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EL AVANCE DE LA «REAL-TIME FASHION»

Ropa basura

Los países de Europa ensayan nuevas fórmulas para contener la ropa de usar y tirar que llega a través de Shein y Temu. El residuo textil sobrepasa con creces las capacidades de reciclado y procesamiento de Euskal Herria.

(Iñigo Uriz | FOKU)

Cuántas puntadas logra una mano experta? Unas 20 por minuto. Las primeras máquinas de coser, aquellas Singer, alcanzaron las 200. Una máquina actual de andar por casa ya logra las 800 y, si es buena, da 1.100. Las industriales están entre las 3.000 y las 7.000 puntadas por minuto. El límite lo fija ya la prenda, la delicadeza del material y la complejidad del corte. Todo va cada vez más rápido y, cuanto más rápido, más barato.

Marcas como Zara, H&M o Uniqlo demostraron ser capaces ya en los años 90 de copiar las prendas de moda en tendencia en tan solo quince días: 24 colecciones por año. Había entonces una estructura jerárquica que nacía en la pasarela, donde los grandes diseñadores, las marcas de lujo, exhibían sus novedades y fijaban un rumbo. Armani, Dior, Versace. Los diseñadores de las segundas compañías andaban avispados, tomaban de ahí su inspiración y ponían a trabajar sus máquinas a 3.000 puntadas por minuto en talleres infames distribuidos por el tercer mundo, cerca de campos de algodón y de la mano de obra barata y explotada.

En este viaje de la pasarela entre París y Milán hasta Bangladesh, había nacido la moda rápida, la fast fashion. La democratización de la moda tuvieron el descaro de llamarla algunos.

Y, sin embargo, aún se podía acelerar más, copiar las tendencias en una semana o menos. Y aceleraron. A eso se lanzaron marcas como Shein, Boohoo, Asos24. Los talleres del tercer mundo ya no paraban. Las jornadas suben a 14 horas. A partir de 2010, no hay minuto sin puntada. Porque más rápido significa más barato. Según las investigaciones de los periodistas de Carro de Combate, desde 2010 la producción mundial de ropa se ha incrementado en un 60%.

Shein pronto se pone en cabeza en esta carrera de locos. Su sistema, centralizado en una región concreta de China, desbanca al resto. En tres días capta una prenda interesante, la rediseña o, para no perder tiempo en eso, directamente la copia. Luego la produce por millares y la pone a la venta.

En realidad, en Shein no tienen tiempo siquiera de mirar qué sale en las grandes pasarelas. ¿Por qué esperar a las grandes firmas? La ventana de los diseñadores-copistas de Shein pasaron a ser los influencers, lo que aparece en las redes. Si está en la calle, si gusta a la gente a la que los demás miran, si hay quien escoge esa ropa y esos colores para fotografiarse, otros también comprarán.

La gigantesca empresa china jamás lo ha confirmado, pero los estudiosos de la moda dan por hecho que ha desarrollado modelos de IA que peinan las redes sociales, las webs de la competencia y los vídeos de TikTok para sugerir esos nuevos modelos que ofrecerá la plataforma. Sacan 8.000 nuevos cada día. Necesariamente alguno funcionará.

Inauguración de la primera tienda física de Shein en París, la capital mundial de la moda. Giles Clark | Getty Images

Y cuando Shein se convirtió ya en el fabricante más rápido y el más barato, el absurdamente barato, llegó lo que algunos consideran como la tercera revolución de la moda, en la que estamos hoy día. Bienvenidos a la pesadilla de la real-time fashion.

Después de que Shein comenzara a mirar a sus competidores por el retrovisor, miró por la ventanilla y vio que tenía a alguien, más bien algo, a su par. Se llama Temu, un imperio también chino pero radicalmente diferente, aunque sea difícil de distinguir con los soberbios ojos de Occidente que enseguida se despistan cuando les asaltan anuncios de cupones, sorteos y banners de descuento al entrar en las aplicaciones para el móvil. La suerte y el éxito se interiorizan distinto en Asia.

UN EXPERTO EN TIC Y UN COMISIONISTA

El emporio Shein es conservador. Sus talleres están en Guangzhou (Cantón), donde millares de proveedores surten a la gran empresa del discreto Xu Yantian, nacido en 1984, un magnate que no comenzó en el mundo de la moda, sino que aterrizó desde el universo de las nuevas tecnologías. La empresa tiene 17 años de historia, a lo largo de los cuales desplazó su sede social de Nanjing (una de las cuatro capitales históricas de China) a la ciudad estado de Singapur, paraíso fiscal.

