7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Linces


No es que sepa mucho -más bien nada- de fútbol. Lo suficiente para saber que es, ante todo, un milmillonario negocio global. Para descodificar que la polémica sobre la negativa de tres jugadores del Real Madrid a mostrar por completo una camiseta con el lema “Todos somos Ceuta” luce cinismo, destiñe hipocresía, desborda amnesia y estampa crueldad. Como diría Tasio -de “Egin” a “Gara”- en sus añorados ejercicios de agudeza visual en tira cómica, no hay que ser un lince ni mirar muy mucho ni muy lejos para descubrir que esos tres jugadores no son blancos ni arios ni castizos -ni falta que hace-. Y eso, en estricto directo, ya explica bastante por sí solo. Aunque han dicho más después: que no querían olvidarse de 140 personas muertas, ni silenciar a menores desamparados, ni borrar la (mala) suerte de la migración empobrecida. Y que, llevando solo media camiseta, querían señalar que se estaban olvidando exactamente, radicalmente, de la otra mitad lacerante que desnuda una realidad dolorosa.

La polémica de verdad -Santiago (Abascal) y cierra España- es que una asociación de empresarios -presidida por un armador como Vicente Boluda, con enormes intereses económicos en Ceuta, Tánger y el estrecho- pretendía imponer un relato nacionalpatriótico, excluyente y colonial en toda la Liga. Relato de yate solidario: parcial, uniforme y deshumanizante. Ha dicho Mbappé, breve apología de la alteridad en defensa de los demás, que no quería priorizar sufrimientos. Bien dicho parece, aunque cabría matizar que, entre las molestias cotidianas y los colapsos evidentes de la ciudadanía ceutí, los rigores geopolíticos de turno y 140 cadáveres hay todavía alguna jerarquía. La que segrega a los vivos de los muertos, por ejemplo, y la violencia moral de despreciarlos. O la que escinde la vida posible de la vida a precario. O la que separa dormir en casa de echarse al raso en una playa marchita.

En eso de ponerse en los zapatos del otro -es decir, en el lugar hipotético de uno mismo- siempre vamos cojos, sordos, mancos y ciegos. En eso del fútbol, por si acaso, siempre con la democracia corinthiana autogestionaria de Sócrates que tanto resistió bajo la dictadura militar brasileña. Porque con 140 cadáveres sin identificar -números en bolsas de plástico en un cementerio- tal vez podrían haber estampado “Todos fuimos, somos o podemos ser migrantes”. O más aún, si se puede escoger: que añadan también, la próxima vez, que “Todos somos saharauis”. Porque, como escribía Juan Gelman, «si me dieran a elegir, yo elegiría / esta salud de saber que estamos muy enfermos, / esta dicha de andar tan infelices. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / esta inocencia de no ser un inocente, / esta pureza en que ando por impuro. / Si me dieran a elegir, yo elegiría / este amor con que odio, / esta esperanza que come panes desesperados. / Aquí pasa, señores, / que me juego la muerte». El poema todavía se llama “El juego en que andamos”. Y no es fútbol.