7K - zazpika astekaria
LITERATURA

Desconexión virtual


La literatura, o por lo menos una determinada expresión de ella, ejerce también como fotografía de su tiempo, una instantánea del presente que sirve para representar y conocer los usos y costumbres de dicho pasaje cronológico particular. Un propósito asumido por el debut en novela de esta autora alemana, extendiendo su faceta de investigadora social para, incluso, traducir sus académicas preocupaciones, principalmente las que competen a la implantación en el tejido cotidiano de la tecnología, a un ámbito ficcionado. Un término quizás impreciso cuando estamos frente a una narración radicalmente realista. Tanto es así que su discurrir representa todo un memorándum de la cultura popular, afincada sobre todo en el ciberespacio, dominante en estas últimas décadas.

Y es que tan importante en la esencia de esta historia resulta la figura de su treintañera protagonista y los diversos lazos afectivos que le rodean (incluido un hermano en constante estado conspiranoico), como la extensa lista de aparatajes y aplicaciones, incluidos los instalados en todo tipo de dispositivos móviles, pero también el rastro dejado por las mascarillas de tela en un Berlín pospandémico que escoltan su vida. Una angustiosa presencia de la que ha decidido desprenderse en una suerte de desintoxicación que conlleva igualmente intentar barrer cualquier huella de su rastro digital, miguitas que explotan en su cerebro bajo la posibilidad de procrear un decorado futuro de incertidumbre. Una lucha contra la esclavitud y control promulgado por Internet que, paradójicamente, deriva en una más profunda inmersión en sus propias entrañas.

El desprendimiento de toda esa carcasa tecnológica, expuesta en una constante aliteración espoleada por el ritmo febril y sofocante que dicho escenario demanda, dejará al desnudo una hueca existencia “terrenal” desprovista de verdaderos y sustanciales asideros emocionales, vínculos sustituidos por la ilusión de un hermanamiento solo existente en las ecuaciones dictadas por los algoritmos. Metáfora -dispuesta bajo un encomiable estilo de trepidante jadeo existencialista- de un paisaje habitado por zombis en su versión 3.0, cuerpos portadores de auriculares y cuentas prémium que circulan por las calles, y vías virtuales, participando de un teatro de luces y colores donde, sin embargo, gobierna la absoluta soledad. Un vacío existencial al que ni un ejército de emoticonos sonrientes o amables vídeos expedidos por YouTube pueden liberar de su suspiro trágico.