La producción de prendas, sin embargo, no se movió. Según las investigaciones de BBC, en esos talleres textiles cantoneses se trabaja desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Comen en veinte minutos y ya no paran más. Trabajan todos los días del mes. Esto contraviene las leyes chinas, pero allá no se airea demasiado la situación que denuncia la cadena británica.

El tiburón Yantian es famoso por lanzar a sus abogados a devorar a cualquier periodista que denuncie este tipo de abusos. Prefiere que de Shein solo se hable después de que los cientos de miles de prendas que produce hayan salido ya desde el Puerto de las Perlas, hayan descendido ese último tramo del Río Amarillo para navegar por el Pacífico, desde donde son distribuidas a todos los rincones del mundo en función de los pedidos que se realizan a través de una aplicación de compras que, en 2021, se colocó como la más descargada en los móviles de EEUU.

Trabajadoras del textil en una macrofábrica de Huabei, en China. Jie Zhao | Getty Images

Temu tiene un modelo diferente, un imperio de comisionistas. Esta plataforma es capaz de poner en contacto directo al comprador con miles de productores chinos ávidos de encontrar clientes para todo tipo de mercancías, entre ellas, también la ropa. Y así encontrar ese éxito, tan importante en la cultura china. No hay marca reconocible que avale la garantía de nada. La confianza del comprador ha de sustentarse en los comentarios que hayan podido dejar allá otros clientes previos. Pero basta con eso, porque el ahorro es considerable. La gente compra y compra.

Temu se queda una parte de la transacción, entre un 5% o un 10%, según publicaciones especializadas, pero es más que suficiente. El vendedor chino declaró unos beneficios solo en la Unión Europea de 120 millones en 2024, lo que implica un crecimiento del 171% con respecto al año anterior. Dentro de la UE, solo cuenta con ocho trabajadores, todos ellos ubicados en Irlanda, bajo la denominación Whaleco Technology.

Temu ha acabado siendo el otro referente de la real-time fashion simplemente gracias a la ambición de terceros. Su aplicación para móviles fue la más descargada a nivel mundial en 2023, según los datos del grupo especializado en mediciones Sensor Tower. Logró ese primer puesto tanto al norte como al sur del Bidasoa.

LOS INTENTOS DE LA UE PARA FRENAR LA SANGRÍA

El avance de la real-time fashion pasa por la destrucción de la producción textil local. De ahí que Europa esté adoptando distintas estrategias para tratar de frenar su avance. La primera barrera son los impuestos.

Shein y Temu se hicieron fuertes en el mercado común europeo gracias a que los envíos por importe menor a 22 euros estaban exentos de aranceles y ellos mueven mercancía barata, como la ropa copiada y manufacturada a toda prisa. En 2021, la UE cerró esa puerta y comenzó a aplicar el IVA a todo.

Una mujer rebusca en un enorme vertedero en las cercanías de la ciudad de Guatemala. Jie Zhao | Getty Images

Sin embargo, la ropa china sigue entrando y copando el mercado. Y como el IVA no basta, la Comisión Europea ahora plantea una «tasa de tramitación» de dos euros para cada envío y, junto con ello, eliminar la exención arancelaria de 150 euros para importaciones.

Algunos economistas europeos creen que, además de moderar la entrada de ropa china, esta última medida será una cuantiosa fuente de ingresos para las arcas de los países de la Unión, dado que en 2024 el 91% de los envíos provenientes del comercio electrónico tenían a China como origen.

Hay países que quieren ir más lejos que otros. Gran Bretaña pretende ingresar para sus arcas públicas un penique por prenda, mientras que el Estado francés habla ya de dos euros por cada prenda. Los legisladores galos han dejado por expreso su voluntad de incrementarlo hasta un máximo de 10 euros para 2030, con la única limitación de que la tasa tributaria no alcance el 50% del precio del producto.

París, la que fuera apodada como capital mundial de la moda, tiene motivos para estar preocupada. Entre 2010 y 2023, las prendas chinas que llegaron al Estado francés aumentaron un 39%, de 2,3 a 3,2 mil millones.

Lo interesante del modelo francés es que ha combinado una normativa proteccionista con otras leyes que tienen que ver con la sostenibilidad y la ecología. De hecho, lo que el Senado ha impuesto a estas prendas no es un impuesto, sino un «ecoimpuesto», que se incrementa en función de lo contaminante que sea una prenda o de la huella ecológica que ha dejado hasta llegar a su destino.

El dato de las prendas que entraron al Estado francés es una locura y merece la pena volver a él. Si dividimos esos 3.200 millones de prendas que el Senado francés recoge en la justificación de los impuestos a la moda por el número de habitantes de ese país, el resultado es que cada habitante adquirió 48 prendas de ropa cada año. El 90% de esa ropa llega de China.

