrae la carragenina, utilizada como espesante, potenciador del sabor o estabilizante en la industria alimentaria y cosmética. Las «granjeras» que trabajan en la recolección de este preciado producto cobran apenas unos céntimos de euro por cada kilo del alga seca. Después, tras un sencillo tratamiento, se duplicará su precio en los mercados del primer mundo.

Amanece mientras el agua se retira hacia el interior del océano Índico en la costa de Zanzíbar. Una veintena de mujeres circulan por las calles que dan acceso a las playas, rodeadas de hoteles turísticos; en el horizonte se dibujan las inconfundibles velas de los dhows, típicos barcos de pesca swahilis.

Con el agua hasta la cintura, otras cincuenta mujeres ya llevan más de una hora recolectando y cultivando algas; las nubes amenazan con la llegada de la lluvia y se suceden en el cielo alternando con claros. Encorvadas, dentro del agua salada, con las ropas húmedas, haga frío o un sol abrasador, estas mujeres de la costa de Zanzíbar en la población de Paje dedican, según el ciclo lunar, hasta diez horas al día al cultivo de dos tipos de algas: la Cottoni (Kappahycus alvarezii) y la Spinosum (Eucheuma denticulatum). Estas algas son la principal materia prima de la que se extrae la carragenina.

El cultivo de estas dos especies de algas se inició en Filipinas, pero se extendió a otros países de aguas cálidas con bajos costos de mano de obra, entre ellos Indonesia y la República Unida de Tanzania, concretamente en Zanzíbar, una región semiautónoma dentro de Tanzania. Las empresas que se dedican a la extracción de carragenina están promoviendo activamente el cultivo en otras zonas, como India, África y las islas del Pacífico.

La exportación de algas marinas de Zanzíbar se inició en la década de 1930, cuando una variedad de alga roja que vive de forma natural alrededor de la isla se cosechó y se envió al Estado francés, Dinamarca y EEUU. Sin embargo, no sería hasta la década de los noventa cuando se comenzaría a comercializar; y así, desde hace más veinte años, estos dos tipos de algas son el baluarte sobre el que se sustenta la economía de muchas familias zanzibareñas. Es la segunda entrada de divisas en la isla, junto al clavo, después del turismo.

«Cada 6 horas cambia la marea, subiendo o bajando hasta 200 metros cada vez», cuenta Mohammed, un periodista local afincado en la parte alta de la playa, donde la población vive ajena a los hoteles y los complejos turísticos que salpican la línea costera. «Con la luna llena, el ciclo se reduce a cuatro horas y las granjeras, como se conoce a estas mujeres, tienen que trabajar rápido, antes de que la marea suba demasiado y las arrastre hasta el peligroso arrecife de coral que bordea toda la isla». Mohammed habla de la historia de este cultivo.

«Tras la revolución y el derrocamiento del sultán de Zanzíbar, la isla se unió a Tanganika y juntas formaron lo que hoy se conoce como Tanzania. Las mujeres y hombres recolectaban las algas que crecían de forma no controlada y las entregaban a la compañía nacional Zanzíbar State Trading Corporation. Sobre 1989, desde Dar er Salaam llegó el doctor Mshygani, de la Universidad nacional, y con la asistencia de expertos filipinos realizó un estudio sobre el cultivo controlado de las algas. El crecimiento de las rojas resultó ser más rápido en aguas tropicales poco profundas y tranquilas, como las de Zanzíbar, que en otras regiones del mundo donde se cultivaba, y compañías extranjeras como Zascol llegaron a la isla para hacer negocio».

Eternas jornadas de trabajo, treinta céntimos

Patima Haji es una de las mujeres que cada día cultiva su pequeño huerto de algas, apenas unos cuantos palos que se pierden en la arena y entre los cuales se entrelazan hábilmente los retoños de Spynosum y Cottoni. Con la falda recogida y los brazos en el agua, introduce en un saco las algas a puñados y, a la vez, enrosca otras en las cuerdas para conseguir un crecimiento más rápido; de esa forma, crea rudimentarias líneas de cultivo submarino.

