31 MAI 2026 PSICOLOGÍA Mi experiencia (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Pour lire cet article inscrivez-vous gratuitement ou abonnez-vous Déjà enregistré? Se connecter INSCRIVEZ-VOUS POUR LIRE {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Vous n'avez plus de clics Souscrire {{/data.noClicksRemaining}} En general, se nos da bastante mal dejar en el aire una incógnita. Y es que nuestra mente encuentra su sentido de supervivencia principalmente en el acto de crear patrones, asociar hechos, crear causalidades o montar narrativas. Pero esta cualidad “por defecto” de nuestra mente no garantiza, ni mucho menos, que esas asociaciones sean ciertas. Hemos creado una sociedad de la información que nos permite analizar el mundo usando las experiencias de otros, que nos llegan a través de canales inexistentes hace tan solo cincuenta años -como las omnipresentes redes sociales o medios digitales-, y que ahora hemos integrado en nuestro sistema de conocimiento del mundo, incluso por encima de nuestra propia experiencia sentida. Y ese mismo beneficio tiene su cara B, ya que no solo recibimos por esos canales los datos, las situaciones o los eventos que suceden lejos, sino también las narrativas que las asocian, las interpretaciones de causalidad de otras personas o incluso la paranoia o la manipulación resultante, que nos llega en forma de discurso aparentemente “razonable” pero que no deja de ser la experiencia ajena. Y esa palabra es importante: “experiencia”. Las experiencias del mundo no son solo las imágenes o los sonidos de los acontecimientos. Estos son siempre una experiencia incompleta, y es importante saberlo. Cuando vemos una noticia o escuchamos un discurso, no estamos teniendo la experiencia de los hechos, sino de la comunicación de los mismos -por parte de un agente concreto, con unos intereses concretos y una ética concreta-. Nuestro cuerpo no está en ese lugar y, por tanto, nuestros otros sentidos como el olfato, el tacto o la percepción inconsciente del entorno en el que suceden los hechos -y que tanta información nos da en cualquier situación-, esa percepción más sutil e intuitiva, está completamente ausente, por lo que no disponemos de ella para tener nuestra experiencia sentida de lo que sea que estemos escuchando. Y tampoco disponemos de ella para percibir intuitivamente la veracidad o no de las cosas que nos han contado. En su lugar, llenando ese hueco, tenemos la reacción del cuerpo ante la propia comunicación que estamos recibiendo, la cual integramos con las imágenes y sonidos que nos sirven sin darnos cuenta; el cuerpo, ciego a los discursos pero siempre atento a cualquier signo de miedo o alerta, sí reacciona aquí y ahora. Lo que sucede a continuación es simplemente una asociación, un condicionamiento y una integración inconsciente entre las imágenes lejanas recibidas y las reacciones del cuerpo aquí y ahora, pero no a los hechos sino al discurso. Y es ese el aspecto íntimo de nuestra psique, corremos el riesgo de ceder a los intereses de otros si no nos paramos a cuestionar lo que nos llega, si no nos acostumbramos a distanciarnos o si vivimos inmersos en la información apabullante. Preservar y valorar la propia experiencia sentida nos protege de los intentos de manipulación.