El movimiento de la slow fashion, cuyo objetivo es encontrar un modelo de moda sostenible, defiende que para compensar la huella de carbono que genera cada prenda de ropa hay que ponérsela al menos treinta veces. Algunas voces elevan este punto de equilibrio ambiental a cincuenta puestas. Sin embargo, la estimación actual de media de uso por cada prenda adquirida está en siete ocasiones, según el Egade mexicano.

Esto también ha hecho que los legisladores de distintos países propongan otro tipo de iniciativas en favor de la sostenibilidad. Una de las más sugerentes es la rebaja de impuestos para las tiendas de remiendos con el objeto de volver a lograr que arreglar una cremallera vuelva a ser más barato que comprarse una prenda nueva.

Activistas ambientales protestan contra la entrada masiva de ropa basura en París. Antoine Gyori | Getty

Entre los países que ya han desarrollado un tipo reducido para las reparaciones de ropa se encuentran Países Bajos, Suecia y el Estado francés. También en este punto, París está yendo un paso más allá, dado que plantea la emisión de bonos de descuento para sus ciudadanos que les garanticen el abaratamiento de un número limitado de arreglos de ropa por persona y año.

LA ROPA COMO RESIDUO

Hay que tener en cuenta que, pese a que cada vez se adquiere más ropa, el gasto en ropa por persona está disminuyendo. En la década de los 50 del siglo pasado, la ropa suponía el 30% de la cesta de la compra. En 2009, su peso había caído a menos de la mitad (12%) y, en 2020, se quedó en el 5%. Eso permite seguir comprando, tirando y comprando.

Cada europeo genera entre 11 y 13 kilos de residuos de ropa cada año. La Diputación alavesa, con datos reales, cuantificó en 16 kilos por persona el residuo textil generado en 2024. Pero el problema es general, mundial, no solo del primer mundo. La industria textil superó en 2019 la barrera de los 150.000 millones de prendas de ropa al año, acercándose a las 20 por persona. En EEUU, la media por persona está en 68 prendas, atendiendo a los datos de la web especializada Long Live.

En peso, en 2023, la producción superó la barrera de los 124 millones de toneladas de fibras textiles (algodón, poliéster, lino…), según la organización sin ánimo de lucro Textile Exchange. En 2024, la misma fuente indica que se alcanzaron las 132 millones de toneladas, aumentando principalmente la producción de fibra de poliéster en detrimento de las de origen orgánico, que no remontan pese a las campañas y normativas para favorecer el algodón cultivado sin tratamientos nocivos para la piel humana (Oeko Tex). Según la ONU, el 87% de ese material acaba después en vertederos o incendiándose.

Además de que más de la mitad de la producción textil es de origen sintético, la industria emplea tintes, estampados, serigrafías, lentejuelas, botones, cremalleras de plástico, además de tratamientos para encurtir el cuero (para lograr el llamado ‘cuero azul’, más blando, flexible y apto para su uso en zapatillas y prendas de piel natural). Otros productos se emplean para avejentar las prendas, aprestos y tratamientos para que luzcan mejor en los escaparates. O lo que es lo mismo: químicos, humo y vertidos a los ríos.

El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente estima que el 8% de la contaminación que se emite a la atmósfera llega desde la desbocada industria textil, entre 4.000 y 5.000 toneladas de CO2 cada año. En cuanto al agua, se la considera responsable del 20% de la contaminación industrial. Y también se considera que contribuye en más de un tercio de los microplásticos que están hoy presentes en el Océano.

Planta de procesamiento de ropa de Emaús en Berriozar. Iñigo Uriz | FOKU

Un informe del Parlamento europeo de 2020 calculó que cada europeo contamina nueve metros cúbicos de agua al año para vestirse. Estas prendas, además, necesitaron de 400 metros cuadrados de superficie cultivable para fabricarse (bien porque usaron algodón o algún cuero) y, en conjunto, su producción requirió de 391 kilos de materias primas. La huella de carbono estimada de todo esto se cifró en 270 kilogramos.

En los cinco años que han pasado desde este informe, la contaminación por cada europeo ha ido en aumento. Desde el año 2000, la fabricación de ropa crece de forma casi exponencial. En 2000, el mundo fabricó 58 millones de toneladas de productos textiles y, en 2020, se dio un salto hasta los 108. La proyección realizada en 2020 es que, para 2030, estaría ya en 145 millones de toneladas. Como ya se ha apuntado antes, y con las reservas que puedan ponerse por ser estimaciones de entidades diferentes, este límite ya se ha rebasado.