«Desde niñas de 12 años hasta mujeres de 60, todas trabajamos en el cultivo de algas; los sacos pesan de 25 a 30 kilos, muchas mujeres mayores sufren problemas de espalda, de pecho y de respiración, pero no podemos dejarlo porque es la única forma de dar de comer a nuestros hijos», dice mientras termina de llenar uno de esos sacos, lo cierra y, con un gesto de enorme esfuerzo, lo levanta desde el agua a su cabeza para transportarlo a la manera africana hasta la orilla, donde durante tres o cuatro días dejará secar las algas al sol.

Las enfermedades que suelen padecer son reumáticas u oculares causadas por la exposición al continuo reflejo del sol sobre el agua «No me importa la dureza del trabajo, ni hacerlo en el agua, lo único que no me gusta es lo poco que nos pagan». Cada 8 o 9 kilos de algas mojadas se convierten, secadas al sol, en un kilo, por el que la empresa Zascol paga unos 30 céntimos de euro.

«A pesar de las precarias condiciones laborales, los ingresos generados por el cultivo de algas permitieron a las agricultoras mejorar sus niveles de vida proporcionándoles unos ingresos que les permitía pagar las cuotas escolares, comprar uniformes y libros para sus hijos, mejorar las casas en las que viven, así como la compra de ropa y alimentos para satisfacer sus necesidades diarias.

Al principio, no había diferencia entre hombres y mujeres para trabajar; y las mujeres, gracias al dinero que ganaban recolectando algas, comenzaron a estudiar y se hicieron independientes económicamente; muchas consiguieron cambiar su situación de dependencia de los hombres. De 45 chelines por kilo, se consiguió que el precio subiera a 150, pero se desplomó, llegó la crisis de los precios y a las mujeres que intentaron recuperar su antiguo trabajo recolectando coral les ofrecían menos dinero. Todas esas mujeres que habían conseguido cambiar sus vidas tuvieron que volver a sus antiguas condiciones, donde dependían del trabajo de pesca de sus maridos y las niñas no podían estudiar». Comenta Mohammed.

Sheila, una joven de 18 años recién cumplidos, arrastra un pesado saco por las aguas hasta la playa. Trabaja los fines de semana y vacaciones recogiendo algas o de camarera en los hoteles; con esto, puede seguir estudiando. «Mi madre y otras mujeres se levantan todos los días a las 5 de la mañana, recogen las algas que ya tienen sembradas, luego vuelven a casa, preparan el desayuno y se ponen a tejer las próximas cosechas; entrelazan los retoños de algas en las cuerdas que atan a los palos y clavan en la arena para que crezcan en el agua; del beneficio tienen que descontar el dinero de las hebras, hilo, cuerdas y palos. A las 8 vuelven al agua a seguir trabajando. La única ayuda que les ha dado el Gobierno es no cobrarles impuestos de explotación ni de compra de los utensilios, pero el Gobierno sí cobra a Zascol por el uso del los terrenos en las playas».

Zascol, la empresa que tiene los derechos de explotación en toda la isla, no paga cobertura médica a las granjeras de algas, todas son freelances, si enferman y no pueden trabajar no cobran y, por supuesto, nadie les cubre los costes de las medicinas ni del deterioro de su salud por el trabajo.

Shalima tiene 50 años, sus manos están agrietadas y su espalda algo encorvada, lleva más de 20 años cultivando algas, tiene 3 hijos y su marido está enfermo desde hace 4 años; el único dinero que entra en casa es el que gana ella en las plantaciones y limpiando las cocinas de un hotel. En la arena separa las algas en tres grupos, según su color. Marrones, rojizas o verdes, estas últimas son las que mejor se pagan. Mientras las extiende para que se sequen al sol, se lamenta de la escasa recompensa por tanto esfuerzo. «En Europa y EEUU los productos con algas son caros, aquí apenas se pagan 600 chelines (0,29 euro) por kilo de carragenina, mientras allí se multiplica hasta cien veces su valor». Como bien apunta Shalima, el escaso precio que perciben en origen no se corresponde, sin embargo, con el interés que suscitan los productos en el mercado internacional. La clave está en el control del mercado, en fijar unos precios.

FMC es una de las empresas que se encarga de ello: compra las algas y produce en su laboratorio la carragenina; almacena grandes stocks de algas secas y, de esa manera, puede bajar los precios de compra argumentando un exceso de producción; y al controlar la producción, también puede fijar precios de venta mayores. El consumo total de materias primas ascendió en los últimos años a unas 150.000 toneladas de algas marinas (peso en seco), de las que se obtuvieron 28.000 toneladas de carragenina por un valor de 210 millones de euros.

Una industria de millones de euros

Haciendo frente común para mejorar sus condiciones de vida y trabajo, las mujeres mayores, junto a las nuevas granjeras de algas, han presentado escritos de quejas en las administraciones de la isla, pero de momento las instancias políticas no se pronuncian.

En los últimos años, desde el Instituto de Ciencias Marinas de Zanzíbar, junto con los graduados en el programa del Master del Danish Chalmers Business School y varios accionistas, se ha decidido crear Seaweed Center, en Paje, una empresa socialmente responsable que cree oportunidades para mejorar el nivel de vida de las recolectoras de algas y ayude a desarrollar actividades económicas que beneficien a la comunidad entera. El proyecto consiste en la creación de una fábrica y sitio de encuentro para producir jabones, champús, abonos y cremas de algas que se venden a nivel local y empiezan a ser distribuidos en toda África Oriental.

La idea es convertir el centro en un lugar donde prensar y procesar el alga para tener un mayor control sobre el producto. Hoy, este centro tiene previsto dar trabajo a 450 mujeres de la localidad, ayudarlas de nuevo en su independencia económica y servir de catalizador para la reducción de la desigualdad de género en Zanzíbar. Mientras florece esta iniciativa, el proceso de recolección sigue en manos de compañías como Zascol (Agro-Seaweed Company Limited), C-Weed Corporation Ltd, Birr Company Ltd... en un mercado difícil con múltiples competidores.

Las sustancias que tanto se aprecian de la carragenina en los países desarrollados como Japón, EEUU, India, Holanda, Estado francés o Dinamarca son, entre otros, el E-407, un estabilizante que forma parte de yogures y derivados lácteos, cremas antiarrugas, adelgazantes, espumas de afeitar, pastas de dientes, antibióticos, barniz… Gracias a estos componentes de las algas, la pasta de dientes, por ejemplo, no se endurece totalmente una vez abierto el producto. Pero la innovación ha llegado de la mano de nuevos productos, como pasteles, jabón o jamón de algas, que se producen por primera vez en Zanzíbar. Todos estos productos, sobre todo los de la industria cosmética, tienen un alto precio de venta al público –solo en el Estado español existen más de 300 empresas que mueven 12 millones de euros al año–. Algunas voces ecologistas han reclamado la prohibición del E-407 porque, sospechan, puede producir cáncer.

Muy pocos de los turistas que descansan en las extensas playas de Zanzíbar y ven diariamente a estas mujeres trabajar saben que son ellas las que recogen la materia prima de muchos de los productos que comúnmente compran en supermercados o tienen en su frigorífico.

Por su parte, los hoteles y restaurantes de la línea costera han entablado una batalla legal por las playas que supone un nuevo obstáculo para las granjeras de algas. Estos se quejan de que los palos y las cuerdas ensucian las playas y que ponen en peligro a los que practican surf. Es cierto que las mareas arrastran a veces palos puntiagudos hacia la playa y que, cuando baja la marea, los cultivos se encuentran muy cerca del arenal, pero, ¿cuál es la solución?, ¿someter a estas mujeres a largas horas de caminata y poner en peligro su vida, desplazando los cultivos hacia el interior del Océano?

Mientras llegan a un acuerdo, los días pasan en Zanzíbar, el sol se esconde tras la inmensidad de las aguas cristalinas y vuelve a dejar un precioso atardecer; un cielo despejado permitirá ver todas las estrellas que la vista permita alcanzar. Las aguas recobran su reino en la playa; y en sus casas, Sheila piensa en sus estudios, en qué quiere ser de mayor, Shalima prepara la cena junto a sus hijos y marido, y Patima, después de acostar a sus hijos pequeños, se dispone a dormir. Todas ellas intentarán que el cansancio no les robe los sueños, cerrarán los ojos y escucharán el sonido de las olas y el viento. Muy pronto, cuando el sol vuelva a despertar, emprenderán de nuevo su viaje hacia las aguas, donde son granjeras del gran azul.

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