Traperos de Emaús y Koopera centralizan la recogida de las prendas de ropa en los cuatro territorios de Hegoalde. Lo hacen mediante contenedores específicos (a través de lo que llega un 80% de la ropa desechada) y donaciones, priorizando dar una nueva vida a las prendas a través de sus tiendas de segunda mano.

Hasta esos contenedores llega el 30% del textil que los hogares desechan. Suele denominarse en jerga como textil-reutilización (para diferenciarlo de los trapos y de la ropa en tal mal estado que acaba en la fracción resto). El año pasado se recogieron entre 4 y 4,5 kilos por persona, logrando Nafarroa el peso más alto: 4,43 kilos.

Los datos de Emaús son homogéneos en cuanto a un aumento cercano al 5% en la ropa que han recogido de un año para otro. En la memoria anual de Araba, por su parte, la subida en textil-reutilización se ha quedado en un 2%, hasta los 4,15 kilos por habitante.

Pero, lamentablemente, no toda la ropa que acaba en el contenedor o se dona es capaz de recuperarse.

HOMBRES DEL SACO PARA EL SIGLO XXI

José María García, director de Traperos en Nafarroa, indica a 7K que en su planta de tratamiento rescatan el 13,5% de lo que les llega para sus tiendas de segunda mano, sean las suyas propias o las de terceros. El grueso del material que les llega, dos de cada tres prendas (63,8%) se usa para «borra» (rellenos de prendas y cojines) o trapos de limpieza, o bien se destina a empresas especializadas capaces de recuperar las prendas para borra o fibras de hilatura. Una primera preselección se realiza en la planta que tienen en Berriozar. Pese a ello, casi uno de cada cuatro kilos, sin embargo, acaba siendo «rechazo» y acaba en el vertedero.

García sostiene que la capacidad de recuperación de los textiles en el Estado español está siendo cada vez menor debido a la globalización voraz del sistema de producción textil. «Nosotros somos los herederos organizados del hombre del saco, el que pasaba por las casas recogiendo cualquier cosa. Llevo más de 40 años en esto. Antes había dos empresas aquí, en Pamplona, que hacían trapos de limpieza. Trapos Grijalva, en la Avenida Arostegi, aún tiene el cartel», explica García.

Planta de procesamiento de ropa de Emaús en Berriozar. Iñigo Uriz | FOKU

Una vez llegó la aceleración de las fast fashion, la capacidad de esas empresas de procesar los residuos colapsó. En ese momento, el Estado español comenzó a enviar la ropa sobrante a países de África.

En lo que respecta a Euskal Herria, la pérdida de la capacidad de aprovechamiento e hilado ha tenido otras derivadas, como que la lana de las ovejas latxas ha pasado de materia prima a puro residuo de difícil gestión, cuyo tratamiento han de sufragar los pastores.

El último intento destacable para aprovechar la lana para el textil lo realizó Ternua en 2020, cuando desarrolló el tejido Artileshell, pero el fabricante vasco de ropa de calidad ha sido otra de las víctimas colaterales de la revolución de la moda, donde China se ha impuesto con su modelo de ropa de usar y tirar.

El residuo textil se convirtió en el Estado español en un problema irresoluble desde finales de los 80. Es entonces, según recuerda García, cuando comenzó a mandar la ropa sobrante a Marruecos y el África Subsahariana.

Las prendas desechadas comenzaron a desviarse de esos traperos levantinos y se enviaba, en muchas ocasiones, de forma clandestina a esos países. Generando, de un lado una «neocolonización tóxica» (la ropa se acaba quemando o enterrando y contaminando sus ríos) y, a su vez, un nuevo mercado de ropa prácticamente gratuita allá, que también tiene sus ventajas, pero que destrozó la precaria industria textil tradicional.

La ley española de Residuos y Suelos Contaminados, aprobada en 2022, fijaba para enero de 2025 lo que se llama la «responsabilidad ampliada del productor» o SCRAP del textil. Esto es, que el productor sea quien se responsabilice de los residuos, en línea con la filosofía de la legislación francesa, pues todo dimana de directivas europeas. Sin embargo, esto aún no se ha implementado y existen algunas incertidumbres en el sector.

Desde Koopera, la entidad sin ánimo de lucro que opera con residuos textiles en Bizkaia y Araba, subrayan que la ley amenaza con poner al lobo al cuidado de las ovejas. De hecho, hasta el legislador parece temerlo en tanto que ha incorporado una reserva que garantice que los actores sociales o de matriz caritativa que tradicionalmente se han dedicado a dar una segunda vida o reciclar el residuo textil sigan manteniendo su papel, o cuanto menos, tengan reservada una parte del mismo.